Fotos Marcelo Arias

A los 14 años llegó a Buenos Aires traído por José Néstor Pekerman, que venía siguiendo la cualidades como arquero de este entrerriano nacido en Concordia. Pablo quería jugar en River, pero el por entonces entrenador de las selecciones juveniles argentinas le dijo que allí estaba un compañero suyo en el puesto: Germán Lux. Entonces recaló en Lanús, se trajo el bolso a la pensión del club y ahí jugó por seis años, hasta los 20. El director técnico veía en él al futuro arquero de la Selección Argentina de fútbol. Lo que no sabía Pekerman es que un día cualquier este chico de 1,85 metros, de manos vigorosas y risa fácil iba a escuchar a tres pibes tocando en el tren, que después iba a comprarse una guitarra y un libro de acordes para despuntar las canciones que le gustaban y que él mismo iba a agarrar con esas manos de arquero la guitarra para cantar. “No sabía que podía cantar, pero tampoco sabía que no podía hacerlo”, dice ahora, sentado de frente a la resolana de la estación Hipólito Yrigoyen, donde las chimeneas humean hilos densos de un humo que se sostiene por la humedad del aire hasta confundirse con las nubes.

Un mes después de demostrarse que podía se subió a un tren como tantas veces, pero para cantar. Hizo sonar “Balada del diablo y la muerte”, de La Renga, una canción que no le gustaba, pero que cantaba porque era la única que sabía tocar. Hasta que un desengaño le cambió el repertorio: escribió su primera canción apenas esa chica que lo estaba dejando le entregó una carta. Se la dio -claro- en una estación de tren. Antes de leerla y ya volviendo, en tren -claro- a su casa, compuso una canción (“Martes 13”) de despedida, que se mantendrá inédita hasta que publique su cuarto disco, “Música para andar en bicicleta”.

“En el tren tengo un espacio, un público y la posibilidad de cantar todos los días. Ahí aprendo todos los días, ahí me formé y me formo. El tren es mi escuela”, lanza el chico que jugó al básquet, estudió psicología, jugó al handball y al fútbol. “Pero no continuaba nada. Todo lo que empezaba, lo dejaba. Pero fue una gran decisión dejar el fútbol, porque era lo que me daba de comer”. Entonces, se peleó con el padre, enojado porque Pablo quemaba los papeles del jugador para empezar a escribir el de músico. Vivió en la pieza húmeda de una pensión en Lomas, comía cuando podía, pero era feliz porque tocaba en las calles. “Cuando compuse la primera canción supe que podía hacer otras. Entonces empecé a componer. Primero no sabía lo que quería decir y cuándo supe lo que quería decir, no sabía cómo decirlo. Me costó 12 años aprender el oficio de la composición.”

Pablo, que cantó en los empedrados de San Telmo, tiene a favor algo que cualquier otro pudiera tener en contra: el público que lo oye no pagó por verlo y bien pueden taparse los oídos, seguir durmiendo, leer el diario, escapar hacia otro vagón o hacer lo que varios hacen; cantar sus canciones. “Tenés que ganarte las ganas del otro”, dice este músico que va sobre ruedas. Sobre ruedas compone y canta. Sobre ruedas editó en 2013: “Hoy es cuando”, un disco con 12 canciones de alta calidad poética, en donde se apoya en las palabras y sobre ellas es que construye las melodías.

Cuando el tren que sale de Ezeiza, de Glew o de Alejandro Korn al fin está llegando a Plaza Constitución, Pablo deja un segundo de cantar y dice: “Señores pasajeros, les quiero contar que este tren no va adonde ustedes creen”. La gente, entonces, lo mira y Blestcher cumple el gran objetivo de que le presten atención. Entonces remata su frase. “Este tren va camino a los sueños”.

De sus letras, que siempre exploran un camino filosófico, dice. “A veces, resigno un solo de guitarra para poner una letra”. Con melodías pegadizas, letras inteligentes repletas de humor e ironía y una voz notable, Pablo fue consiguiendo un grupo de fieles seguidores que lo alentaron a realizar sus primeros espectáculos en locales pequeños. Vive en Lomas, pero ya tocó en La Plata, en La Trastienda, en el teatro El Cubo, en La Oreja Negra y hasta en Tecnópolis.

A punto de cumplir 32 años, tiene una hija de 4 meses llamada Juana, una niña de ojos grandes que devuelven una mirada intensa desde la pantalla del celular que Pablo muestra en lo que son los primeros momentos de un padre orgulloso que no frena su capacidad creativa desde comienzos de 2008. Prepara su cuarto disco y ya lleva editados: “La vida al revés” (2008), “Entre la miel y la pared” (2011).

Se ve a una chica moviendo los labios gracias a la canción de Pablo, que canta: “Es así, la vida es así. La vida es un viaje a los sueños con escala en vivir”. El explica el fenómeno de alguien que estrena canciones en un tren y las canta hasta que la gente se las aprende. “Estoy tirando un mensaje cuando la gente está pensando en otra cosa: está ocupada, preocupada porque no llega al laburo o está pendiente de que los pungas no le roben. Por eso hay que hacer un gran gasto de energía porque yo canto mis propias canciones. Eso me obliga a hacer mejores canciones cada día para estar a la par de canciones que son conocidas”. Al cabo de la segunda canción pasa la gorra: de eso vive.

En los trenes hay gente que trabaja, gente que lee, gente que escucha su propia música, gente que duerme. Ahí, en ese espacio donde todo se mezcla, Pablo Blestcher encontró una poesía como un canal de identificación: logró que en el campo misterioso de las canciones la gente encuentre a veces lo que él quiere. Le compuso una canción a un pasajero que le dio plata pero sin escucharlo, mientras se hipnotizaba con la pantalla del celular. “En el ámbito cotidiano se encuentra poesía”, dice Pablo Blestcher, el pibe que cuando dejó la pelota por la guitarra hizo la mejor jugada de su vida.