Fotos Marcelo Arias y gentileza OPMP

Los endebles cuatro años eran poco para la neumonía que atacaba al niño. Los médicos sabían que a ellos el tiempo, como a él el aire, se le acababan con un vértigo amargo. Acaso Ida, por ser la madre, era la única esperanzada, pero la fe se le iba como arena entre los dedos. En los pliegues de la desazón y justo cuando la esperanza se vuelve utopía, una luz más blanca que cualquier otra rompió la noche y sobre la cabeza del niño se dibujó, perfecta, la imagen de Santa Teresita. Enrico, el padre del chico, creyó lo que todos; la santa venía por él. Pero el rictus del niño cambió de la desazón a la tranquilidad y de ahí a la mejoría, como un amanecer diáfano después del diluvio. El chico empezó a respirar mejor y los médicos, hasta entonces desalentados, cambiaron su diagnóstico. ?José Mario Pantaleo viviría 73 años más desde aquel episodio que le dejó dos marcas. La neumonía le atornilló en el pecho un asma celoso que terminó llevándolo a la muerte. Y la imagen de esa santa le marcó los pasos. Sus padres creyeron que la potente señal debía ser correspondida con prestarle servicio a la iglesia y se encargarían de que el niño estudie para cura. Ignoraban que era el comienzo del Padre Mario, el cura sanador.

 

Las manos que curan

 

Los días habían cambiado para el escritor Arturo Capdevila. Le atenazaba el pecho el dolor y la vista le nublaba las letras. Lo sabían todos: tenía cáncer en los pulmones. Alguien tuvo la idea poco novedosa de llamar a la iglesia para que reciba la Extremaunción. El cura, menudo, acudió al llamado y al posar las manos sobre el enfermo, sintió que el tumor maligno retrocedía. Para él fue el comienzo de la vida y para el Padre Mario la confirmación de que el secreto latente de sus manos evidenciaba la cura de los males, ese don que descubrió de joven. Fue el de Capdevila uno de los casos más conocidos de una curación de Mario.?Además de las manos, el padre usaba un péndulo para los casos difíciles o para cerciorarse del diagnóstico de sus manos. Mucho médicos lo consultaban, entre ellos René Favaloro y Raúl Matera, el más grande neurocirujano argentino. “Tengo este paciente padre, pero tengo miedo de entrarle por arriba en la cirugía”, le decía Matera. Mario reponía: “Entrá por el costado”. Y la cirugía era un éxito. ?Los wwwimonios de curaciones son cuantiosos: curó tumores, parálisis, problemas respiratorios, cardíacos y diagnosticaba con una precisión que superaba la visión obcecada de los médicos, que creían sentirse más cerca de Dios que el propio padre. Por eso lo desafiaban, lo subestimaban. Él, sabio, respondía: “Ustedes curan a los sanos, los enfermos se les mueren”.?Uno de los más paradigmáticos fue el caso de Juan Carlos “Minguito” Altavista, a quien el padre diagnosticó a través de una foto. Cuenta Raquel Álvarez de Altavista, su esposa: “El Padre se dio cuenta de que una medicación le estaba haciendo mal a y se la suspendió. Los médicos le dieron la razón mucho después. El Padre Mario era una persona de una humildad, una ternura y una bondad fuera de lo común. Todos los que lo conocimos fuimos privilegiados. Era un santo y creo que va a ser canonizado”, le dijo a El Federal, emocionada. ?   

 

El padre viene de Italia

 

Mario tenía cinco años cuando se quedó con sus tíos en Alta Gracia, Córdoba y sus padres se volvieron a Italia, adonde él regresaría años después para ordenarse en el seminario de Mattera y regresar a la Argentina en 1948, como cura. Enrico Pantaleo venía de la crisis de la posguera europea y no quería más penas en una tierra ajena. Industrial acomodado, los negocios que intentó en Córdoba no resultaron y decidió volver a Italia con Ida Melani, su esposa. Al niño Mario el paisaje serrano le ayudaba a sobrellevar los maleficios del asma que le había dejado aquella neumonía. ?Ya ordenado como saderdote en nuestro país, los primeros fueron años de diferentes lugares para el Padre que por entonces contaba con 33 años. Había nacido el 1 de agosto de 1915 en Pistoia, una pequeña ciudad del norte de Italia, cerca de Florencia.    

 

Su relación con la iglesia

 

“Usted, Padre, es un desobediente, un gran desobediente, como Jonás”, le dijo Monseñor Antonio Caggiano, cardenal primado de la Argentina por aquellos años de la década del ´40. Mario, que sabía poco de diplomacia y era austero en los elogios, pero frondozo en las críticas, apuntó al mentón con precisión pugilística y le soltó la ironía que le florecía en los labios: “Y usted es como la ballena”, le dijo. ?El fuerte choque con Caggiano se produjo porque había quitado a Pantaleo del hospital de Rosario para confinarlo a la iglesia de Rufino y, en su lugar, poner a un recién ordenado sacerdote, Nicolás Grenon, sobrino del obispo. De todos modos, mientras Caggiano movió los hilos de la iglesia, Pantaleo no sufrió lo que sí vivió más adelante: la prohibición de la incardinación, o sea, el derecho a dar misa. De todos modos, era ese cruce de cartas el comienzo de un derrotero amargo que hubo de perseguir al Padre, angustiado ante el ataque de la cúpula de una iglesia que siempre lo miró, cuanto menos, con desconfianza.?No fue el único cruce. Cuando recaló en Buenos Aires, el Monseñor Carreras, de San Justo, diócesis adonde pertenecía Mario, le cortó las intenciones que le imprimía la palabra de Dios. “Mientras yo sea el responsable de esta diócesis, ningún milagrero habitará en ella”, le dijo.?El hospital Ferroviario primero, el Santojanni después fueron las bases de operaciones del Padre Mario. En este último, durmió en un baño, con una pared de libros que lo separaban de la morgue. Pero Mario estaba tallado en piedra. Y los vientos de frente le alentaban el alma. Como cuando pensó en el nombre de su iglesia de Catán: Cristo Caminante. La iglesia no le permitía esa denominación. Cualquiera lo hubiera cambiado por otro, pero las fáciles no eran las que seducían al pequeño cura. Viajó al Vaticano y le pidió permiso al sumo pontífice para que la iglesia llevase ese nombre. El papa conwwwó: “Que camine vuestro cristo”.

 

El padre en las anécdotas

 

Carlos “Negro” Ribero tiene ademanes tangueros. Como casi todos los que formaron el círculo del padre, lo conoció a partir de la enfermedad de un familiar, en el caso de Ribero, la sentencia de que a su suegra debían cortarle una pierna. Cuando Ribero acudió, Mario estaba en Italia. Carlos Garavelli, hijo de Perla, aconsejó como médico. “Esperen al padre Mario a que vuelva de su viaje”. A la vuelta, los dones del padre se hicieron cristalinos en la suegra de Ribero y la señora vivió 18 años más con sus dos piernas. Pero no fue todo. Su esposa no podía quedar embarazada. En una de las visitas, el cura agudizó la mirada y le dijo que estaba esperando un hijo. Por eso, como manda la regla, el hijo de Carlos, que hoy tiene 33 años, se llama Mario. Hoy Ribero trabaja en la Obra y atesora anécdotas que se desgranan en cantidades. “El padre era la encarnación de la sabiduría. En un viaje, se metió con su Falcón en un camino en construcción, un día domingo. Se bajó del auto para ver si se ubicaba dónde estaba. ´Si supiéramos dónde estamos perdidos´”, dijo. Y agrega: “El padre nunca hacía diferencias con nadie. De las religiones decía que somos pájaros de diferente plumaje. Un judío le regaló hierro y cemento para la Obra y le pidió que lo convirtiera al catolicismo porque Mario sanó a su hija. El padre se negó; le dijo que no hacía falta”.

 

El padre caminante

 

Sus viajes son muchos y anecdóticos. En Jerusalem quiso sentir en la carne el rigor que había sufrido Jesucristo, cargando la cruz, trepando, asmático, las estaciones del Vía Crucis. En una de ellas, en Soko, el mercado árabe, sintió algo de la denigración que había sufrido Jesús: alguien lo escupió. El padre siguió, estoico.?En esos viajes, visitó sinagogas y mezquitas, fastuosas iglesias y modestas capillas. Supo que las religiones son, como dice Ribero, el plumaje distintivo que envasa lo que hay adentro: Dios. ?En otro de sus viajes, el padre quiso entregarle un presente al papa Juan Pablo II. Los carabineros, férreos, cerraban el paso de todos ante el papa móvil. Pero Mario, invencible, usó su astucia. En ese hombre que le impedía el paso percibió un dolor en la rodilla, impuso su mano y lo hizo cesar. Al paso del papamóvil, el hombre, agradecido con el pequeño cura de Pistoia, lo levantó en el aire y lo depositó junto con el Papa, para que Mario recorriera con él la Plaza San Pedro y pudiera entregarle su regalo. Mario nunca olvidaría ese encuentro, pero tampoco el Sumo Pontífice, pues un tiempo después llegó a González Catán una carta escrita de puño y letra por el propio Juan Pablo II en la cual le agradecía a Mario la cruz.

A la vuelta de cada viaje, la gente lo esperaba. El padre no se permitía viajes tan largos: sabía no podía escaparle a la orden divina de sus manos sanadoras. Arrancaba su día a las tres de la mañana y, puntualmente, se dormía a las diez de la noche. Se pasaba el día con las manos milagrosas en pos de la cura de los males de cientos que lo esperaban. El padre era, como dice Perla Gallardo, esclavo de su don.

 

El padre en los años de plomo

 

Elsa, secretaria de Pantaleo, Carlos Garavelli, los enfermos y, por supuesto, el convocante Padre Mario fueron a parar a la comisaría, adonde uno de los tantos grupos de tareas de la dictadura los condujeron ese fatídico octubre de 1977 quitándolo del departamento de la calle Carlos Calvo, adonde Mario atendía. El mismísimo Jorge Videla, usurpador del sillón presidencial, ordenó que el grupo de tareas liberase al sacerdote: el cura atendía a su mujer. A la vuelta de la democracia, hubo de confesar al presidente de facto. “Todos tienen un minuto de arrepentimiento”, se dijo antes de ir a la cárcel de Magdalena a escuchar a Videla, por pedido del militar. Para el cura italiano contaba la dimensión humana más que la ideológica, tal vez porque sabía que el Tribunal de Dios ya se encargaría de juzgar. ?Mario era un hombre de otro tiempo, de una sensibilidad forjada en el desamparo que vivió de niño. En los años setenta, mientras los capellanes bendecían armas como panes y confesaban torturadores, Pantaleo había asilado a un perseguido político en su fundación y muchas veces con su péndulo trató de determinar la suerte -negra- de muchos militantes políticos, como lo hizo con el militante Fernando Aval Medina.  

 

El Padre está vivo: la Obra

 

Nadie se animaría a decir que el Padre no está aquí, en algún pasillo de González Catán. Hasta pareciera que su metro cincuenta enfundado en esa sotana ajada, andaría ordenando albañiles y poniendo él las manos en las paredes para verlas crecer. La gente de su obra lo recuerda con alegría. Todos tienen una anécdota para contar de ese menudo hombre irreverente, filoso, de verbo potente y salidas ingeniosas. ?Su Obra no contempla la enseñanza de catecismo. Lo cuenta Andrea Rattín, vicedirectora de la escuela. “La imagen del Padre Mario está siempre presente. Su voluntad fue que la escuela sea abierta a todas las religiones, por eso no es una escuela católica. Cada acto nuestro tiene su sello”. Pero no es solo educación. En el predio de cinco hectáreas, la Obra es también salud, en los consultorios en donde atienen a 50 mil personas por año, tienen guardería para chicos, un centro de dispacitados, escuela de oficios y un polideportivo que recibe 2500 chicos. ?El mausoleo del Padre Mario, al costado de la iglesia en un jardín florido con el césped cortado milimétricamente, donde descansa el cuerpo del cura italiano, es el centro de atención: 250 mil personas por año la visitan, de todo el país y de varios lugares del mundo. La gente recorre el camino, entra al mausoleo, deja su pedido o su agradecimiento y sale hacia la parte de atrás de esa construcción para apoyarse en dos pequeños respiraderos que conectan al cajón del cura con el exterior. “Esto es un paraíso. El padre decía que el cielo está acá. Esto es el logro de él, cumplió con su misión: tenía que hacer esto y lo hizo. Nosotros somos los agraciados que seguimos la Obra. Estamos cumpliendo su sueño”, asegura Selma Henry. La mayor enseñanza del padre dice, apareció cuando el padre estaba muerto. “El enseñó con su ejemplo. Hacía más de lo que decía. El padre no dejó pedacito de la fundación sin caminar. Le dedicó todo a Dios y ponía a nuestro Señor sobre cualquier inconveniente”, dice Selma, con 27 años de trabajo en Catán.  ??El padre y el poder??Mario tejió con la aristocracia de la Capital relaciones fuertes. También con políticos, artistas, cantantes, escritores. A todos los conocía cuando se acercaban a curarse o a traer a algún familiar. Se cuentan entre sus amistades más frecuentes Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges, y el genial pintor Raúl Soldi, Cada martes, Mario visitaba al escritor ciego, quien llegó a preguntarle si le parecía bien que él se casase con María Kodama. ?Amigo de poderosos que lo ayudaron en su Obra, pero fiel a los pobres de su González Catán, Mario no vaciló nunca de cuál era su destino. Su mano embelleció un páramo olvidado de barro y pobreza. Llegó a organizar un concurso para arreglar el frente de las casas más con creatividad que con dinero. Así creaba conciencia social. Porque Mario fue, también, un militante social comprometido con su tiempo.?Otro de sus amigos fue Carlos Saúl Menem. Tan diferente al padre, lo lloró como si fuera un hermano, le legó su médico personal durante los 33 días que Pantaleo estuvo internado en el Sanatorio, hasta ese fatal 19 de agosto de 1992, cuando el aire que siempre le había sido escaso se fue de sus pulmones para siempre. ?Hoy su casa es un museo, su Obra es la extensión de su otra vida. Su habitación es exhibida con los regalos que recibía, con las historietas de Mafalda y Patoruzú que le quitaban el sueño, con una cama sencilla y acorde con su metro cincuenta, las fotos de sus padres y la cruz de ébano que le habían regalado cuando cumplió 70 años y al pie de la cual rezaba cada noche. Y no mucho más. Un portafolios raído, figuras religiosas, un espejo. La del padre Mario Pantaleo había sido una vida de elecciones y de sueños, pero también de privaciones afectivas. Una vida forjada en una misión, la de curar.  

 

Mario íntimo

 

Fanático del chocolate, fumaba 80 cigarrillos por día y hablaba en italiano, arameo y griego clásico. Para ese cura pequeño, el desierto era una posibilidad y el camino, la ruta en que lo ponía Dios. Tenía 57 años cuando puso la piedra fundamental de la iglesia que inauguró el 8 de diciembre de 1975.?Fanático de los relojes, decía que los desarmaba para entender el tiempo, pero nunca fue capaz de volver a armar uno, a pesar de que Oscar Rodríguez, un amigo joyero que le daba comida cuando Mario estaba en el hospital Santojanni, le había enseñado a entender la maraña de engranajes.
Con las manos que curó a miles de personas, escribió “Ensayos filosóficos”, su única obra. Y se hubiese pasado la vida filosofando de no ser por el mandato de curar, puesto por Dios como una misión que él, aunque rebelde, no podía declinar. Se recibió de licenciado en Filosofía y Letras y de Psicólogo unos años más tarde. Y soñaba con ser médico de no ser por la prohibición que pesa sobre los sacerdotes en el estudio de esa profesión. Coleccionista de estampillas, amante de las matemáticas, admirador de Parménides, miraba el noticiero de las 19 y solía amasar las pastas con que invitaba a sus amigos el domingo, en el único día libre entre la vorágine de gente que lo visitaba. Fanático de la selección de su país, le gustaba escuchar a Mercedes Sosa, que solía visitarlo con su madre, cuando cantaba los temas de Chabuca Granda y él mismo canturreaba desafinadas canzonettas de su Italia natal.
En sus tiempos del hospital Santojanni, era un tramposo jugador de tute con los médicos residentes. Era cuando mostraba sus destellos de niño travieso. Cada mañana, antes del desayuno, rezaba en la capilla que había construido en su propia casa y cada noche soltaba la oración en su pieza. Era un profundo católico, pero no un fundamentalista de su religión. Se le hinchaban las piernas y el asma le desbordaba el pecho y le atormentaba el alma. Como un mal truco del destino, el hombre que se levantaba a las tres de la mañana para curar a cientos de personas cada día, el que no rehusaba de hacer lo que creía un mandato de Dios, la esperanza de miles de almas errantes, no podía usar sus manos en su favor. Acaso su sabiduría profunda le hizo saber que la muerte no era la muerte. Sabía que la muerte era, como había leído de los griegos, el olvido. No tenía miedo de morir; había aprendido que no hay muerte inventada que pueda con semejante luz.

 

Más información:

Obra del Padre Mario ?Conde 5670 – González Catán (KM 31 – Ruta 3)   

En Internet: www.padremario.org

* Para donaciones: con tarjeta de crédito al 011-5520-0006.

* Para solicitar la tarjeta “Amigos de la Obra del Padre Mario” llamar al: 011- 4821-0030.

* Para donaciones de ropa, medicamentos, alimentos y libros llamar al: 02202 -424-000 (interno 117) o personalmente en la Obra.