Por Gustavo Moure

El tránsito sólo de la Sierra ha sido un triunfo (…) la mole de un ejército moviéndose con embarazoso bagaje de subsistencia para casi un mes; armamento, municiones y demás adherentes; por un camino de cien leguas, cruzando por eminencias escarpadas, desfiladeros, travesías, profundas angosturas, cortado por cuatro cordilleras, en fin, donde lo fragoso del piso se disputa con la rigidez del temperamento. Tal es el camino de Los Patos que hemos traído.”
Pasaron exactamente 71.175 días desde que el general José de San Martín entregara en manos del chasqui esas palabras que irían de posta en posta hasta los ojos del director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Juan Martín de Pueyrredón. Fue un 18 de febrero de 1817, cuando la mayor proeza de logística militar de la historia moderna era ya un hecho:  el ejército sanmartiniano había cruzado la cordillera de los Andes con más de 5 mil hombres y 10.600 equinos, pertrechado con cañones, bayonetas, arcabuces y fusiles. En los días subsiguientes libraría con éxito el combate de Chacabuco, que selló para siempre la libertad de Chile.
¿Qué queda de toda esa senda? Un terreno casi virgen, que conserva inmaculado el aura de aquella gesta. Para nosotros fueron seis días a través de 130 kilómetros recorridos sin la tremenda responsabilidad de la independencia, y en el caso de los periodistas, con la única meta de entregar las vivencias de la aún hoy difícil experiencia que resulta atravesar los Andes a lomo de mula. Seguramente, salvo por una sección de Gendarmería Nacional que irrumpe en el paisaje, en Las Hornillas, el resto del escenario es el mismo que en 1817. Luego de llegar a Manantiales, la cordillera es lo único que queda por delante. Verónica, Javier y quien escribe, todos periodistas, nos despedimos allí de “Arroyo”, el conductor de nuestra camioneta, que pronunció un poco en serio y otro poco en broma que “si alguno quiere arrepentirse este es el momento”.
De las Toyota pasamos sin escala a nuestros arcaicos animales, que por nobleza y habilidad, siguen siendo, dos siglos después, la mejor tecnología para semejante empresa. El crucial momento en que un baqueano entrega riendas en mano del jinete es sólo comparable al de la novia presentándonos ante el suegro. Los nervios afloran. Se escucha la frase “uno que sea tranquilo”, pero es inútil. Nosotros, casi todos proyectos de jinetes, salvo excepciones, tratamos estúpidamente de buscar “algo” en la cara del animal que nos brindara tranquilidad. Cuando suena la diana es tarde para todo, salvo para recorrer los caminos de San Martín. Y lo demás no importa nada.

Hacia Frías. La primera jornada de marcha es fundamental. Demanda casi cinco horas, y aunque es la más corta, es una de las más peligrosas.  Abel  Fleming, un juez que repite la expedición por segunda vez, dirá que “en general es en la primera hora cuando se da la mayor cantidad de caídas, porque los animales están aún alerta, y los jinetes no dominan bien las situaciones, o no distinguen una cincha floja”.
El otro factor determinante del primer día es la altura. No es fácil para el organismo pasar, en apenas 24 horas, de los 650 metros de altura de la ciudad de San Juan, a los 3.600 del Refugio Frías, en el sitio llamado “Trincheras de Soler”. El manual del buen andinista dirá que: 1- Es necesario beber mucha agua desde el día anterior hasta el ascenso. 2- Es recomendable no fumar ni ingerir alcohol. 3 – Es importante llegar descansado, y 4- Una vez en la altura, habrá que moverse en forma lenta y pausada, y no realizar esfuerzos físicos por unas cuantas horas.
Sin embargo, el manual del periodista que viaja a San Juan indica también que allí será convidado con buen vino y un asado de bienvenida al cruce, justo  en la noche anterior al ascenso, en la localidad de Barreal, que suele arrebatarle entre tragos y guitarreadas unas cuantas horas de sueño. Al llegar a Frías, el resultado fue media docena de periodistas con el carburador averiado, que el doctor Cisterna trataba de destapar con tubos de oxígeno, inyecciones y demás enseres de la “mula botiquín”. Pocos fuimos wwwigos, en la carpa de los hombres, de cómo al mismo gobernador de San Juan, José Luis Gioja (uno más en la expedición), le inyectaban vaya uno a saber qué pócima en las nalgas.
El resto de los expedicionarios pudimos relajarnos en Frías, donde la noche no perdona y hace honor a su nombre, bajando rotundamente la temperatura cuando el sol desaparece. Las carpas fueron poblándose de pellones, que resultan el mejor colchón para aislar la bolsa cama del frío del suelo. En la “carpa cocina”, donde el fogón no se apaga nunca, Sergio Ruarte, uno de los cocineros, explicaba la forma de preparar el charqui que utilizaba en la elaboración de un sabroso guiso de fideos. Sergio se emocionaba cuando se le preguntaba sobre lo duro de su estadía en Frías: son los cocineros los primeros en llegar a Frías, una semana antes de la expedición, y los últimos en irse, una semana después, para preparar las condiciones del campamento, en uno de los lugares más gélidos de la cordillera.
Nuestra cena se habrá parecido y mucho a la de los soldados de San Martín, a quienes les correspondía una libra de charqui, ocho onzas de galletas, algo de harina de maíz, tabaco, especias y, por supuesto, una ración de vino o aguardiente. Nosotros también nos reparamos en el delicioso guiso de charqui, y en la calidez inmemorial del vino, pensando en lo duro que sería al día siguiente el cruce de los 4.800 msnm del Espinacito.

Hacia Valle de los Patos. La salida de Frías es atolondrada. Algunos se retrasan, otros se apuran, y el apuro es uno de los grandes enemigos cuando se está de a caballo. Si no que lo diga Sergio Verón, uno de los médicos del programa “Cuestión de Peso”, que se cayó de su mula a escasos 500 metros de la partida por llevar la cincha floja. Sergio se fracturó varias costillas y sufrió un neumotórax de pulmón, por lo que debió volver en helicóptero a San Juan.
El resto proseguimos la marcha a enfrentarnos con el Espinacito. Es la mayor altura que se atraviesa en el cruce, y momento en que muchos animales, agotados, se niegan a continuar. Le pasó, por ejemplo, al temerario camarógrafo sanjuanino César Carmona, cuando su animal se desplomó en plena subida al portezuelo.
Pero el ascenso tiene premio. La monumental fila india de caballos, mulas y hombres, que parece un simple camino de hormigas a la distancia, contempla al llegar a la cima, por primera vez, la inconfundible figura del Aconcagua con sus nieves eternas, y del otro lado, su hermano menor, el Mercedario. Las montañas más altas de América continuarán como faros en todo el trayecto que conduce hasta el Valle de los Patos.
En la cumbre del Espinacito es tiempo de fotografías y abrazos. Hay casi un ritual de celebración, que se interrumpe rápidamente cuando comienza el descenso, para muchos aún más complicado, pues exige al jinete prácticamente a recostarse sobre la montura. El resto de la marcha es realmente agotadora, por toda la adrenalina agotada en el Espinacito, pero el paisaje que conduce a Valle de los Patos es una auténtica acuarela. Sólo algunos cóndores, guanacos y liebres se muestran capaces de habitar esa geografía inaudita. El refugio Ingeniero Sardina, en Los Patos, finalmente se divisa. “Falta una hora más”, dice Fabián Ortiz, uno de los organizadores, y el refugio parece un oasis en el desierto al que nunca se llega. Pero las mulas y los caballos, ávidos de comer el pasto ausente en Frías, aceleran la marcha y llegan a destino, tras nueve horas y 20 minutos de marcha.

Hacia Valle Hermoso. Luego del reparador día de descanso en Los Patos, encaramos con empuje hacia el hito internacional de Valle Hermoso. Junto con algunos colegas y un baqueano, elegimos una temprana partida, para poder apreciar a la distancia el momento en que chilenos y argentinos se confunden en un abrazo.
El encuentro desde las alturas parece la previa de un enfrentamiento de caballería. Los jinetes chilenos llegan plagados de espuelas ornamentadas y nutridos de ponchitos casi cuadraditos que dicen utilizar para “ocasiones de rodeo”. Los argentinos se disponen en una sola fila horizontal, y cuando todos están listos, encabezan una galopada triunfante hasta que los 130 argentinos, y los 76 chilenos se pierden en una sola marea de gritos y abrazos. Algunos se conocen. Se han visto un año antes en el cruce anterior, y preguntan sinceros un “cómo estás, hermano” que ya denota reconocimiento. Otros por primera vez llegan al hito, y lloran, especialmente cuando los himnos suenan y otorgan identidad a esos bustos de José de San Martín y Bernardo O´Higgins, que sólo escuchan el rugir del viento los otros 364 días del año.
El cruce no se acaba ahí, pues queda un regreso demoledor, que es ni más ni menos que la otra mitad de la travesía. Pero el encuentro sí termina allí. Chilenos volverán a Putaendo y a Chacabuco. Argentinos lo harán a San Juan y a cada provincia de la cual han llegado. Llámesele tonto orgullo, o qué sé yo, pero seguramente, unos y otros repetiremos poniéndonos anchos, que hemos cruzado los Andes por los senderos de Don José