Por Leandro Vesco / Fotos Juan Carlos Casas

“Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Raúl Mendivil suelta esa frase de Eduardo Galeano en el aire de Pardo para describir lo que sucede aquí, donde como si fueran pequeños focos de luz que se agitan inquietos, los parajes y pueblos del partido de Las Flores se mueven para intentar cambiar la realidad. Estamos en la tierra en donde hay un completo e integral de rescatar los pueblos.

Raúl uno de los responsables del grupo “Naturalmente Las Flores” quien tiene a cargo esta fantástica idea de rescatar los pueblos de este partido, ofreciendo como mayor atractivo la esencia y tradición de cada localidad, y la belleza natural de esta tierra que rebalsa de vida.

Apenas el equipo de El Federal pone un pie en este pueblo, el sereno y solícito delegado municipal, Lisandro Poggi, nos recibe con la ropa de trabajo embarrada. Es una imagen que describe este pueblo. Pardo es movimiento, actividad, proyectos y futuro. La gente camina por las calles o se mueve en auto. Las vías son una pasarela de gente que va y viene.

En Pardo, todos están haciendo algo y el compromiso es innegable. Hasta las aves vuelan presurosas detrás de alguna urgente ocupación. Los tres almacenes y la carnicería tienen sus puertas abiertas y el colectivo que viene de Buenos Aires entra hasta la calle principal deteniéndose en “la estación”, es decir, en el almacén de Lamaro donde además se pueden comprar pasajes y mientras apurar un aperitivo.

Los policías, atentos a nuestra llegada, nos reciben con alegría y camaradería; el sol hasta parece brillar con un color especial en este pueblo en donde se gestan ideas que tienen la señal del éxito. En todo Pardo hay gente que entiende que para que el pueblo siga adelante es necesario la unión y la solidaridad, y eso se siente en cada paso.

Al lado de las vías vemos una pareja, Matías y Pamela, dueños de la flamante pizzería que da a Pardo una alcurnia que pocos pueblos pueden ostentar. “Abrimos todos los días, pero no sabemos cuándo cerramos. La gente decide”, dicen como quien presenta el don más notable de un hijo.

La sombra de Bioy Casares

La sombra de Adolfo Bioy Casares sobrevuela el pueblo. Pardo no fue un lugar más en el mundo del genial escritor, fue “su lugar”. Aquí su familia tenía la estancia “Rincón Viejo” señorial casco en donde contrajo casamiento con Silvina Ocampo, con Jorge Luis Borges como wwwigo.

Todavía recuerda en el pueblo los veranos en que esta dupla que escribió algunas de las páginas más bellas de la literatura universal caminaba por el pueblo. La estación de tren es un museo que recuerda la vida de Adolfo en el pueblo. Cruzando la vía está el imponente edificio en donde funcionaba un almacén de ramos generales. Hoy es el flamante Hotel “Casa Bioy”.

Mariela, la encargada, cuenta que se basan en un concepto de hotelería rural, con vista a una extensión relajante e inmensa de campo, con la Ruta 3 allá lejos como señal de que todo está cerca, pero a su vez, lejos. El hotel está en un proceso embrionario, ya que tienen planeado hacer cabañas y un sinfín de atractivos más. Seguimos caminando y pasamos por la escuela que lleva el nombre del padre de Adolfo, Juan Bautista Bioy.

Al entrar, un aroma a sopa materna nos invade, provocándonos delicados sentimientos de comodidad. La risa de los niños y las maestras haciendo su trabajo, el inmenso patio y la bandera allá en lo alto nos dan la pauta de que la escuela no escapa a esa energía positiva de Pardo. Aquí están las semillas de este pueblo. Fabiana, la directora, nos recibe en la biblioteca, donde nos cuenta que el deporte favorito de los chicos en el recreo es el truco.

Una fábrica textil es la fuente de trabajo más importante del pueblo, pero también se oyen las máquinas en la panadería más vieja de Pardo, que Matías Crosta recuperó hace algunos meses, y que constituye un hito en la vida comunal. La cuadra tiene 107 años y una montaña de leña muestra que aquí el gas –enhorabuena- no ha llegado.

“No duermo nunca, pero esto es lo que me gusta”, comenta este joven panadero que se ha formado en viajes y en cocinas de todo el país y que felizmente ancló su vida en Pardo, apostando por el pueblo en el cual nació. Trabajó 10 años en El Calafate y hace un tiempo se puso a desandar su camino para volver a la panadería donde su abuelo amasó los sueños que él, hoy, hornea con pulso de alfarero.

Yamay

Nos vamos de Pardo y más adelante, cruzando el canal 11, con ovejas que nos miran intrigadas, ponemos un pie en Yamay, acaso uno de los sitios más singulares de la región. Nos recibe con una sonrisa Juan Manuel Damperat, un anacoreta moderno. “Bienvenidos, están en su casa”, dice.

Yamay es un complejo de turismo social y ambientalmente responsable. Aquí se practica y enseña la permacultura y se dictan talleres de construcción natural, lombricultura y energías renovables entre otros temas en donde el cuidado y la contemplación de la naturaleza son ejes centrales.

Pardo, además de tantos atractivos rurales y motivacionales, tiene uno de los cielos más diáfanos de todo el país, mientras que en su vecino Yamay, además vivir la experiencia rural desde un punto de vista responsable, es posible hacer astroturismo. “Sentís que el cielo está acá nomas”, dice Juan Manuel. Y le creemos.

Antes de llegar a Rosas, que es nuestro último destino, nos detenemos unos kilómetros antes para saludar a Stella Maris y Guillermo, quienes abandonaron el Gran Buenos Aires y decidieron comprar un pedazo de esta tierra bendecida para sembrar un sueño que hoy están llevando a cabo: hacer dulces y conservas que tienen algo que hoy es un valor agregado muy deseado: sabor.

“Queremos mostrar que el cambio es posible”, insiste Guillermo. Detrás se ven los árboles frutales, las ovejas, las gallinas, el panel solar que los mantiene soberanos allí y la idea de hacer de este emprendimiento un lugar en donde la gente pueda venir a pasar un día entero de campo.

Su entusiasmo se trasluce en sus ojos y esa seguridad de que una mejor calidad de vida los renueva a diario. “Es tanta la tranquilidad que no sabes en qué día vivis”, nos despiden con alegría.

Rosas

A los pocos minutos llegamos a Rosas. Con una entrada asfaltada que podría ser la envidia de cualquier ciudad, el pueblo es un solar de paz y bienestar: aquí se está gestando la idea de hacer de esta unida y solidaria comunidad un destino para el descanso y la introspección.

“Desconectarte para conectarte”, explica Ivana Gopar quien es la responsable de A Casa Mia, un emprendimiento familiar que consiste en comer en la casa de los Gopar un menú basado en comida de campo, verduras de su huerta, dulces caseros y, para terminar, disfrutar de un espectáculo de acordeón que ejecuta el padre de Ivana, don Roberto, un virtuoso de ese instrumento.

Ivana, que viajó por Italia para capacitarse, se desenvuelve muy cómoda en su pequeño mundo al que quiere cambiar. Nos muestra el lugar donde se imparte educación de alternancia, donde María y Leandro tratan de educar a los niños para vivir sin tener que abandonar su pueblo; el club Juventud Rosense, donde se está organizando una fiesta sorpresa y nos presenta al comisario, que se confunde entre la muchachada que baja leña.

Pasamos por un almacén y llegamos a “La Siesta”, hogar de Jorge Huarte, otra pieza clave de este rescate. Jorge, quien dejó el conurbano para transitar este camino de paz, tiene un complejo de cabañas, con vista a un horizonte fecundo de árboles, cielo y aves que describen vuelos medulosos.

“No tenemos wi fi, hablen entre ustedes”, advierte un cartel al entrar a una de las cabañas y es el concepto que mejor puede cerrar la idea que se intenta desarrollar en Rosas: encontrarse con uno mismo. Muchos en el pueblo, ya lo han logrado, y eso es lo que quieren transmitir. Van por el buen camino.