Está lanzado en el estrépito de cuerdas, en el vértigo sin vueltas del verso recién nacido, preso para siempre de verbos indómitos y paisajes que le crecen en el pecho como aguas de un desconocido manantial. El hombre se afianza a los tonos cómplices de su ruda criolla. Parece que un duende anda suelto dándole coplas a esa garganta que se quiebra y resplandece, mezclándose su picardía con su estirpe gaucha, su astucia con la riqueza de su observación, su humor con la síntesis poética de su improvisación.

Sus versos pasarán como una ráfaga, acaso sólo el viento, que los lleva y los trae, que los guarda en sus entrañas, sabrá de ellos alguna vez.
Poetas sin pluma, los payadores son los últimos transmisores de la palabra hablada en un mundo que paulatinamente las desprecia. Trovadores. Poetas. Juglares. Decidores. Cantores. Guitarreros. Contadores de historia. Ellos festejan hoy el día del payador.  

En 1894, un señor nacido en San Telmo empezó a darle cuerpo a la payada e iba luego a profesionalizarla, a introducir el contraapunto, a payar por milonga. Ese hombre se llamaba Gabino Ezeiza. Un día de ese año se cruzó en versos con otro payador, Pablo Vázquez y esa payada quedaría en la historia, como otra que sostuvo con un gran payador uruguayo, Juan de Nava. Por él, por el popular Gabino, el 23 de julio es el día del payador, por obra de dos grandes, José Silvio Curbello y Víctor Di Santo. 

Ellos pergeñaron el día de los hombres dedicados al canto repentino, aquellos que leen el paisaje y dejan en el aire un canto que dura lo que un suspiro pero bien sirve para resumir eso que les pasa por el alma. A ellos y a su gente.

“El verso improvisado es la poesía que nace en el acto, nace como una luz, como un rayo, como un suspiro, como un latigazo. Enlaza palabras, poema y pensamiento, todo en un segundo”, le decía el recordado Argentino Luna, cantor surero y payador, en una nota con El Federal en 2009. “Atahualpa Yupanqui decía que para el que mira sin ver, la tierra no es más que tierra. Pero no es tierra no más; es gaviota, es hombre trabajando, es pan, es surco, es transpiración, es fruto maduro. No es la tierra, es la vida. Esa descascarada forma de ver la vida es el arte del payador”, ampliaba Luna.
 
Un compañero del Negro Luna, Gustavo Guichón, el inventor del verso improvisado en los campos de jineteada, opinaba en la misma nota. “El payador nace no se hace. Vaya a saber qué salamanca le habrá tocado el vientre a la mama de uno, como para que nazca la poesía sin hoja, el canto sin atril; el que nace y muere en el momento y va a parar al cofre del viento”, decía entonces este uruguayo nacido en Florida, pero residente en la ciudad de Córdoba desde hace varios años. 

No es sólo un canto para hombres, porque ahí está Marta Suint, como representante de un arte que trasciende géneros y edades. Porque también hay óvenes que empujan como Nicolás Membriani, David Tokar y Cristian Méndez y otros con más cuerdas tocadas como Luis Genaro, Carlos Marchesini, Juan Lalanne, Alberto Smith y Jorge Soccodato, entre muchos otros.

Párrafo aparte para recordar a Carlos López Terra, Pampa Barrientos, Juan Carlos “Indio” Bares, Carlos Molina, entre tantos otros sembradores del verso sin dueño, de la palabra no escrita. Ellos pusieron con la guitarra  la base para que cada 23 de julio sea una gran ocasión para hacerle saber a algún desprevenido que el hombre sigue tejiendo con su encordada su ceremonia íntima y ancestral: la de contar en versos lo que siente la gente.