Agosto es un mes muy lindo para pescar pejerreyes. Ya los fríos se han afirmado y los días son más parejos, con menos variaciones, pese a algún curioso “veranito de San Juan”. Además, suelen aparecer los mejores portes, pejerreyes grandes que se van arrimando a las costas para procrear o emprender la migración a aguas abiertas.
Las lagunas no han sido tan generosas en esta temporada, a excepción de alguna que otra pequeña en la zona de San Cayetano. El Río de la Plata aparece como el lugar donde se obtienen los verdaderos “matungos”, aquellos que rondan o sobrepasan el kilo. La otra opción de toparse con algún “peso pesado” se encuentra en sus afluentes: el Paraná o el Uruguay. El pejerrey subió por ambas vías en junio y ya está bajando nuevamente para iniciar su ciclo de vida eurihalina, es decir, vivir en rangos de salinidad muy diferentes, y pasar una parte de su vida en el mar y otra en el agua dulce. 
Optamos entonces por el río limítrofe internacional. Más precisamente, por Gualeguaychú. Esquivando los intensos fríos de la mañana, nos encontramos a las 11 con el guía Raúl Almeida en el puerto local. Apreciamos mucho sus servicios por una serie de razones: hace medio siglo, toda su vida, que conoce el río, ya que su padre, docente, amaba la naturaleza y lo llevaba constantemente de campamento a sitios agrestes, donde coleccionó una gran cantidad de objetos que próximamente serán expuestos en un nuevo museo de la ciudad; incluso, Raúl sigue separando dos semanas del invierno para acampar con amigos y familia en lugares de difícil acceso. Esto más sus treinta años de trabajo en los tribunales locales y su lucha contra la instalación de las pasteras (por su conocimiento del río llevó a decenas de técnicos, periodistas, autoridades y asambleístas a ver la planta) lo hacen un ameno compañero de jornada, tiene esa cordialidad del entrerriano “de campo”.
Con Raúl y Ricardo Parrado, amigo que me acompañó en la salida, recorrimos los trece kilómetros hasta el punto donde el Gualeguaychú desagua sobre el Uruguay. En el destacamento de Prefectura Naval Argentina allí instalado hicimos el rol y salimos a río abierto a garetear (derivar) en búsqueda de los pejerreyes limítrofes.
La invisible línea política pasa por el talweg, la zona de mayor profundidad del canal, que, a esta altura, corre muy cerca de la margen oriental, de altas barrancas, donde se divisa la ciudad de Fray Bentos. Nosotros ni nos acercamos, pues optamos por la orilla occidental baja, inundable y, por tanto, con gran cantidad de microorganismos, que atraen a pequeños pececillos y a predadores, como el pejerrey.
La primera gareteada dio pocos resultados: apenas un par de pejerreyes y chicos. Entonces, pasamos el Ñandubaysal y entramos por un sector de islas en formación, donde existen pequeños canales por los que los “flechas de plata” se movilizan.
En esta zona repetimos la técnica, pero los resultados fueron superiores: muchos piques, con constantes dobletes y algunos ejemplares que orillaron los cuarenta centímetros. Usamos cañas telescópicas de cuatro metros con líneas de tres boyas con puntero cargado o sin él. La ubicación lateral del sol nos permitió usar boyas de diferentes colores (blancas, rojas, naranjas) mientras que las profundidades de pique oscilaron entre los veinte y los sesenta centímetros.

Voraz y gloton. Encarnamos con mojarras vivas de tamaño apropiado (unos tres centímetros de largo). Rinde un poco menos, pero sirve también, el filete de dentudo fresco. Para atraer a los cardúmenes dispersos, Raúl ata una botella llena de aceite de pescado, líquido que va soltando por unos pequeños agujeritos. Sobre la calle que se marca con el óleo natural se deslizan las boyas y se dan los piques.
El pejerrey del río Uruguay es voraz, glotón. Pocas veces toma sutilmente, aunque los más grandes suelen ser más desconfiados. Hay muchísimos y, por momentos, los ataques son tan frecuentes que no se puede encarnar dejando algún anzuelo con mojarra en el agua, pues pican pegados a la embarcación. En esta salida, algunos tomaron lejos, pero nunca más allá de los treinta o cuarenta metros, de modo que no era necesario usar boyas muy grandes.
Tanta actividad en la lancha se matizó con una linda picada llevada por el guía, que tiene una embarcación ideal para estas épocas frías, ya que en la cabina se viaja reparado de los vientos y del aire frío. Cuenta también con baño a bordo (muy bueno si se pesca con damas o chicos) y un par de asientos con colchonetas en proa por si alguno quiere recostarse un rato. Hay mucho espacio entre la posición de mando y el motor para pescar cuatro personas con comodidad. Además, la planta de 115 HP y cuatro tiempos es muy rendidora: veloz y económica.
No tuvimos vientos superiores a los ocho kilómetros, por lo que, ante la falta de oxígeno, no tomaron los pejerreyes muy grandes. De todos modos, la proporción entre cantidad y calidad vale la pena. Además, el paisaje es muy bonito, pues festoneamos la orilla oeste con abundante vegetación y muchas aves.
Una linda salida en una linda ciudad, donde la familia o los amigos no pescadores pueden quedarse en el día en las termas o los museos. Además, con la nueva autopista se llega mucho más cómoda y rápidamente, aunque recomendamos respetar las velocidades establecidas, por seguridad y por las multas