Por Leandro Vesco (*) 

Fotos Juan Carlos Casas

 

Los habitantes de los pueblos pasan al menos dos veces al día por la panadería. Allí, con el hermoso olor del pan horneándose, se enteran de las noticias y los chismes del pueblo, de los rumores, del campo y de la ciudad. Un pueblo con panadería se convierte en una localidad con un prestigio y una identidad muy fuertes.

Por eso es que los panaderos son los personajes más queridos e importantes en las pequeñas comunidades. Más que cualquier institución, la panadería es, para un pueblo, mucho más que un comercio; es un punto de encuentro obligado, que todos los días brinda un servicio que trasciende los límites del negocio para llegar hasta lo social, lo cultural y, claro, lo sentimental.

En el día del panadero, saludamos a todos los panaderos rurales que cada día, mientras todos duermen, trabajan en soledad para darle forma a la galleta y a las facturas que serán el centro de todas las mesas, en las casas, en las materas, en los ranchos. Porque una casa sin pan no puede ser un hogar feliz.

Hoy los invitamos a conocer a dos panaderos que representan los ciclos de la vida. A ambos los conocimos con Revista El Federal en esta maravillosa serie de “Al Rescate de Los Pueblos”, ellos son Mario, de Panadería La Larga, del pueblo homónimo del Partido de Daireaux, quien desde que regresó de la colimba hace varias décadas está atrincherado en la histórica cuadra de esta legendaria panadería. El otro es Matías, un joven panadero descendiente de un linaje de notables nigromantes del trigo de la zona de Las Flores. Decidió reabrir la vieja panadería de su familia en Villa Pardo, recuperando no sólo un espacio de enorme peso patrimonial sino dándole a este hermoso pueblo la posibilidad de tener pan todos los días. Las panaderías, al igual que las pulperías, son puntos de encuentro y los panaderos, demiurgos que logran hacer magia con la harina.

* Presidente de la Asociación Civil Proyecto Pulpería.