Luis Rafart es un pequeño empresario zarateño. Practicó la pesca desde chico en aguas del río Paraná y luego se dedicó a la mosca en la Patagonia cordillerana. Un día, una terrible noticia golpeó su vida: le diagnosticaron cáncer. Frente a la tragedia ganó la fe y comenzó una nueva vida, que incluyó la pesca como un aliciente y también como elemento terapéutico. Volver a pescar fue para él una inyección de vida y una ayuda para ayudar: a partir de estas experiencias comenzó a organizar un grupo de apoyo a pacientes con cáncer y sus familiares en la citada ciudad bonaerense. El lema: el cáncer no es la muerte sino una enfermedad.
-¿Cómo, cuándo y dónde comenzó a pescar? 
-Comencé a pescar desde muy niño, nací a diez cuadras del río. Además, mi padre estaba embarcado en el ferry que hacía la travesía de Zárate a Ibicuy (Entre Ríos) y le gustaba la pesca. Me enseñó a respetar el río y cuidar los peces: aquellos que no íbamos a consumir, de vuelta al agua.
Cuando comencé a pescar por mi cuenta tendría diez años. Fabriqué un reel con un tachito de durazno, le atravesé un palito de escoba, lo tomaba con la izquierda y recogía el hilo con la derecha. La plomada era una tuerca pesada y los chicotes no tenían rotor. Se hacían unas galletas que perdía más tiempo desenredando que pescando, pero en aquel tiempo en el Paraná tirábamos un anzuelo con un pedazo de jabón de la ropa y sacábamos un dorado.
-¿Qué periodistas lo influenciaron para seguir con el deporte?
-Uno de ellos fue Juan Martín de Yaniz, autor del primer libro de pesca que leí,  “La pesca de flote”. Lo compré en 1971 y era como el libro “Upa” de la primaria. Aún lo conservo y después de muchos años encontré en la última hoja el Salmo 8. El otro maestro fue Roberto Zapico Antuña con sus libros “Spinning Pesca Calificada” y “El Dorado”. Con el primero, comencé mis experiencias con el spinning. En radio, no me perdía a José Basualdo Lebraud y a Nello Príncipi en las revistas de pesca.
-¿Cómo llega a la Patagonia y empieza a pescar truchas?
-Seguía todos los meses una revista en la que escribía “el Mono” Villa. Sus notas eran de pesca con humor, pero tenía una colección impresionante de moscas que exhibía en cada número, lo que para mí era un sueño remoto. No obstante, en noviembre de 1974 hice el primer viaje a la Patagonia, con la familia, con carpa y en un 3CV. Tardé como una semana, pero, al acampar en el lago Meliquina debuté en el spinning sacando la primera trucha.
-¿Cómo, dónde y por qué empieza a pescar con mosca?
-En 1998 me decidí a comprar lo mínimo para iniciarme en esta modalidad. Antes era prohibitivo para mí, pero con la llegada de la globalización pude acceder al pago de seis cuotas y, premiado con un viaje a Las Leñas (Mendoza), debuté en el río Salado. A mi hijo Santiago le pasé el equipo de spinning y recorrimos todos los días este curso desde el complejo hasta la laguna de La Niña Encantada. Fue maravilloso pues todos los días pescábamos.
-¿Qué sucedió con su salud en 2003?
-Había sido un fumador sin límite. Con la llegada de mi hija Cecilia, mi esposa Mirta me prohibió fumar dentro de la casa. Dejé inmediatamente el cigarrillo, pero el daño ya estaba instalado. En 1990 me operan del pulmón derecho a causa de un neumotórax; desde esa fecha hasta 2003 tuve tres veces neumonía hasta que me diagnostican cáncer de pulmón no operable, pues los cirujanos dicen que el riesgo es muy grande. La oncóloga que me atendía y me atiende (Luisa Tavares) dijo: “Venga, Rafart, vamos a intentar un tratamiento”. Así viví las experiencias de la quimioterapia (18 meses) y radioterapia (40 días).
-¿Cómo encaró esa situación?
-Aprendí que uno puede vivir sin Dios (aunque es insoportable), pero uno no puede morir sin Dios. Me puse en sus manos y lo reconocí como mi Señor y Salvador, pidiéndole que me diera una nueva oportunidad. Hay muchas personas que creen que Dios puede curar un tumor milagrosamente, pero esto es menoscabar el poder de Dios, ya que su verdadero poder es cambiar la vida de las personas. A partir de esta experiencia con el cáncer y la transformación de fe que se produjo en mi vida me puse a trabajar para intentar de ayudar al que sufre. Así surgió Renacer Oncológico, una ONG sin fines de lucro.
-¿Qué sintió cuando pudo volver a pescar en San Martín de los Andes en 2009?
-Fue un desafío y un enorme placer. En abril de 2006 terminé con los tratamientos, pero tenía que realizar controles cada tres meses, por lo que programamos viajar a San Martín de los Andes en enero de 2007.
Cuando llegué no pude ocultar algunas lágrimas. Vino a mi memoria los días de quimio y radioterapia, cuando pensaba que nunca más volvería a pescar en el Sur. Dios es bueno.
En los días siguientes recorrí los ríos Chimehuin, Collón Cura y Malleo, entre otros.
-¿La pesca ayuda a una persona enferma de cáncer o cualquier otro mal?
-El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos dice que, cuando una persona enferma de cáncer tiene un lugar a donde ir y algo que hacer, es como que se le prolonga la vida.
La pesca es una terapia muy interesante. Siempre lo fue, no sólo para los enfermos sino también para toda persona que está angustiada o estresada. El hecho de programar una salida de pesca lo pone a uno en movimiento (fundamental para el paciente oncológico): elegir el lugar, preparar el equipo según la modalidad que va emplear lo tendrá toda la semana ocupado y entusiasmado con la excursión. Además, cuando se trata de un ambiente como la Patagonia, observar ese entorno, caminar por el río, ver los picos nevados, el colorido de la vegetación, es un bálsamo para el alma.