Texto y Fotos: Leandro Vesco

A la noche es cuando la magia se produce. Uno se acuesta y el sueño llega oyendo a lo lejos los motores de los camiones o autos que conducen los conductores noctámbulos que recorren los caminos aprovechando el silencio y la tranquilidad de la ruta a esas horas. Dormir en un hotel rutero tiene un encanto particular, es una categoría de alojamiento que se nutre de personas que están en movimiento. Son espacios donde uno se muestra tal como es, cobijan y contienen, y acá el café con leche tiene un sortilegio que lo hace inolvidable, ese aroma que no se vuelve a sentir. El hotel Peumayén es uno de estos lugares.

“No sabíamos nada, pero en 16 meses hicimos todo” nos cuenta Tito Platz cómo se hizo este hotel que está en la entrada de Espartillar y que en pocos años cobró más trascendencia no por sus servicios de hospedaje sino por su cocina. Como buenos descendientes de alemanes del Volga, él junto a su esposa Liliana Olleta antes de comenzar a construir las habitaciones, terminaron el salón comedor. El lugar le dió a Espartillar un nuevo espacio donde poder comer comidas tradicionales. Aquí entra en juego Hilda Rauch, quien se ofreció a darles una mano en la cocina, la movida resultó y cómo. “Hice varéniques, como los hacía mi abuela y a la gente les gustaron” Sin saberlo, entraron en le memoria emotiva del sabor y entonces cada vez que alguien las pedía recordaba su infancia, y los que no habían tenido la suerte de tener una abuela alemana, la anhelaron.

La gastronomía tiene este poder, el de lograr que una persona recorra cientos de kilómetros pare reencontrarse con un sabor que creía perdido, también atrae al que quiere probar por primera vez un plato que tiene comensales devotos. La varénique es una receta ucraniana que tiene su versión alemana llamada Maultasch aunque aquí se popularizó con el primer nombre. Se trata de una masa de harina con leche y huevo, que se amasa con forma de una empanada o pastelito, se rellena con ricota, manzana y nuez, aunque esto depende de la receta de cada familia, algunos le agregan papa y cebolla. Se hierva la pasta y se sirve con una salsa de crema y pan frito. Aunque la receta la puede hacer todo el mundo, sólo aquellas personas que tienen con ella un puente emotivo, logran hallar el sabor perfecto, un aroma que se funda en el pasado, entre las brisas del recuerdo.

Le varénique de Peumayen allanó el camino para que el hotel se hiciera conocido y el sueño de Liliana y Tito creciera. La ruta 33, que pasa a doscientos metros del Hotel fue una vidriera por la cual el salón comedor tuvo vida propia. Espartillar, que es un pueblo del Partido de Saavedra de 800 habitantes tuvo un motivo más para recorrer se acceso. “La gente nos acompañó siempre, el hotel también nació por necesidad, porque acá se hace la Fiesta de la Carbonada y los músicos no tenían dónde dormir” Tito, que ha recorrido el mundo en auto, y que sabe mucho de todo, pero más de la importancia de un hospedaje cuando uno está viajando y debe parar a descansar y seguir viaje, supo que era el momento de apostar por el hotel. “Al principio nos trataron de locos, pero siempre cuando tenes una idea de estas en un pueblo, es igual. Después las cosas cambiaron”, Tito es todo un personaje en el sudoeste de la provincia. Espartillar, el lugar que eligió para vivir junto a su familia, pronto tuvo un cambio favorable: las familias, al conocer que había un lugar dónde hospedarse, comenzaron a regresar al pueblo a visitar parientes.

El Hotel rutero, que está a pocos kilómetros de Pigüé, con su prestigioso restaurante forman parte del grupo de turismo rural Sierras y Pampa, que asesora Marina Monje y que integra la red de emprendimientos que coordina Cambio Rural de INTA y que nuclea a los emprendedores del centro y sur de la provincia de Buenos Aires que están haciendo turismo rural verdadero y sustentable, motorizando la recuperación de los pequeños pueblos.

“Para el pueblo fue un servicio muy importante, muchos vuelven a visitar a sus familiares porque está el hotel. A nosotros nos gusta porque nos llenan de recuerdos. Gente que hacía mucho que no veíamos, volvió. El hotel reunió, fue un encuentro, promovió eso”, cuenta Tito, dando una lección de cómo el trabajo se puede generar desde el propio pueblo para la comunidad. Aclarando la gran duda de los que no saben qué hacer en sus propias localidades para promover turismo y sustento: un comedor, un hotel, son lugares que se fueron cuando el tren desapareció y aunque este no volvió -y quizás no regrese más-, si pueden hacerlo los comercios que abrazaban a la estación. “Consejo: Todo el que tenga un proyecto, que lo haga, sino siempre vas a estar con la duda, después si te va bien o mal, es otro tema. Gente vive en todo el mundo y en todo el mundo se mueve”, alecciona Tito. Su ladera, Liliana asegura: “Que sean locos como nosotros y que se arriesguen. Te podés caer, pero también te podés levantar”

Cómo llegar: