El pincel, impregnado con óleo, se desliza con firmeza por la tela y así le agrega un intenso color a la escena campera del cuadro, en donde unos paisanos hacen formar a la tropilla. La mano con buen pulso que manipula esa herramienta, que permite convertir la sensibilidad y la inspiración del artista en su pasión, es de Esteban Díaz Mathé, 31 años, psicólogo, que abrazó el arte de la pintura y el dibujo hace cuatro años atrás mientras cursaba su segundo año de arquitectura.

Sus primeras obras fueron réplicas de Miguel Ángel, Da Vinci, Rembrandt, Bouguereau, Caravaggio y Sorolla, hechas por encargo a coleccionistas de arte. Comenzó a dibujar y a pintar como hobby, pero la calidad de sus pinceladas le remarcaron que se trataba de una habilidad que estaba dormida. Y que había despertado. Un taller a la vuelta de su casa en la ciudad porteña, y algún consejo de amigos ligados al arte, fueron sus primeras enseñanzas, pero sus grandes maestros fueron los libros, que le aportaron la técnica necesaria para consolidar su trabajo en las telas: “Fui aprendiendo las temperaturas, contrastes, pesos, composiciones, y tensiones. Hay un montón de cánones clásicos escritos en tratados de pintura, y yo me los leí. Fui aprendiendo muchísimo el trasfondo de lo que me refleja una imagen. Muchos trucos y secretos. Incorporé la capacidad de leer las imágenes y desglosar cómo un pintor hizo su obra; ese es mi talento. Lo que pinta es el ojo, no la mano”, dice.

Esteban refleja los quehaceres diarios del campo argentino y sobre todo a su protagonista estrella: el gaucho. Pero la elaboración de su obra no fue para nada sencilla. Tres años debió viajar este joven artista por más de 27 grandes estancias ubicadas en diez provincias del país, desde Tierra del Fuego hasta Salta. “El proyecto no fue nada fácil, me largué a hacer un libro en homenaje a toda la provincia de Buenos Aires, a una estancia de mis primos y a escenas que había conocido en mi infancia en General Pinto, en Lincoln, de andar en el verano a caballo, conocer verdaderos paisanos, sogueros, domadores, puesteros, de haber ido a muchas jineteadas y haber trabajado a caballo junto a los paisanos. Me produjo una admiración profunda que me marcó muy latente el laburo de la gente, y cuando noté que tenía la capacidad de dibujar lo fui volcando en la pintura”, dice Esteban, mientras seca el pincel en su guardapolvo de trabajo. 

Tres años viajó por el país para hacer el libro. “Me endeudé para publicar la primera edición. Tres años viajando y trabajando en el taller. Quería homenajear a los paisanos, que era lo que yo quería.  Tuve que renunciar a mi trabajo y dedicarme a hacer esto ciento por ciento, quemando todos mis ahorros, y lo volvería hacer mil veces.
-¿Hubo una planificación previa a los viajes?
– Sí. Viajaba en las épocas claves de más movimiento, como la esquila en Tierra del Fuego. A la vez que estaba en una yerra en Entre Ríos, me perdía lo que sucedía en otro lugar. La recorrida la tuve que hacer en dos años, armamos el cronograma de lugares, fechas, y las épocas para estar en cada zona y poder documentar lo más puro. Armé bocetos en el momento y, con máquina de fotos, tomé nota de las conversaciones que tuve con los personajes que me fui encontrando en los viajes. Fui tomando la figura del gaucho, homenajearlo, y bajar a texto curiosidades, pensamientos, ideas de las personas, y de las zonas. Me llevaba plumas, lápices. En el libro hay una gran variedad de técnicas antiguas, porque al replicar cuadros uno aprende muchos registros de pintores antiguos que son claves para hacer estos bocetos, hay muchos trabajos en acuarela, en tinta, en carbonilla, en lápiz, en sanguínea, en óleos, y otras mixtas. Fue mucho prueba y error. Mi desafío es aprender a dibujar y a pintar como los grandes maestros. Si hubiese utilizado sólo lo que mejor domino, muero con eso, lo que me quita el sueño es aprender técnicas realistas que ya se dejaron de usar o se usan poco, como la pluma, y el óleo en su máxima expresión.
    
Fotos Marcelo Arias

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