Por Leandro Vesco – Fotos Juan Carlos Casas

“Nuestro trabajo es descubrir gente. Creamos y sostenemos las redes hasta que se puedan liberar. Y las liberamos”. Marcelo Cos, parece el capitán de un barco que se llama Pontaut, que tiene 70 habitantes, y que al mediodía tiene el movimiento de una pequeña ciudad. Marcelo es el Coordinador del CEPT (Centro Educativo para la Producción Total) del pueblo, esa brillante forma de educar en el medio rural que permite a los jóvenes formarse con herramientas que tienen a mano, alternando permanencia en sus hogares y viviendo dentro de la escuela, siempre bajo la mirada atenta de estos militantes rurales, los maestros del Cept.

Aislado de la ruta, sin tren pero con Cept, Pontaut está vivo y muestra orgulloso su presente. Marcelo, sin perder tiempo, nos lleva a las apuradas a conocerlo: las calles de Pontaut están atildadas, las ventanas abiertas hablan de una localidad cálida donde no hay lugar para la oscuridad. Como si fuera un oasis humano, el pueblo cuenta con todos los valores y personajes que han hecho de nuestra humanidad un lugar de episodios inolvidables.

Los horarios son importantes en la vida de una comunidad. A pesar de que todos vivan a pocos metros, el eje cardinal del día se acerca; estamos sobrepasando el mediodía y en todas partes hay algo que hacer. Más allá vendrá el silencio que trae la religiosa siesta. “Acá encontré mi lugar en el mundo”, confiesa Marcelo. La vida del pueblo está en buenas manos.

Alma de pulpería

“Pontaut creció porque yo comencé a vender verduras”. Así se presenta Estela Alfaro, almacenera y también líder comunal que lleva 32 años al frente de su circo, como le gusta llamar a este ramos generales y bar de copas. “Tengo mucha paciencia, pero no delicadeza”, advierte, pero enseguida Marcelo cuenta que muchas veces cuando los padres de los chicos del Cept llegan tarde, Estela los cobija en su almacén, para que esperen. 

Una sonrisa franca nos devela que detrás de su coraza se esconde una mujer con delicados sentimientos. “Acá no se vendía verduras. Con mi marido vendimos un caballo y a cambio nos dieron cuarenta kilos de carne y verdura, así abrimos el almacén: la gente vino a comprar verduras”, recuerda sin nostalgia, pero con orgullo. Estela, mientras tanto, atiende. El almacén tiene un costado formal, y detrás de una heladera se llega al bar, territorio de hombres, que apuran un aperitivo antes de que se les haga tarde para almorzar. “En los pueblos no hay plata, todo es fiado. Te pagan hasta que te dejan de pagar, pero yo adoro este negocio, no me gusta la soledad, lo abro de lunes a lunes”.

En la esquina vemos un padre y su hijo tomando una cerveza, sin entrar al bar. “Tienen prohibida la entrada porque se malhumoran, pero igual vienen”. Renegados, nos saludan. Caminamos por la calle principal del pueblo que tiene como nombre a un paladín de la vida rural, René Favaloro. “Los chicos les pusieron el nombre a las calles, hacemos que participen en todo”.

Marcelo nos conduce al otro almacén del pueblo. Su interior parece una muestra de arte ecléctico, bebidas, mesa de living, sofá, libros y maniquíes con ropa. Todo y mucho más que esto es el espacio de Marta Arrúa, otra almacenera que hace 26 años está al frente de este espacio con tonos suaves y calidez familiar. “Yo vendo de todo, desde Gancia hasta calzoncillos”. La gente puede venir a tomar algo, pasar al fondo y ver ropa o “tomarse un recreo” elegir un libro y sentarse a leer.

Acá los sentidos se relajan. El almacén de Marta es la casa a la que uno siempre desearía volver. Ese hogar idílico que buscamos durante toda la vida está aquí en Pontaut. “Los sábados hago cenas, contamos chistes y también hay karaoke. Yo vivo feliz, no me hago problemas”. Marcelo nos mira. Era cierto nomás: María Arrúa es un personaje. “Sus proyectos son de gran impacto anímico para el pueblo”, teoriza nuestro capitán. Antes de irnos, nos trae el cuadro con una fotografía de su más grande creación: la escultura de un pez hecho con 1675 latas de metal. “Lo tengo guardado, a veces lo muestro”

En Pontaut hay armonía. Nos muestra la mayor apuesta del Cept: la panadería, a un costado de la huerta. “Es fácil, en el pueblo no hay panadería. Desde la comunidad viene la propuesta y nosotros tratamos de llevarla a la realidad, capacitando y haciendo”. El proyecto ya tienen todo listo.

Regresamos al Cept, que funciona en la estación de trenes. Los alumnos comen, terminan de almorzar y cada uno tiene una labor, llevar los platos, ordenar la mesa, buscar las frutas. Los profesores, y todo el equipo nos despide a la hora en la qu en el pueblo todos duermen la siesta, pero es un silencio vivo, cordial. Adentro del Cept la actividad no se detiene, Marcelo nos recuerda: “Somos militantes rurales”.

Coordenadas de GPS para llegar: 37°44′00″S 61°20′00″O