Desde hace ya tiempo venía estudiando la contaminación atmosférica, que -según sus indagaciones- se cobra cada año la vida de siete millones de personas alrededor del mundo. Ahora, su proyecto Breathe To Change (“Respira para cambiar”), en el que plantea la necesidad de crear una red interinstitucional, nacional e internacional para combatir la problemática, fue reconocido por la Fundación Alexander von Humboldt.

“Fui honrado con un premio que me ayudará a continuar con mi visión de unir ciencia-política-sociedad, en favor de una transición sustentable y del cuidado de nuestro ambiente, cuenta Rodrigo Gibilisco, investigador asistente del CONICET en el Instituto de Química del Noroeste Argentino (INQUINOA, CONICET-UNT), poco después de enterarse del reconocimiento.

Breathe To Change tiene como finalidad compensar la falta de monitoreo en la calidad del aire, y al mismo tiempo construir sistemas institucionales para el abordaje de estas cuestiones. La iniciativa propone crear la primera red de monitoreo de calidad del aire en la Provincia de Tucumán, para proporcionar una plataforma de datos de acceso abierto e informar a los ciudadanos sobre la calidad del aire local en tiempo real. Para ello, se plantea un nuevo enfoque de vigilancia de bajo costo mediante sensores ambientales interconectados digitalmente a través de internet.

Se diseñará un módulo sensor de calidad del aire (AQSM) que se utilizará para una primera evaluación a gran escala de la calidad del aire en Tucumán. A partir de allí se busca la creación de la primera red de monitoreo de calidad del aire impulsada en conjunto por instituciones académicas, organismos gubernamentales y con participación de los ciudadanos.

Un flagelo global, multicausal

La propuesta parte de la base de que la contaminación del aire se debe a muchos factores. Mientras el aumento de la actividad industrial y la quema de combustibles fósiles asociados al transporte y a la rápida urbanización son las principales preocupaciones en las economías desarrolladas, en los países con economías en vías de desarrollo basadas en actividades agrícolas es la quema de biomasa a cielo abierto la máxima responsable.

Y para poner en relieve su gravedad, el investigador apela a los siguientes datos: el material particulado, uno de los principales contaminantes atmosféricos emitidos durante la combustión de la biomasa, se asocia cada vez más con nacimientos prematuros y bajo peso de los recién nacidos; problemas cognitivos en niños y ancianos, y con una mayor incidencia de las enfermedades respiratorias y cardiovasculares en la población en general. Se calcula que en 2015, más de 4,2 millones de muertes en el mundo fueron causadas por la contaminación del aire por partículas finas (PM2,5), lo que significa más muertes prematuras que las ocasionadas por la malaria o por el VIH en ese mismo período.

“La contaminación atmosférica no sólo representa una amenaza para la salud humana, sino también para el ambiente, ya que reduce el rendimiento de las cosechas y afecta los patrones de precipitación y la temperatura”, explica el experto en su propuesta. Aunque existen leyes estrictas para controlar y regular el uso del fuego en la mayoría de los países latinoamericanos, solo en Argentina se quemaron más de un millón de hectáreas en 2020. De estos incendios, el 95 por ciento se debió a la intervención humana, según un reciente informe del Servicio Nacional de Manejo del Fuego del gobierno argentino, documento que Gibilisco utiliza como fuente informativa y estadística. Pero –agrega el experto-, esta situación se debe también a la implicancia de ciertas actividades socioproductivas, como la agrícola – en formas diferentes según la región del país-, y a factores climáticos como las altas temperaturas y los fuertes vientos, que también varían según la zona geográfica.