Por Leandro Vesco – Fotos: Juan Carlos Casas

Cuesta llegar al mar, pero su presencia es una silenciosa pesadez agradable. La ruta 72 pasa por Orense y a un costado, casi a escondidas hay un desvío, un atajo al paraíso. Algunos árboles y más allá, los médanos, medulosos, sugerentes, atildados. El cielo muestra las primeras gaviotas, la vanguardia del horizonte azul. El aire se refresca, la tierra pasa a ser arena en el camino, los pastizales se ondulan por una brisa dadivosa. Serán 15 kilómetros pero parecen cien, tal es el deseo de ver al mar. Una laguna atraviesa el camino, y cuando pareciera representarse la quimera, un cartel nos la bienvenida. Punta Desnudez.

La aldea nació ganándole terreno a los médanos. Es una playa habitada al que se le han trazado en forma caprichosa algunas callejuelas, sus habitantes son joviales y saludan, hay flores y plantas carnosas que se mezclan con algunas conchillas. Alrededor de una rotonda se desarrolla la vida de esta población idílica. Algunos almacenes, una escuela, una capilla pequeña y recoleta, y la casa de algunos duendes en un bosque encantado prefiguran la escena final: el mar argentino. Pampa alreves, alfombra natural azul en movimiento con rulos blancos, comienzo y fin de un estado mental que debidamente cumple con lo suyo: tranquiliza.

En un principio no había nada, sólo médanos y la inmensidad, y la certeza de que acá había una entrada al Edén. El fuerte viento nacarado ornamentaba el salvaje entorno. El topógrafo que intentó ubicarle un nombre al lugar se dio por vencido. Desnudez, aquella punta desierta que entraba al mar se debía llamar así, Punta Desnudez, pues de esta manera se dio a conocer. En los primeros años del siglo XX se animaron los pioneros, construyeron casillas de madera que al año siguiente eran tragadas por la arena. Eran tierras de la familia Alzaga, quienes llamaron a un proyectista para que soñara una población. En 1908 se inaugura la primera escuela y recién en 1930 don Francisco Hurtado levanta la primera vivienda de material, no habían sido loteados los terrenos aún. Aislada del ejido urbano, la casa hoy es la Biblioteca del pueblo, aún vibra de soledad, nos imaginamos en aquellos años en donde el rugir del mar era la única compañía de don Hurtado, lejos de todo.

Como si fuera un ser vivo, la comarca creció. En 1951 se lotean 226 terrenos y el paraíso comenzó a habitarse. Hoy hay 77 habitantes estables pero en el verano la población aumenta, muchos tienen allí su refugio. El médano 40 es una duna alta como una montaña con un mirador por el cual se accede a una vista universal. El hotel Punta Desnudez de Ana Ben Amat es el centro social del balneario y del pueblo, de reminiscencias árabes, sus ventanales muestran ambientes soñados en las páginas de las mil y una noches. El mar, a metros del hotel y a metros de todos, es una extensión de las casas. La aldea marítima tiene el aroma de un tesoro aún no hallado, y muchos en el pueblo lo saben. “No queremos que asfalten el camino de acceso, eso traería mucha gente y queremos que se mantenga la paz”

Ricardo y Marga vinieron hace algunos años cuando sólo había doce habitantes en Desnudez. Tienen una cabaña en un bosque encantado. Trajeron esa cabaña en ferrocarril. Los primeros años él sacaba conchilla del mar para hacer bloques de hormigón y con eso se fue haciendo unos pesos y también de tanto andar por la costa, vio que la gente que venía a conocer esta playa elísea no podía llevarse un recuerdo. Allí tuvo una idea. “Fabriqué los recuerdos de la aldea” Hoy puede vivir con eso y por nada en el mundo cambiaría su vida.

Por sortilegio de la naturaleza, Punta Desnudez se halla aún en un estado puro, y acá se produce un extraño fenómeno, el amanecer y el ocaso pueden verse desde la costa, que es visitada por ballenas que descansan antes de emprender su viaje hasta la lejana Patagonia. “El mar nos habla” nos confesó en secreto una mujer que caminaba por la playa.