Por María Herszkowicz

Fotos Gentileza Cristian Caravaca

 

La ruta 38 es el camino. A 14 catorce kilómetros de Capilla del Monte, escoltando el misterioso Cerro Uritorco está el lugar indicado. Es un paisaje rodeado de conglomerados compuestos por areniscas, ripio y una especie de lava volcánica con consistencia de roca. Eso dicen los guías. La nuestra, que anda con audacia por el filo de los caminos, aporta los datos técnicos: se llama parque autóctono, cultural y recreativo “Los Terrones”. Lo que no nos dice nadie es que es un paisaje enigmático que rompe con la idea que uno tiene de Córdoba.

Al recorrer los senderos naturales se descubren extrañas formas en las rocas causadas por la erosión eólica y marítima durante miles de años. La imaginación se ocupó de descubrir diferentes personajes: La Cabeza del Indio, El Dedo de Dios, el Buda, el Barco, el Camello, la Estatua de Sarmiento, La Coya, entre otros, son algunos de los nombres con los que la gente del lugar ha bautizado esas esculturas naturales. Y uno se siente apuntado por el dedo divino, mirado por los ojos de los indios, observado por el Buda.

“¿Quieren hacer el recorrido corto o el largo?”, pregunta Jhoana, la guía de nuestro grupo. “El largo!”, dijimos a coro, sin saber en qué nos estábamos metiendo. Entonces, todos, los que pasamos los 30 años y los que se arriman a los 60 caminamos. Vamos con zapatillas cómodas, con agua, con lentes de sol, con gorra. Y con curiosidad.

Una caminata corta lleva al visitante hasta un mirador desde el que puede apreciarse todo el valle, la ciudad de Capilla de Monte, el dique El Cajón y todos los cerros, una cadena que enmarca todo lo que uno ve como si estuviera comprimido en un cuadro. En este trekking corto el aire sabe puro, con una atmósfera limpia luego de un aguacero descomunal que tranquilizó a la tierra sedienta.                                                                                  

Pero el mayor encanto requiere de más esfuerzo. El camino largo es una huella fina perdida entre las rocas. El camino sube y baja uno no puede evitar, aunque se agite, jugar con las formas de las piedras, como si fueran nubes en las que uno ve caras y cuerpos y hasta le pone nombres. Así pasa la primera de las horas de camino.

El parque, poco conocido incluso por los cordobeses, está considerado área protegida y cuenta con guías para el recorrido, que promete trepadas entre grandes y redondeadas rocas, a veces con la ayuda de escaleras de hierro que se colocan entre algunas rocas para permitir el ascenso, la observación de frondosos helechos y cascadas de aguas cristalinas, dependiendo de la época del año.

 

Meditaciones

 

Entre las bajadas y las trepadas por las piedras, aparece la primera y única parada del camino. “Este es el lugar más mágico de todos”, dice la guía, mientras ingresamos con pasos suaves y firmes a una especie de pozo, como si Dios le hubiera arrancado un pedazo a las rocas con una cuchara. Sólo se ve el cielo por un orificio pequeño, como si estuviéramos mirando por el agujero de la cerradura. “Este es el punto central energético”, susurra Jhoana y todos, instintivamente, hablamos en un tono bajo, mimetizándonos con el silencio del lugar.

Entonces, Sativa, una ferviente seguidora de la Virgen María, dice su primera frase: “¿Podemos meditar?”, suelta, tímida, en un portugués salpicado de español. Todo el grupo, los experimentados y quienes jamás habíamos hecho algo parecido, meditamos.

Meditar era algo desconocido para mí. “Tenes que poner la mente en blanco: cerrá los ojos, respirá, sentí la respiración y aléjate de todo”, me dice la guía con la naturalidad del entrenado. El plan parecía fácil, pero detener los pensamientos es como frenar un río: todo me distraía, sobre todo el hecho de pensar en no pensar. Sentía vergüenza, como una niña que hizo una travesura. Sabía que no lo debía hacer pero me puse a espiar a todos con el ojo izquierdo: estaban sentados en pose india, concentrados; parecían estar disfrutándolo.

Me sentí mal por no poder hacerlo, y lo volví a intentar, luchando contra el sonido de una mosca. Cerré los ojos, respire profundo y el corazón me latía cada vez más fuerte. Cerré los ojos y vi colores, verdes y amarillos. Creo que sonreí. Pero los pensamientos seguían fluyendo, pero en una lucha contra mí misma, por un instante, desaparecieron. Me vi de lejos. Me sentí en otra dimensión. Sentí alivio y algo de angustia. Emoción.

“Vamos abriendo los ojos”, dice susurrando la guía. Perdimos la noción del tiempo, nos desperezamos como si hubieran pasado unas horas, pero solo fueron unos minutos.

A todos nos dejó una sensación de paz y la certeza de que no existe tarea más difícil que domar la mente. Controlarse a uno mismo es, sin dudas, el mayor desafío. Y esa tarde, en un paseo común y corriente, intentamos semejante hazaña.

“Con la meditación podemos ver las cosas desde otro lugar, alejarnos de todo y tomar mejores decisiones” comenta Jhoana mientras comenzamos a levantarnos. “Cuando aprendes a controlar los pensamientos negativos, todo en la vida mejora”. Nadie le responde, como si a todos nos hubiese costado reponernos al combate interior.

 

La leyenda

 

Uno de los terrones es conocido como hablador. Se lo llama así por el eco que transmite, como si de las piedras saliera la voz de uno, multiplicada en sonido y amplitud. Cuenta la historia que cuando los descendientes de Don Bartolomé Jaime habitaban el lugar, un criollo pobre llamado Eudoxio se enamoró de una china, Clemira, y construyeron su casa. Pero al poco tiempo la mujer se fugó con otro gaucho: Criaco.

Después de unos años Clemira volvió abandonada por Criaco. Cuando Eudoxio la vio, su tristeza se convirtió en furia y de un golpe de hacha la mató. Atormentado, corrió a llorar a Los Terrones y empezó a gritar el nombre de su amada. El sentía que ella le conwwwaba y atormentado resbaló y cayó al vacío. Se dice que su sangre fue abono de plantas que desde ese momento curarían los males de los vecinos del lugar. 

 

Cerca del cielo

 

“Tengo vértigo de bajar” confesaba un compañero del grupo al enfrentarnos a una roca empinada como un tobogán. Los valientes la atravesaron sin más problemas, pero él quedó allí, inmóvil y pálido. Me quedé a su lado y bajamos sentados, como chicos. Charlando de otros temas, otra vez, para no pensar.

Falta poco para llegar, y el cansancio ya se nota en las caras coloradas por el sol y la exigencia física, pero la ansiedad es más fuerte que eso, y seguimos adelante con ganas.

“Cerra los ojos y agarrate de mi brazo” me dice Cristian con cara de travesura. “Ya estamos llegando, pero no mires”. Aunque me da vértigo no mirar, le hice caso, y terminè los últimos metros a ciegas. “Ahora, abrilos”, me dijo y así fue como me vi cerca de un cielo azul, en contraste con los terrones rojizos vistos desde arriba. Todo se ve desde acá: las figuras en las rocas, los matices de verdes y marrones de los cerros, dos cóndores que parecían darnos la bienvenida, el brillo del sol y las sombras que dan las nubes.

El viento ruge como un león hambriento, vuela la yerba del mate, y las gorras, y todo lo que es liviano. Los pastos secos bailan al ritmo del rugido de ese león. Un charquito de agua de lluvia sirve para lavar las caras sudadas. Estamos en la cima, que, como todos sabemos, es siempre la mitad del camino.

 

Más información

Ruta Nacional 38 y Ruta provincial 17,

Quebrada de la Luna, Capilla del Monte, Córdoba.

El Parque está abierto todos los días del año desde las 9,30 hasta las 18:00 en invierno y desde las 9:00 hasta las 19:00 en verano.