Por Esteban Raies / Fotos Marcelo Arias

Autodidacta, se levanta a la madrugada para hacer estos cuchillos que tienen 35 horas de trabajo. Así como un viaje de 10 mil kilómetros empieza por el primer paso, la realización de cientos de cuchillos empieza con uno sólo, inicial y primigenio.

Así empezó Aldo Bonino. Primero arrancó con trabajos tradicionales hasta que Omar, un amigo que había quedado en silla de ruedas por una esclerosis múltiple, le mostró un alhajero damasquinado. “Esto tenés que hacer vos”, le dijo. Aldo se rio y desechó la invitación enseguida, pero la idea se le metió en la cabeza.

Volvió a la casa de su amigo y le pidió el único elemento damasquinado que había visto en su vida: el alhajero. Esa fue para Aldo la piedra fundamental. Tenía que aprender a trabajar el metal para encajarlo en la madera. Un año tardó en conocer los rudimentos, las formas, los detalles, los trucos. Manejaba los metales nobles, el oro y la plata, pero no tenía ni una pequeña idea de cómo se era el damasquinado en el mango del cuchillo, ese arte de incrustar dibujos en oro y plata en medio de la madera.

Sin libros porque los españoles y los árabes –pioneros del damasquinado- guardan sus secretos bajo siete llaves, Aldo debió abrirse camino por sí mismo. “Desarrollé una técnica propia para hacerlo. A muchos les gustaban mis trabajos pero me decían que no se los iba a vender a nadie. De a poco empecé a mostrarlos y la gente me los compraba”.

Empezó como un pasatiempo en el filoso mundo de los cuchillos. Venía de dejar una empresa en la que estaba asociado y hacer este tipo de trabajos tradicionales era su pasatiempo. Pero hace 20 años se fue de la sociedad y el de los cuchillos dejó de ser un hobby para ser su trabajo.

La entrevista de El Federal con Aldo transcurre en Resistencia, Chaco, en la feria de artesanías de la Bienal de Escultura. La gente camina por entre los puestos y se frena en el de Aldo, mira y le pregunta cómo los hace. Aldo sonríe y explica: “Depende de si es para algún cliente. Antes de hacer el cuchillo charlo largo y tendido con él, le ofrezco piezas para que las elija. Hay una de esas piezas que él la va a separar y a la cual va a volver mientras siga viendo otras. Eso me da la pauta de que con esa pieza él se siente seguro.”

Nació en Quebracho Herrado y vive en San Francisco, adonde arranca su día de madrugada. En verano empieza a las 5.30 y en invierno su día arranca de noche también: 6.30. Hasta las 10 está solo en el taller. Después siempre cae un compañero de mates. Corta a la siesta, como manda la regla, pero la duerme sólo en verano. En invierno no hay siesta para Aldo.

-¿Hay maderas que te transmiten sensaciones?

-Si, claro. La madera que me transmite tranquilidad es el guayacán, que es el ébano argentino, que pocos lo conocen. El contacto que tiene la gente con el guayacán es feo: el domingo cuando prenden el fuego, porque acá al guayacán lo convierten en carbón. Es rico el asado que sacamos con el guayacán, pero estamos quemando algo autóctono, de muy buena calidad. Esa madera sirve para un sinfín de cosas: se cristaliza con la presencia de humedad o de agua, por ejemplo, por eso es una madera interminable. En la Argentina tenemos una variedad increíble de maderas: urunday, quebracho colorado, itín.

Aldo no tiñe maderas, ni le pasa cera ni le pone laca. Lija y pule. Es todo. “Tratamos de largar la pieza pulida para que esté protegida en su uso”. “Tratamos”, dijo Aldo. Es que el suyo es un emprendimiento familiar a cual su mujer y su hijo también le suman fuerzas.

Dice que no cree en la competencia. “Uno busca desafiar su propio trabajo. Mi peor competencia es mi banco de trabajo; ahí es donde, todos los días, tengo que mejorar. No pierdo ese objetivo y eso me sirve para tener un producto de calidad superior porque tengo que seguir mejorando mi técnica. Mi trabajo es como el de ustedes: amo esto, vivo de esto. Creo que Dios nos puso el trabajo ahí y nos dijo ´sé feliz´”.

Compra hojas que el diseña pero no fabrica. Y una vez que las tiene inicia la tarea de maridar esas hojas con un tipo de madera, como un músico que intenta ponerle sonidos a un poema. “Cuando uno ama el cuchillo, porque es lo que uno hace, es complejo venderlo, pero hay que aprender a desprenderse de los trabajos”. Con 80 cuchillos de su colección armó su taller. Y ya no le cuesta venderlos.

¿La forma de la madera te pide un tipo de diseño?

-Claro. El guayacán me enseñó esas cosas. Busco la mejor expresión de la madera; ese es el encanto de la pieza, una beta interesante que me diga algo. Eso lo encuentro en el guayacán, que es algo que no veo en el ébano, que es una madera negra que a mí no me transmite nada.

Trabaja, en total, unas 10 horas por día, al cabo de las cuales uno puede ver obras que aunque él lo niegue pueden considerarse una verdadera obra de arte.

 

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