n la Argentina, la vocación del soguero aprieta tan fuerte por dentro como los tientos se ajustan entre sí. El oficio se resiste al destierro y sí, sale triunfante de este combate tan silencioso, como permanente y profundo, entre la tradición y el progreso. Las nuevas generaciones le dan a este arte milenario, que no reconoce origen ni de tiempo ni de nación, su propia impronta. Es cierto: ni el oficio del soguero ni el soguero son iguales que antes. No tienen por qué serlo. Simplemente se afianzan en este proceso de cambio. 
La soguería se desarrolló por la necesidad que tenían los hombres de campo de valerse de objetos para lidiar cuerpo a cuerpo con los animales. “En la Argentina, con grandes vaquerías donde hubo una explotación del ganado y del cuero muy grande, se aprovechó este material, que era el que tenían a mano. Primero, tuvo un fin único utilitario, y después se comenzó a agregarle cosas cercanas al arte”,  cuenta Luis Alberto Flores, hijo de uno de los grandes maestros de la soguería.

La edad del cuero. Ya los indios utilizaban el cuero de los animales autóctonos, y con la llegada de los españoles y los vacunos, se produjo una fusión característica en cada región. Cada medio alumbró un tipo de trabajo diferente, hecho que hoy nos permite identificar de qué región es cada trabajo por las particularidades que tiene. En las provincias del Litoral donde hay mucha cantidad de agua y las cosas duran poco tiempo, en general los sogueros eran menos prolijos con las terminaciones, pero como los cueros estaban muy blandos por la humedad, se hizo mucho trenzado. En las zonas más cercanas a la Cordillera, se utilizaron cueros más elaborados como la suela y se realizó otro tipo de sobado. En la región pampeana, que era ya una zona mucho más rica, y donde además el hombre de campo tenía más tiempo para trabajar porque las condiciones climáticas eran menos rigurosas, se comenzó a elaborar más las piezas y la actividad adoptó una dimensión artística. 
La soguería de los que nos precedieron también apuntaba claramente a la durabilidad. “Encontramos juegos de sogas –asegura Franco Calderón- que tienen más de cien años, que se utilizaron casi todos los días y todavía se pueden seguir usando.”
Hoy la soguería se podría dividir así: la que se realiza para el trabajo con los caballos (juegos de sogas y el ajuar completo); la misma, pero con detalles más delicados para competencias y coleccionistas; y por último, la de regalería, en la que se confeccionan llaveros, cuchillos, hebillas, carteras y tapas de libros. 
La permanencia y repunte de esta actividad está relacionada también con una revalorización de nuestras tradiciones. “Hoy, por suerte, la artesanía está en pleno auge, asegura Luis Alberto Flores (h). La Argentina empezó a mirar un poco más para adentro.”
“Todo lo que es cuero, platería y talabartería ha tenido un empuje muy importante gracias a los concursos de aperos que se hacen en distintos lugares de nuestro país y especialmente el de la Sociedad Rural de Palermo. Esto ha generado muchas fuentes de trabajo”, asegura Carlos Gallardo, organizador del VI Encuentro de Sogueros de la localidad de Cañuelas.

Un juego de multiplos. El tejido a lezna, tan característico de este oficio, se hace con tientos de cuero de potro y con la lezna, que es una especie de punzón largo, que posibilita insertar o entrecruzar los tientos. “La cantidad de tientos que utilizamos para cada tejido está relacionada con el tamaño de la pieza que vamos a cubrir -explica Francisco Meeks, otro de los sogueros más destacados que tiene nuestro país-. Se empieza con 12, 24 o 36, por decir un número. En los mates, hemos llegado a trabajar con 240 tientos al mismo tiempo. Las posibilidades son infinitas, aunque los dibujos son los mismos.”
Dentro del tejido a lezna se confeccionan distintas tramas que forman los dibujos de cada pieza: tipo pluma, mosaico, guardas grecas, guardas pampas, pasador, bomba, botones revestidos y otras.  “Generalmente te supera la pieza terminada. Uno va diseñando algo, primero en la mente, después en un bosquejo en papel, pero hay cosas que van surgiendo con el trabajo mismo”, asegura Julio César Moro, quien se especializa en las piezas más urbanas.
El soguero, como buen hombre de campo, sabe determinarse al trabajo, sacarle el jugo al tiempo y al tiento. Busca enjutar su alma porque aspira a la perfección. Es que para practicar este arte es necesario armarse de paciencia. Hay días, cuentan los maestros, que el humor no alcanza para dedicarse al oficio. Así es que el carácter del soguero forja su pieza y cada pieza lo forja a él. Y en estos detalles se juega la vocación.  “La paciencia es fundamental. Trato de armarme el ambiente para estar tranquilo con mi música o en silencio; las cosas más complicadas las hago en soledad.  La verdad, que para lo único en la vida que tengo paciencia, es la soga y vuelco todo acá”, dice sencillamente Alejandro Cruz Alvarez, soguero de San Antonio de Areco, con casi 25 años en el oficio.
Aunque para ser soguero con todas las de la ley se requieren además condiciones técnicas. Pablo Lozano, otro de los más destacados del país, lo explica con claridad: “Los sogueros son los que hacen las piezas del caballo, que saben las medidas y sus funciones. Tienen que haber pasado por todas las técnicas posibles. Están los sogueros de campo, que realizan un trabajo más fuerte, y también está el que trabaja en sogas finas y de colección, que es mi profesión. Es un arte más que una artesanía.”
Por su parte, Alfredo González, soguero de Berazategui, agrega: “Las piezas llevan mucho tiempo y uno tiene que estar tranquilo para lograr lo que quiere. Es muy difícil que yo quede conforme con mi trabajo, es muy raro porque soy muy exigente. Y esta es una artesanía de precisión”.
La posibilidad de aprender el oficio y sus secretos chocó durante tantísimos años con una dificultad mayor: la personalidad tan reservada del hombre de campo. Hoy en día ya no existe ese problema porque han surgido, en gran cantidad de localidades, escuelas donde estudiar.  Hay instituciones privadas y también públicas, apoyadas por gobiernos provinciales. “En mi caso -cuenta Francisco Meeks-, a través de un programa del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, maestros sogueros salimos a enseñar a diferentes lugares. Es una facilidad que se les da a los municipios, que pueden pedir estos cursos.”  

Piezas urbanas. Encuentros de sogueros, como el de Cañuelas, entre músicos, lechones y charlas; ferias y exposiciones grandes, como La Rural de Palermo o la de Capitán Sarmiento, son los espacios de comercialización más común para estas artesanías que, cuando las miramos de cerca, nos arrancan del alma una expresión de admiración.  Aunque hay muchos que trabajan por encargo. “Trabajo sólo por pedido, -confiesa Pablo Lozano-, excepto cuando vamos a La Rural. Suelen encargarme muchos coleccionistas.”
Y si bien los materiales y las técnicas son las mismas, cada pieza lleva la identidad de su autor. Por eso es que al momento de vender, les cuesta desprenderse de sus obras, que han elaborado con tanta paciencia y dedicación. “Hay muchos casos en los que los clientes compran por imitación; pero, a mí me da mucha satisfacción cuando la gente sabe lo que está comprando y además, lo usa”, explica Alejandro Cruz Alvarez. 
“Por no faltarle el respeto a los sogueros, yo no me hago llamar así, sino que soy un artesano del cuero crudo -se define Julio César Moro-. Porque yo no he hecho nunca un bozal ni he trenzado un lazo, me dedico a las prendas más urbanas. Hago tapas de libros, portadocumentos y mates, por nombrar sólo algunas cosas.”
Detrás de la sencillez de estos hombres y de su singularidad en el oficio, yace en lo profundo el arte, la realización de la propia vocación y el grito vivo de una cultura que a pesar de la tecnología y la fuerza de la moda permanece enraizada en el corazón de su pueblo.