Saco mis viejos apuntes y carpetas de historia de la pesca en la Argentina y encuentro que en la década de 1970 se mostraba, en algunas notas, la pesca de lisas en el arroyo Azul. No digo que no hayan quedado más lisas, pero por diversas circunstancias, naturales y humanas, ya no posee tantas y no es tenido en cuenta para la pesca deportiva más allá de las visitas de los lugareños. Sin embargo, hay gente que está haciendo algo para recuperar a este, uno de los cursos interiores más importantes de la provincia de Buenos Aires. Y no sé si será por causa de los casi cuarenta años que llevo pescando o más de veinte que difundo este pasatiempo, pero cada vez que me entero de que alguien hace algo por un río, me intereso. Así me sucedió cuando Fabián Grosman, subdirector del Instituto Multidisciplinario sobre Ecosistemas y Desarrollo Sustentable, me contó de este proyecto que vale la pena conocer para apreciar y replicar en otros lugares.
Cuidar el curso. El voluntariado universitario Arroyo del Azul trabaja con el lema “Conocer para respetar y valorar”. Es una organización local que utiliza los recursos disponibles (humanos, técnicos y científicos) para enfrentar los problemas medioambientales del arroyo Azul. No dejan todo en papeles o estudios sino que ofrecen sus servicios a organizaciones y entidades estatales para capacitar y educar en pro del cuidado y el respeto que este curso merece. En vacaciones de invierno, en muchas escuelas del país, una visita a la sala de interpretación de Ciencias Naturales La Mulita, dependiente de la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, en Azul, ayudará a los chicos (azuleños y turistas) a tomar conciencia de esta pequeña gran casa (en griego, “oikos” de donde viene la palabra ecología) llamada arroyo Azul.
Para conocer más sobre los peces de este río se está instalando un acuario en la confitería del amplio Parque Municipal, de veintidós hectáreas, a orillas del arroyo Azul. Serán más de diez peceras con un total de 1.500 litros de agua filtrada y recirculada gracias a un moderno sistema que permite que los peces vivan sin inconvenientes. También se habilitará, antes del acuario, un auditorio para proyección multimedia apto para unas cuarenta personas.
En la Facultad de Agro-nomía, estudiantes de la carrera del Profesorado de Ciencias Biológicas se encargan de asesorar a docentes y alumnos interesados en investigaciones cuyo foco sea el arroyo Azul. Se los acompaña en la tarea, proveyéndoles, de ser necesario, materiales, como lupas o microscopios, y contactos específicos, si el interés recae sobre un tema determinado.
Dentro de los trabajos por escrito que ya han desarrollado, también para mi alegría, tomaron el primer lugar fichas ecológicas, que pueden verse en www.arroyoazul.org.ar, sobre peces: anguila, bagre cantor, bagre sapo, carpa y chanchita, todos pertenecientes a esta cuenca. Esto no significa que están en contra del progreso y apuestan a lo primitivo. Por eso me gusta mucho otro de sus lemas: “Desarrollo, pero con arroyo”.

Este amor es azul. El arroyo del Azul o Azul (denominación en español que respeta el nombre nativo, Callvú Leuvú, “aguas azules”) se origina en las sierras del mismo nombre (cerca de Chillar), que pertenecen al sistema de Tandilia. Se desconoce el porqué del nombre, ya que sus aguas, ni siquiera en las nacientes, son de color azul. Tiene un salto artificial (regulador tipo compuerta aguas abajo, donde se lo llama El Gualicho) y una compuerta móvil (puede regularse) para embalsar y dar lugar a un balneario. Tuvo otras presas que fueron voladas para darles mayor escurrimiento a sus aguas luego de algunas tremendas inundaciones, encabezada por aquella destructora de 1980. El arroyo termina en forma artificial en el Canal 11 y de allí sus aguas van a la bahía Samborombón. Este año, con el inusualmente óptimo desove de dorados en el río Paraná y Uruguay inferior, juveniles de estas especies treparon por el Azul, mostrando que es posible su vida en estas aguas lejanas a su habitual hogar. Hasta se capturaron armados chanchos, bagres amarillos y bogas.
El trabajo de Fabián y muchos otros interesados en el arroyo es fundamental para la recuperación de su vida. Mojarras, dentudos y otras especies menores todavía alegran a muchos niños y jóvenes que se allegan a sus orillas para practicar la más primitiva de las pescas, aquella con la cual se iniciaron miles de aficionados: el mojarrero con un minúsculo anzuelo y un pedacito de lombriz o carne.
¡Qué enorme privilegio tienen los habitantes de esta ciudad que pueden pescar o, al menos, pasar un rato mirando un arroyo, prácticamente en el patio de su casa! No desprecien este regalo de Dios. Pronto me gustaría pescarlo y escribir una nota de sus lisas, como hacían los periodistas cuatro décadas atrás.