Las claves para reinventarse como productor y el esfuerzo para hacer siempre de la miel un negocio rentable.

 

Hay vidas que cambian en forma radical en momentos inesperados. Una de ellas, es la de Don Julio Reinoso. La vida de este hombre cambió por completo hace tres años, cuando se inició en la apicultura. “Soy viejo de edad pero joven en la actividad”, se presenta en una finca de las afueras de la ciudad de Belén, Catamarca.

 

Allí, Don Julio tiene sus colmenas y su equipo de extracción. Las abejas empiezan a volar a su alrededor, como si festejaran su presencia. Es una tarde de otoño y el sol se filtra a través de los árboles. Además, el olor a campo es delicioso. Trabaja a la sombra de un montecito de árboles bajos…

 

Cómo es el traje.

Dentro del traje de apicultor se tiene la sensación de ser un astronauta. Las abejas pasan frente a los ojos y el zumbido es cada vez más fuerte. Un poco más allá, una llama echada, una hilera perfecta de álamos, una estanciera roja.

 

Por si fuera poco, en la finca donde Don Julio tiene sus veinte colmenas, se fabrican las delicias locales como nueces confitadas y roscas. El Federal no se puso guantes para poder sacar las fotos. Las manos descubiertas deben haber resultado una tentación y la picadura duele. Aunque no es nada grave, el dolor pasa en unos minutos.

 

 

Para poder comenzar una nueva etapa de su vida, Don Julio recibió capacitación y ayuda financiera de Prodernoa.

“Recibí un crédito de $9 mil. Pago cuotas de $200 por mes. Me dio para comprar 20 colmenas. Por el momento esta es una actividad complementaria. Estimo que para poder vivir en forma exclusiva de la miel necesitaría unas 60 colmenas”, explica el apicultor.

 

De acuerdo con Roberto Imberti, secretario de la Sociedad Argentina de Apicultores, un 80 por ciento de los productores argentinos posee menos de 200 colmenas. En estos casos, es difícil vivir en forma exclusiva de la producción y la apicultura pasa a ser una actividad complementaria.

 

En el país, en promedio, cada colmena da al año unos 25 o 30 kilos de miel. Don Julio aclara que en Belén eso sólo ocurre en años buenos. La clave de la apicultura es el clima porque es el principal determinante de las cosechas.

Ciclo natural.

 

“Los técnicos especialistas me han dicho que por su clima y floración agreste, Belén no es la mejor zona para la apicultura”, comenta Don Julio.

 

Sin embargo, cuando habla de las abejas, su cara se empieza a transformar y lo que aparece es una cara de alegría. “En la zona cosechamos dos veces al año: en diciembre y en abril, en época de floración. En esta época, la de mayor trabajo, en cada cajón o colmena viven unas 60 mil abejas. Para dar una idea, en diciembre pasado, sacamos sólo 10 kilos por cajón”.

 

Durante el invierno (lo importante es pasarlo) en cada cajón quedan unas 3 mil abejas. Cuando comienza la primavera, la abeja reina pone huevos y comienzan a reproducirse. A las reinas, Don Julio las renueva cada dos años. Las abejas obreras se encargan de recolectar el polen y el néctar de las flores para poder fabricar su propio alimento: la miel.

 

Lo más maravilloso del mundo.

 

Don Julio dice: “Es lo más maravilloso del mundo: una vez que cada celdita tiene miel, las abejas las recubren con cera que ellas mismas producen. Antes, para sacarles la humedad, las abejas vuelan y vuelan alrededor. En total, el proceso completo les lleva unos dos meses”. En la cosecha de abril, la segunda de la temporada, dejan en las colmenas un 20 por ciento de la miel para que las abejas puedan pasar el invierno.  

Don Julio Reinoso es el único apicultor de Belén. Cuenta que hay que pelearla, que los dueños de las fincas muchas veces no saben que las abejas ayudan a la polinización en sus campos. También, que su emprendimiento familiar con suerte le da unos 1.200 kilos al año.

 

Agregar valor.

 

El abastece al mercado local. “Fracciono en frascos de 1/4, 1/2 y un kilo bajo la marca Don Julio. En la zona no va vender miel a granel. Tengo todo en regla y además, hacemos bombones, licor de miel, alfajores y mousse. La clave para subsistir es agregar valor”, explica. Una de sus hijas hasta fabrica velas con la cera de los panales.

 

¡Que el espíritu de la colmena nos acompañe siempre! Hasta la próxima, Don Julio. Gracias por todo.

 

MAS INFO:
julio.cesar.reinoso@hotmail.com