Por Juan Cruz Guillén  

Una vez un periodista le preguntó si meditaba. Quería saber cómo era su espíritu antes de cada payada. Le conwwwó que se aislaba las noches que tenía que improvisar, porque los diálogos fuera de su contenido lo perturbaban: quería estar en su mundo, en su soledad y en su inventiva, porque la responsabilidad asumida lo hacía no apartarse de esa norma. Así de profesional era su arte, cuando nadie lo era, ni tan artista ni tan profesional como Gabino Ezeiza, el hombre que se metió él y metió a la payada toda en la historia grande un día de 1894. Lo hizo en la famosa payada que sostuvo en Pergamino, verso a verso, tono a tono, con Pablo Vázquez.
Cuentan que Vazquez suelta que entre ellos hay una diferencia. Gabino lleva las manos a la encordada y conwwwa: “La diferencia que existe es fácil de calcular, que yo improviso ligero y usted se pone a pensar”. En otro momento a Vázquez se le rompe una cuerda de la guitarra y dice: “Es que se cortó una cuerda en este mismo momento y si una cuerda disuena se trunca mi pensamiento”. Gabino recoge el guante y dispara: “Cierto le falta una cuerda y lo escuchó la reunión, la cuerda del sentimiento que da tanta vibración”.

Los taquígrafos no pudieron llegar a ese célebre cruce. Entonces, dos copistas escribían dos versos cada uno, pero como a algunos los cambiaron de lugar, no rimaban. Se imprimió un libro con la payada y el editor cambió “gigantea” por “gigantesca” pensando que los copistas habían entendido mal. La había usado porque “gigantea” rimaba con idea. Lo más curioso es que la palabra existe.

Gratitud de caballero: entre los 50 temas que grabó Gabino había uno dedicado a su eterno rival Pablo Vázquez, entre cifras, estilos, tristes, habaneras y uno que aún se escucha: “Canto a Paysandú”. También sentó las bases líricas de las primeras letras de tango: compartía mesa con un tal Carlos Gardel y con Razzano en el Café de los Angelitos. Con los demás payadores se había cruzado en los comités políticos porque cantar, en esos años de obreros castigados por el yugo del patrón, equivalía a militar. 

Después llegó al teatro y al circo, en donde sus cruces con José Betinotti, Juan de Nava y Nemesio Trejo se hicieron famosos. Comprometido con sus ideas radicales, murió el 12 de octubre de 1916, día que asumió la presidencia de la Nación Hipólito Irigoyen. “Pobre negro, él sirvió”, susurró el presidente depuesto cuando le avisaron de la muerte del payador.

Por esa grandeza reconocida lo homenajean dos monumentos: uno en Mataderos y otro en Paysandú, ambos robados. Hay un busto suyo en San Clemente del Tuyú, donde vive uno de sus nietos, Claudio. El molde de los anteriores se encuentra en el Centro Tradicionalista El Lazo, de San Isidro.

De profesión, payador.

El gran Gabino cargó con el estigma de clase de su época. En su partida de nacimiento que lo registra alumbrado en San Telmo en 1858 decía “de color”. Pero logró sortear las barreras para convertirse en “el” payador, un hombre tallado en piedra, forjado en el cruce libre del verso con la cuerda. Un hombre que había hecho del verbo rimado su forma de vida.  

“Una discusión literaria o política o de cualquier índole, antes de mi canto, anularía toda creación posterior. Yo estoy profundamente metido en lo interior creado por mí, en lo que voy creando, para recordar y en lo que debo crear”, dejó dicho Gabino Ezeiza.

En 1896, se encontraba en Tres Arroyos el dibujante José María Cao, de la revista Fray Mocho, una de las más importantes de esa época. Estaba asistiendo a una payada de Ezeiza y le pidió que creara algún canto para él; Gabino le entregó una cartulina requiriéndole un tema para su desarrollo. Le propuso un tema que creía difícil para improvisar. “Canta usted a los logaritmos”, le espetó. Cuando leyó la cartulina, Ezeiza abandonó el lugar prometiendo retornar enseguida. Fue a consultar a un matemático que estaba allí de veraneo. A los 15 minutos volvió, contra los pronósticos del dibujante, “por lo grave del tema”. Gabino tomó nuevamente la guitarra y cantó: “Señores, voy a cantarles, la ciencia del logaritmo, si acierto a cantar al ritmo de mi modesto payar. Pongamos, para empezar, dos progresiones enfrente, por diferencia y cociente, correspondiendo entre sí, y ¡ahijuna! saldrá de aquí un sistema sorprendente”.

El 10 de octubre de 1916 Gabino Ezeiza tenía una payada. Como no se sentía bien lo mandó a su discípulo, Juan Damilano. El reemplazante supo que sobre ese hombre fuerte de verbo fácil pesaba un mal presagio. Damilano dijo: “Mala señal cuando un hombre se cae solo”. Seis días después Gabino Ezeiza cerraba, a los 58 años, una vida dedicada al arte de payar. Pero abría para todos los tiempos el mérito de ser, para siempre, el pionero del verso libre.  

ASÍ LO RECUERDA JOSÉ CURBELLO 

Qué grande que fue Gabino
sus versos líricos chasques,
enfrentando a Pablo Vázquez
allá por el Pergamino.
En Uruguay un camino
abrió en la payada brava
allí echó suerte su taba
en esa contienda oral
cuando topó al Oriental,
el celebre Juan de Nava.

Gabino Ezeiza Gabino
hoy de nombrarlo me alegro
él fue el Santos Vega negro
con su verso repentino.
Supo cumplir su destino
y conquistar a la gloria,
por más que en forma notoria
en estos tiempos violentos
robaron dos monumentos
que evocaban su memoria.

          José Silvio Curbelo