Para muchos es inexplicable cómo después de la derrota del gobierno en la provincia de Santa Fe, donde el candidato Agustín Rossi se ubicó tercero con el 22,2% de los votos, en las primarias la Presidenta de la Nación y aspirante a la reelección superara el 50%.
En Santa Fe se explicó el castigo al kirchnerismo por efecto del “voto del campo”. La hipótesis era que las heridas del conflicto de las retenciones móviles y la siempre conflictiva relación entre la Mesa de Enlace y el Gobierno se había reflejado en la falta de votos hacia el candidato K.
En el ínterin, la elección en la ciudad de Buenos Aires, con un aplastante triunfo de Macri, fue interpretada como otra señal de la decadencia del oficialismo y sumó a la teoría del voto castigo del campo, aunque en la ciudad no haya un metro cuadrado de cultivos.
En ese momento (el ballotage entre Macri y Filmus) la idea de una repetición del voto de 2009 pero a nivel presidencial había llegado a su apogeo.
Con la elección de Córdoba, el ruralismo arriesgó a su alfil Néstor Roulet, presidente de Cartez (CRA) haciéndolo jugar como candidato a vice del aspirante radical Oscar Aguad. Salió tercero, muy lejos de De la Sota e incluso de Luis Juez.
Pero la construcción del relato opositor, diseñada desde los medios abiertamente anti oficialistas, fue que había ganado un peronista y no un kirchnerista, sosteniendo la ola opositora. Se llegaba así a la primera prueba de fuego antes de las elecciones de octubre: las primarias.
En la previa, la Federación Agraria hizo punta de lanza en reavivar el conflicto a base de la situación del cerdo, la leche y el trigo, y amenazó con marchas hacia el Ministerio de Agricultura. Su presidente, Eduardo Buzzi, no dudó en mostrarse con el precandidato Eduardo Duhalde, a días de las primarias.
En el ínterin, el gremialismo rural jugó una carta más fuerte: expuso a uno de los cuatro presidentes de la Mesa de Enlace, Mario Llambías, a traccionar el voto del campo por medio de la Coalición Cívica de Elisa Carrió, encabezando la lista a diputados nacionales por Buenos Aires.
El gobierno también jugó fuerte en el difícil territorio del interior bonaerense apostando a la imagen positiva de su ministro de Agricultura, Julián Domínguez.
Y así se llega a las elecciones del domingo, que si bien son internas partidarias, al llevar las fuerzas políticas una sola opción a presidente, resultaron ser un ensayo general de las elecciones.
Más allá de la sorpresa que fue a nivel país que CFK obtuviera el 50% de los votos y que la oposición se dispersara en cuatro fuerzas con entre el 7 y 12%, en la provincia de Buenos Aires el tándem Cristina Scioli Domínguez resultó imbatible. El ministro sacó 53,7% (unas décimas más que la Presidenta), mientras que el ruralista Llambías 3,54 por ciento. Este último sufrió la derrota hasta en sus pagos chicos de General Belgrano y General Villegas. El oficialismo por su parte arrasó en el territorio rural, con lo cual deviene la pregunta, ¿dónde está el voto rural?
El caso Santa Fe. Tal vez el inicio radica en la elección de Santa Fe. Allí se interpretó que el voto a Del Sel fue el voto sojero que se manifestó a través del Midachi como voto castigo al kirchnerismo. Sin embargo, lo que no se dijo mucho es que María Eugenia Bielsa, siendo también parte del armado gubernamental sacó un 34,7% de los votos (contra el 22,2% de Rossi) y así le arrebató el control de la Cámara de Diputados al Frente Progresista Cívico y Social.
En tanto, el voto peronista legítimamente anti K podría reflejarse en la performance del duhaldista Nicotra, que rondó el 14,7% contra el 35,2% de Del Sel. O sea que hay unos 13 puntos porcentuales de votantes de Bielsa que no lo hicieron por Rossi y que presumiblemente pudieron haber ido a Del Sel.
En las primarias, la fórmula K en Santa Fe obtuvo casi el 38% de los votos, mejorando levemente el desempeño de Bielsa, mientras que en diputados, la lista que encabeza Omar Perotti sacó otro tanto. ¿Qué fue entonces el voto a Rossi? ¿Voto sojero o voto peronista que no lo quería en la Gobernación?
Por el lado del ruralismo hay un hecho sintomático. Buzzi, que había optado por sacarse la foto con Binner en los días previos, tuvo que ver cómo en su región no ganaba el delfín de Binner (Antonio Bonfatti) sino Del Sel. Este dato que no trascendió mucho fue interpretado bajo la óptica del voto del campo, pero si a la luz de las primarias se lo resignifica como un voto peronista, el “efecto Buzzi” sobre el electorado rural pierde vigencia.
De la misma manera, en los días previos a las primarias, el líder de la FAA optó por sacarse la foto esta vez con el candidato Eduardo Duhalde, quien quedó tercero, por décimas pero tercero, y con un porcentaje muy bajo respecto del 20% que hubieran deseado obtener.
De manera que Buzzi, como ícono del pequeño y mediano chacarero, parece no transmitir el voto a los candidatos de la foto.
La cuestión de fondo parece residir en el pasaje de los dirigentes gremiales al universo de la política. ¿Es válido o tiende a mezclar los tantos? La mayoría de los dirigentes rurales han optado por incorporarse a fuerzas no peronistas. Lucio Aspiazu, Ricardo Buryaile, Juan Casañas, Jorge Chemes, Ulises Forte y Pablo Orsolini, son diputados nacionales por la UCR, mientras que Hilma Re lo es por la Coalición Cívica. De ganar en octubre, las filas de la Coalición Cívica se reforzarán con la presencia de Llambías y las del socialismo con la de Omar Barchetta, de la Federación Agraria.
De esta forma, las posiciones tienden a confundirse cuando abordan los temas gremiales: ¿lo están haciendo en nombre de los intereses del sector o en nombre de los intereses partidarios?
A futuro, y más allá del resultado final de las elecciones presidenciales, el agro tiene una agenda intensa: Producir más, industrializar más, exportar más, generar más empleo y de calidad, arraigar al productor y su familia en el ámbito rural, etcétera, etcétera.
En definitiva, el voto rural parece estar en verdad comprendido dentro del voto de la sociedad en su conjunto, que premia o castiga a los líderes políticos desde una mirada abarcativa y no desde los límites de una actividad.
El desafío de la dirigencia consiste en separar los tantos entre política partidaria y gremialismo, buscando lo mejor para sus representados.