La casa que Silvia Dotta comparte con su familia en la localidad bonaerense de Florida podría haber sido un negocio de antigüedades. Pero nada parecido a esos ambiciosos locales de la calle Defensa, donde las arañas alemanas comparten marquesina con muebles franceses. Sino algo similar a un puesto en una feria: en la casa de Dotta se amontonan sifones, baúles, carteles, sillas, lámparas y un sinfín de instrumentos cotidianos que alguna vez fueron patrimonio de otra familia. Objetos que, después de mucho esfuerzo y una importante cadena de trabajo, vuelven al mundo reencarnados, listos para ocupar la casa de sus nuevos dueños. 
Es en ese contexto donde Silvia lleva adelante un oficio tan porteño como el tango: el fileteado. Pero con un concepto que supera la simple ornamentación; lo que esta artista de flores y firuletes lleva adelante es una minuciosa campaña de reciclado y puesta a punto de objetos abandonados que son recuperados por cartoneros, mejorados por carpinteros y vidrieros, y terminados por ella misma para ser vendidos a algún cliente especial, que esté buscando aquello que Silvia y todas las personas que trabajan con ella salvaron del olvido.
“Mi relación con el fileteado proviene de una enorme serie de coincidencias. Sin saberlo, casi todas las cosas que hice en mi vida concluyen acá”, explica Silvia, quien disfrutaba en su infancia de viajar en colectivo sólo para ver cómo estaban pintados. “Desde chica siempre tuve habilidad para dibujar y, sobre todo, para los trabajos de precisión. Ese era el talento por el que yo tenía que responder”. Entre idas y vueltas, Dotta estudió Bellas Artes en la escuela Prilidiano Pueyrredón y diseño gráfico en la Escuela Panamericana, hasta que el teatro la absorbió por completo. A partir de allí, Silvia se convirtió en la madre de la familia que formó con el actor Fito Yanelli, con quien tuvo dos hijos y soñaba –desde un pequeño departamento en el barrio de Núñez– con una casa grande y vieja para llenar de antigüedades.
“Me gusta pensar que mi bisabuelo, Angelo Dotta, quien fue fileteador y letrista a finales del siglo XIX, en Italia, fue quien me hizo conocer a Susana”, afirma Silvia y cuenta cómo el nuevo barrio y los paseos con su perro Tito alinearon los planetas del destino. “Cuando paseaba a Tito, conocí a Freddy, el carpintero que ahora trabaja conmigo y después a Susana de León, su mujer. Le dije a mi marido: ‘Tenemos que invitarlos a comer, son especiales’. Y así fue. Cuando Susana entró en esta casa, lo primero que vio es un portallaves que ella misma había fileteado hacía unos años y una amiga me había regalado para mi cumpleaños. Ese día no me pude escapar más y le pregunté a Susana si quería enseñarme”.
ARTE POPULAR. Si el tango es la manifestación musical de la Ciudad de Buenos Aires, que ha impuesto su ética y estética más allá de los 40 barrios porteños, el fileteado debería considerarse su versión plástica, un símbolo de pertenencia con el que comparte algo más que simples colores.
Como en todo arte o disciplina de origen popular, el fileteado porteño no tiene un mito fundacional. Pero por muchas de sus características se ha determinado que es una creación que los inmigrantes italianos empleados en las fábricas de carrocerías de coches municipales comenzaron a pintar para dar vida a aquellos sobrios carros grises, encargados de repartir las provisiones por toda la ciudad. De pronto el fileteado se transformó en el símbolo de la prosperidad del comerciante. Cuantos más y mejores detalles a la vista, el cliente podía distinguir a su proveedor: el coche era, también, su propia publicidad. Pero allí surgían los problemas: decorar la herramienta de trabajo requiere celeridad, no sea cosa de tener parado el carro más días de lo necesario.
De esta manera, las hojas de acanto, las cintas argentinas, las bolitas, los pájaros, los dragones, se convierten en la imagen de la ciudad, cuya compañía próxima es una voz preñada de pequeñas obras literarias. “Yo nací para el fango como Arolas para el tango”; “El hombre es fuego, la mujer estopa, viene el diablo y sopla”. Frases sobre las que el propio Jorge Luis Borges, haciendo “epigrafía de corralón”, afirmó que, como en aquellos haikus japoneses, era tarea del lector no subestimar “la sabiduría de lo breve”.
El siglo XX mudó el lugar de este oficio: de los carros a los colectivos, de los talleres del Bajo a Palermo, de las maderas a los libros, de los abuelos a sus nietos. Varios investigadores como Alfredo Genovese, Esther Barugel y Nicolás Rubio se han ocupado de contar sus vicisitudes sin olvidar, por ejemplo, las diferencias estéticas entre un carro de verdulería y un colectivo. O cómo, en 1975, se publicó una ordenanza con la prohibición de su uso en el transporte público, argumentando que producían confusión en los pasajeros al momento de tener que leer los números y recorridos de los mismos.

FILETE ECOLOGICO. Silvia ve a los cartoneros todos los días. Llegan temprano y se van tarde hacia la estación de tren que está a pocas cuadras de su casa. Esa era una de las razones por las que Dotta ya no encontraba buenos muebles u objetos en la calle: los cartoneros hacen su trabajo y no dejan nada para el recolector a escala hogareña. Los cartoneros, por su parte, conocían a Silvia; la veían pasear a su perro, la saludaban y, si la encontraban en la puerta, le pedían un vaso de agua. Los Yanelli, entonces, ataron cabos y decidieron decirle a los cartoneros que, cuando encontraran objetos o muebles antiguos, no dudaran en pasar, que tal vez ellos estaban interesados.  “Primero fueron Antonio y Guillermo, luego los hermanos Néstor y Eduardo y después Sergio. Pasan todos los días antes de tomar el tren de la 1 y a veces traen cosas realmente interesantes. Han llegado sillas Thonet con sellos de importación, arañas, máquinas de coser, marcos con molduras, bancos de hierro”, explica Silvia emocionada. Pero claro, todo llega en un estado calamitoso, al borde de la muerte material. Según de qué objeto se trate, Silvia deriva la pieza a Freddy, el carpintero, a Rafael, tapicero y restaurador, o a El Chino, un vidriero especialista. Finalmente, cuando el rescate ha recobrado cierta estructura, viene el fileteado a manos de Dotta. “Siempre fantaseé con que estos objetos que acompañaron a generaciones de familias en su historia tienen una vida propia, que toda esta cadena, desde los cartoneros hasta la última mano de pintura, esta empeñada en salvarlos, en devolverlos a la vida con una nueva cara para no reducirlos a escombros”, completa.
“Mi intención no era vivir de esto, sino poder hacer algo que me guste sin moverme mucho de casa”, comenta Silvia. Y continúa: “Pero de alguna manera todo aquello que no había salido mientras desarrollaba mi carrera teatral, apareció de manera mágica. Primero llegó a mis manos un original de León Untroib –un polaco que revolucionó y modernizó esta disciplina– para restaurar. ‘Quién soy yo para tocar una obra como ésta’, pensé, pero finalmente me animé y quedó muy bien. Días después, me llega ¡un carro! de unos vendedores de flores donde, además de filetear la Virgen de Luján, tenía que escribir ‘Si querés uno igualito, trabajá como Osvaldito’. Todo eso me dio el empujón para poder comercializar lo que hago ahora de manera artesanal, cliente a cliente, o bajo muy espaciales pedidos”, concluye Silvia.
Existe una interesante lista de oficios porteños no globalizados que han sufrido diversa suerte. Muchos han desaparecido –colchoneros, barquilleros, deshollinadores–, otros han cambiado su estrategia y algunos –los afinadores de bandoneones, los afiladores– hacen equilibrio entre un pasado que nos los deja ir y un futuro que los demanda con los brazos abiertos. Entre estos últimos podríamos ubicar al fileteador: un artista de perfil bajo que, lejos de las galerías, hace nuestro casi cualquier objeto.