Una de las cuestiones más apasionantes para analizar en materia de comunicación es cómo se forman las ideas u opiniones que tenemos de las cosas, en sentido amplio.
La base es que sobre la mayoría de los asuntos sobre los que emitimos juicio no tenemos una experiencia directa. Buena parte de lo que manifestamos sobre política, deportes, economía o cultura no tiene una base en nuestro contacto directo con el personaje, su obra o los hechos, sino que esta nos llega facilitada por distintos vías: por empezar los mismos medios de comunicación masiva, pero también los dichos de allegados, rumores, información en las redes sociales, etcétera, etcétera.
A fines de junio tuve la oportunidad de participar como conferencista de la tercera edición de Biotech Forum, que es un encuentro anual donde se debate sobre novedades en biotecnología y los negocios vinculados.
La charla estaba vinculada al nexo entre comunicación y biotecnología, lo que constituía un verdadero desafío dado todo lo que se habla y comenta hoy en día sobre los transgénicos, la soja y los agroquímicos.
Para ilustrar la exposición preparé un video en el cual gente común de la ciudad de Buenos Aires se explayaba sobre dos cuestiones centrales: su percepción sobre la soja y los cultivos transgénicos.
La encuesta no tuvo un carácter de estudio sociológico, aunque lo ameritaría desde ya, pero se podría decir que en su mayoría los participantes eran representantes de la clase media urbana porteña, de distintas edades así como género. La idea era enfocarse en el discurso de los entrevistados, tratando de discernir no solo con qué relacionaban soja y transgénicos, sino de dónde podrían provenir sus opiniones.
¿Qué nos decían las respuestas de estas más de 20 personas que accedieron a ser entrevistadas?
1.- La soja tiene una positiva consideración en líneas generales. Sin embargo, esta percepción positiva se basa en su carácter nutricional para el hombre. “Yo como mucha”, fue una respuesta común. Se asocia a la soja como un sustituto de la carne, de las grasas, que hace bien a la salud, que es sana (“en ensalada es muy buena”) y nutritiva.
2.- Muy pocos la asociaron a un cultivo significativo en lo económico para la Argentina, y nadie hizo mención a que el principal y excluyente uso de la soja producida en nuestro país es el forrajero como harinas, con destino al exterior.
3.- Algunos espontáneamente hicieron referencia a que tenían entendido que “no es buena para el suelo” o que “provoca algún daño en los cultivos”. Sin embargo, la palabra “monocultivo” no apareció en los entrevistados.
4.- Hay un fuerte desconocimiento de lo que es “transgénico”. Sin embargo el término es asociado negativamente y frente a la pregunta de si “usted comería un alimento transgénico”, la respuesta era mayoritariamente negativa. En el mejor de los casos manifestaron que tendrían que conocer más antes de opinar y en un solo caso, el entrevistado respondió que seguramente ya lo estaba haciendo. En el otro extremo una persona señaló que “no la como más porque es transgénica”.
En líneas generales estas fueron las principales conclusiones. La gente opinó que la soja era buena por sus propiedades nutritivas, que algún problema podía tener su producción a campo, que no sabía que era transgénica y ante la duda opinaba negativamente de esa condición.
Pero enseguida vienen las preguntas, ¿cuál es el origen de estas opiniones? ¿Cómo llegan hasta la clase media urbana estas ideas? ¿Qué vía de propagación tienen?
Evidentemente que nadie relacione espontáneamente el cultivo con su significación económica para el país, nos habla de que todavía es mucho lo que se ignora sobre el país agropecuario.
Por el contrario, los encuestados priorizaron aspectos ínfimos para economía nacional pero vinculados a su vida cotidiana como pueden ser las milanesas, la leche o los brotes de soja que podrían formar parte de su alimentación. En este sentido, la percepción de que es un alimento sano puede provenir de todo el trabajo de difusión para fomentar el cultivo realizado en los años 60 y 70, y que ha continuado hasta nuestros días, sumada a una publicidad positiva o la misma divulgación que se hizo desde el vegetarianismo.
Las cuestiones negativas relacionadas a daños en los cultivos parecen fáciles de identificar. Seguramente provienen de la propaganda negativa que tiene epicentro en ONG ambientalistas y que es amplificada por medios de inserción urbana y que se acrecentó a partir del conflicto de las retenciones móviles, cuando el “yuyito” copó la agenda nacional.
En esta misma línea se puede inscribir la percepción negativa de lo transgénico, aunque puede que la misma palabra provoque de manera intrínseca el rechazo, remitiendo a algo no natural o alguna degeneración científica.
Un tema que no se incluyó en el video de la presentación pero sobre el que se preguntó fue el glifosato. Nadie tenía idea de lo que era y la mayoría pidió que el entrevistador le repitiera el nombre. No les resultó fácil pronunciarlo y uno solo aventuró que tenía que ver con algo “que ayuda a crecer a las plantas”.
El trabajo que realicé para la presentación del Biotech Forum, y para el cual recibí la desinteresada ayuda del equipo del semanario Infocampo y del programa de TV (lunes a viernes por Telefé de 06.00 a 07.00), me lleva a pensar de que debería conducirse un trabajo con rigor académico que sondee las percepciones existentes en cuestiones relevantes para la comunidad agraria.
En tanto, lo concreto es que la vía de la repetición termina penetrando en la opinión pública de manera inevitable, aunque tal vez con menos velocidad de lo que se cree. Es notable que con toda la prensa en contra que tiene el glifosato la gente todavía no sepa lo que es.
Pero el liderazgo de los agronegocios debería estar atento a monitorear cómo se están construyendo las percepciones en el ciudadano de a pie, antes de que terminen instalándose valoraciones sin fundamento y que resultan perjudiciales para el agro y la sociedad en su conjunto.