Cuando empezaron a llegar a Buenos Aires las primeras olas polares del 2011 también comenzaron a desparramarse por la cuenca paranoplatense los pejerreyes. De los primeros y aislados piques en Magdalena y Berisso pasaron a encontrarse los grandes en la zona de Colonia, Uruguay, y luego se metieron por los ríos, llegando hasta Rosario por el Paraná y hasta Concepción del Uruguay por el río Uruguay. Entonces, las posibilidades de salir en búsqueda de las “flechas de plata” se ampliaron. Incluso, los guías tuvieron que “reconvertir” las salidas, acostumbrados a tan buena pesca de dorados y la vieja tradición de la variada de río, y descubrir nuevas técnicas y estilos para satisfacer a los clientes que piden pejerrey.
Algunos avezados seguidores de esta especie se animaron a salir solos sin baquiano. Es el caso de Roberto Ayala, que, con más de tres décadas de experiencia por las prolíficas lagunas de otra época, como Juancho, Serrano y La Limpia, se le animó al río Uruguay y con Pablo Bofill, dueño de un dúctil semirrígido partieron desde la guardería Los Pinos en Villa Paranacito, localidad ubicada a 170 kilómetros de Buenos Aires, en el sur entrerriano.

EQUIPOS. A las 8 bajaron la embarcación y subieron los bártulos: además de aquellos elementos necesarios para la navegación, cargaron las cañas de 4 y 4,20 metros, telescópicas, con reeles frontales chicos cargados con 150 metros de multifibra que ayuda a prescindir de la unción con flotalínea, un clásico cuando se usa monofilamento, pues no flota por sí solo. Subieron las mojarras, imprescindibles para encarnar de a una pinchándola por el lomo y de cabeza a cola, y, por supuesto, las cajas de pesca con las líneas para elegirlas según el sol. Esto sería un factor importante en la salida: a la mañana, los acompañó un cielo nublado y con bastante marejada a causa del viento sur que va contra la corriente y, por tanto, levanta algunas olas aunque no llegaron a ser corderos, nombre que les da cuando forman espuma en la cresta. Por esta causa optaron por flotadores que pudieran verse mejor en estas circunstancias, pero, a primera hora de la tarde, todo cambió: escampó, salió el sol y el viento calmó, de modo que tuvieron que achicar las boyas, ya que se veían mejor sin tanto bamboleo de la superficie del agua y, además, el pejerrey pica con más cautela y con boyas más chicas se le ofrece menos resistencia. Por esto es importante, llevar una buena variedad de elementos de pesca, sin exagerar, ya que nunca sabremos cuándo vamos a necesitarlos. En este caso, las brazoladas fueron de treinta centímetros con anzuelos 1/0 para desestimar peces chicos.

CONDICIONES EXCELENTES. La mayor curiosidad de la salida la constituyó la dirección del garete o deriva. El río Uruguay corre, anchuroso, de norte a sur. Sin embargo, el viento contrario hizo que no sólo no acompañasen la derrota natural, sino que avanzase hacia el norte. A las 14, cuando finalizaron la jornada tras cinco horas de pesca netas y 81 capturas entre ambos, habían recorrido unos ocho kilómetros en dirección opuesta a la corriente, pese al enorme volumen de agua que mueve este curso limítrofe.
El avance se produjo en aguas de entre dos y tres metros de profundidad, relativamente cerca de la costa argentina. Son sectores de bancos donde, normalmente, no se pasa el metro o metro y medio de hondura, pero el mismo viento que los movía funciona como tapón y detiene la salida de agua sobre el Plata haciendo subir la cota del Uruguay. En la hostería Rosemarie, última referencia antes de abandonar el arroyo Martínez por el camino que eligieron mis amigos, el agua casi llegaba al borde del piso del muelle.
El viento les jugó a favor: generó mucho oxígeno en superficie y agua fresca, dos elementos fundamentales para la actividad de esta especie que, por estas razones, comía con muchas ganas. Casi todos los piques fueron furibundos, con buenas llevadas y sin sutilezas. Gran parte tuvieron lugar a unos veinte a treinta metros de la embarcación, medida muy divertida pues más allá, como suele suceder en el Río de la Plata, se hace complicado para ver lo que sucede en las boyas.
En ese momento del año, cuando se iniciaban los fríos de mínimas de cuatro a seis grados en la ciudad de Buenos Aires, se conseguían pejerreyes de 30 a 35 centímetros con pocas excepciones más grandes, pero también, muy pocas, más chicas.
Es una pesca divertida, cercana a las grandes urbes, con fácil acceso en general (salvo unos pocos kilómetros del camino entre la autopista de la Ruta 12 y Villa Paranacito en los que falta asfaltar). Seguramente, en algún lugar ya estarán los “matungos”, pero es tan ancho el Uruguay, que hay mucho por probar para encontrarlos.