Fotos Bruno Dubner y gentileza HC


Para llegar a Paso Piedra hay que hacer algo más de 1000 kilómetros desde Buenos Aires. Cruzando el puente del Río Negro que separa a Choele Choel de Luis Beltrán aparece un poblado de minufundios frutícolas en donde crecen, mayormente, peras y manzanas, como en otros campos de este Valle Medio del Río Negro.

Al campo de seis hectáreas de Humberto Castro le sobran dos cosas que no son un bien abundante para las producciones del campo: agua e inventiva. “Dios nos dio el don de la creatividad. No hay que esperar a papá estado”, azuza Humberto, con ademanes de profesor, pero con palabras simples. Conduce a las visitas entre los surcos de la finca sin dejar de hablar.

Dice que ésta en la que apoya sus pies es “una tierra de esperanza”. Tal vez por eso, como si fuese un personaje de la cruda literatura de Roberto Arlt, Humberto creó una máquina del viento. Sí, como lo lee. Dice que es la única manera para poder cosechar cerezas sin que las heladas normales de Río Negro echen todo a perder. 

 

La Tehuelche hot

 

El hombre nació en Curanilahue, Chile. Tiene dos hijos, uno de 30 años y una hermosa niña de 7 que le roba la mirada y le quita el sueño. Habla sin esperar las preguntas y se ríe profusamente. Se queda en el sol cuando habla. Desentendido de que los rayos pican en la piel.

El verano en Río Negro es duro de día, pero la amplitud térmica hace bajar muchos grados a la noche. Entonces el frío complica todos los cultivos. Por eso, Humberto, que parece no dejar nunca de pensar proyectándose hacia adelante, salió al ruedo con una máquina que le permite producir cerezas de alta calidad en espacios reducidos y ofrecerse con el sueño de todo productor: calidad y regularidad en el mercado.

Técnico electromecánico, ex empleado de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), se permitió darle un nombre a su invento, la “Tehuelche hot”. De ella opina: “El que quiera hacerla le regalo la idea. Yo no lo patenté. No me interesa, no vivo de las patentes, vivo de lo que hago en la tierra. Lo que me interesa es que no se contamine más el planeta.” A esos fines sirve la máquina que creó.

 

La cereza crece ?   

 

Aunque esté lejos de los índices de Mendoza, Río Negro empieza a ganar terreno en el cultivo de cereza. Castro tiene una idea que suena bien, sobre todo para producciones pequeñas. Él tiene dos hectáreas sembradas con cereza. Una hectárea rinde unos 1000 kilos, en una cosecha que dura un mes, con 10 personas que trabajan de 6 a 14, pues como el calor lo guarda en el carozo, hay que evitar quitarla de la planta con muchas horas sol.

El manejo es simple, porque se la poda cada tres años. El mayor problema de esta fruta fina es la conservación. Para eso, Castro echó manos otra vez al técnico electromecánico que le corre por la sangre y fabricó una cámara para conservar la cereza. Allí empieza el proceso de empaque, en donde los cuidados sanitarios son extremos y la manía de cuidar la piel de la cereza es fundamental. Se preparan dos tachos de 200 litros con agua y hielo, a un grado centígrado. Antes de eso, se hace una fórmula simple: cada 100 litros de agua se le aplica 100 centímetros cúbicos de lavandina antes de llevarla al agua fría.

Después empieza la selección. “El mercado las quiere rojas y grandes. Éstas (toma una en la mano) son espectaculares”, dice Castro. Y no se equivoca. Para eso hay que tomar vario y celosos recaudos. Manos limpias y uñas cortadas para no que golpearla, además de tener la precaución de que la cereza no toque el suelo. Y no es todo, pues su estiba no puede superar los seis kilos para no dañarla.

 

El capitán frío

 

“Con cinco hectáreas, el campo es una unidad económica rentable. En dos hectáreas de cerezas se pueden sacar 80 mil pesos por año”, explica sin ese prurito de ocultar las ganancias que tienen casi todos los productores del país.?Otro adelanto de Humberto es la cámara de frío que él mismo fabricó. Con ella conserva las cerezas a a seis grados centígrados y puede tenerlas allí por 30 días. Eso le permite buscar precios en el mercado y no caer, como la mayoría de los productores cereceros, en vender la fruta antes de que su pudra.

 

En tiempos de cosecha, entre el 4 y el 17 de noviembre, la cámara, con capacidad para almacenar hasta 6000 kilos, les da las 350 horas de frío que las cerezas necesitan antes de ser vendidas. ? ?De todo un poco??Humberto le pone cierto aire romántico a su trabajo. “No soy dueño de nada, sólo soy administrador de Dios”, dice.

 

El cielo está azul y los árboles verdes. Porque no todos son cerezos. La nuez rompe la cáscara, empieza a escaparse sin permiso de su circular espacio. La berenjena empuja hacia abajo el tallo de su fino sostén; el melón está a punto, se adivina dulce desde afuera y el ají morrón colorea los surcos de un rojo intenso. En esa imagen descansa otra de las claves de Humberto: la diversificación, que también practica con los nogales.

 

Como el campo está en pendiente, el sistema de riego es por manto, por inundación. Humberto libera la compuerta ubicada en la parte trasera de la casa y la laguna en la que saltan los carpas, le da el sustento a las raíces del campo. Ese es el fondo de su chacra, agua clara y juncales de un espejo de agua que visitan los pescadores.?Humberto sigue en el sol rionegrino, como sus plantas. Habla otra vez de la cooperación, de la solidaridad. Dice que no tiene problemas en asesorar gratis a quien necesite de sus conocimientos. “Si todos nos damos una mano, el país va a andar mejor”. 

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