Por Diego Vázquez Comisarenco

Cuchillas profundas y claras. Uno de los paisajes más bellos del mundo reluce en el camino que pasa por la pequeña y pujante ciudad entrerriana de Oro Verde, conocida  en los últimos tiempos como “la universitaria”, por su gran crecimiento científico. A un costado del camino, entre sauces, curupíes y un fresco parral vive un autor que a veces fue traductor de las historias puebleras, un compositor que a veces debió descifrar el silencio de la creciente y un músico que siempre fue río. Se trata de Jorge Méndez, el entrerriano que traduce los sonidos de su tierra en canciones imperecederas. “Lo siento como un barrio de Paraná”, dice sobre el lugar que eligió para vivir, esta ciudad pueblo de nombre tan poético, de la que huele el aire para declarar: “Estoy en el mejor momento de mi vida, sigo estudiando guitarra, leyendo libros que no leí y recibiendo gente”. Rápidamente, ofrece un mate: deja su guitarra y su atril a un costado, y muestra fotos de sus viajes. Prende su equipo de audio, muestra su colección de locomotoras en miniatura. Fanatismo y destino: en los fondos de su casa duerme un antiguo camino de acero que en su tiempo sirvió de transporte para los habitantes de tan bello lugar. En su pago chico desde hace más de 20 años, Jorge ha sido homenajeado por la comunidad oroverdense, dándole su nombre a un escenario local.

La reina poesía. El hombre insignia de la música de la provincia, dice que no puede hablar de ella porque no escribe sus melodías en el pentagrama. “Mi formación no ha sido académica. No pasé por escuelas ni conservatorios. Soy, desde siempre, un cantor intuitivo y voraz lector, que ha escrito canciones sólo en su mente por no saber escribirlas en el papel pautado. No obstante, algunas de ellas trascendieron tanto, que la buena gente (la sencilla gente que no lee música) me llama generosamente ‘autor y compositor.’”
Amante de la buena música y de las buenas letras dice: “Mis referentes en la poesía son tantos que solamente puedo decir que en el 2005 musicalicé y grabé a 20 poetas líricos entrerrianos (el disco “Destinos Luminosos”) que influyeron en mi pasión casi enfermiza por la lectura de los poetas y escritores de mi provincia y aquellos de la literatura universal: León Felipe, Machado, García Lorca, Cervantes, Pablo Neruda, Mario Benedetti. He cantado los versos de Olegario V. Andrade, Carlos Mastronardi, Marcelino Román, Juan L. Ortiz y Amaro Villanueva, entre otros insignes de mi patria chica. En la música de raíz folklórica (que es aquella con la que me identifican), mi referente principal es Ramón Ayala. En la culta o académica, Ernesto Méndez, integrante de Guitarras del Mundo, quien desde sus 16 años me viene acompañando en discos y recitales que enaltecen los poemas y canciones que escribe y musicaliza su padre ‘rasgueador y orejero’”, se califica.

Cuando la canción llega a buen puerto. El hombre que nunca fechó las canciones porque su manera de estar ordenado es desordenar, tiene presente tres canciones fundamentales, con sus fechas: Canción del Jornalero, con la que ganó el premio Consagración en Cosquín 1965. Ese rasguido doble fue su primera canción y la había escrito cuatro años antes de ese premio. De la segunda y de la tercera canción que escribió también tiene sus fechas: 1963; Puentecito de la picada y Canción de Puerto Sánchez. “Puerto Sánchez es la canción que me identifica. La satisfacción más grande es la que me ha dado la Coral Cantigas, cuando la cantaron en una iglesia prebisteriana en Maryland, en el corazón de Washington, en los Estados Unidos, con 60 voces latinoamericanas. Ya había pasado hace algunos años cuando la cantó la delegación de Israel, en una de las aperturas del Festival de Cosquín”, cuenta Méndez, con un brillo feliz en sus ojos mientras matea entre pregunta y respuesta. “El primero que me grabó la canción, aunque parezca mentira, fue un salteño: Daniel Toro”, revela. La lista de voces que la grabaron se hará interminable: Ramona Galarza, Rosendo y Ofelia, Los Musiqueros Entrerrianos con Soledad Pastorutti como invitada, Los de Imaguaré y Antonio Tarragó Ros, entre otros. “Traducida al inglés se llama Sánchez Harbor y en guaraní Garupá Sánchez, hasta tiene una versión rockera y otra cuartetera. Hay de todo”, dice Jorge, sonriendo, y los recuerdos  no paran de pasar. “La primera idea de Puerto Sánchez está más ligada a una imagen poética que a una imagen musical porque en aquellos años 60 fue la gran irrupción de Salta. Todos éramos salteños. Fue tan grande la irrupción que cantábamos chacareras y zambas, casi como ahora. Pero claro, me tiró la tierra y mirando desde lo alto de la barranca, donde ahora está el Monumento al Pescador, salió de un tirón: ´Se despierta Puerto Sánchez en mi Paraná´. Así como un fotógrafo va a sacar una foto, o un pintor a dar un trazo, yo fui y la escribí”, relata apresurado por la emoción del relato y separa sus partes para explicarla mejor: “Un murmullo palanquero: porque los palanqueros van con la palanca al hombro, con esa especie de caballete vendiendo pescado y el murmullo es la conversación de ellos mientras esperan el producto, el sábalo y el surubí que venían del río, mateaban lentamente. Y mientras tanto, un gurí descalzo, porque la pobreza, ¿con qué juega? Con arena nada más”.

Río cantor. El mate va y viene en la charla como el río que anda y desanda las orillas de su pago. El camino de Jorge en la música es, sin casualidad, como el río, que anda solo, impetuoso y con propia corriente. “Siempre he sido un autodidacta, un intuitivo. Y ahora estoy estudiando música con mucho placer”, comenta ya en el patio de su casa, mientras enseña los nombres de sus plantas y árboles. Su guitarra descansa sobre la mesa, el atril quedó dormido y la charla se metió en el autor, como el río en sus venas poetas. “La poesía es lo que más me mueve. Puedo pasar días sin tocar la guitarra, sin cantar, sin escribir, pero no he dejado ni un solo día de mi vida de leer poesía. Soy un gran lector y tengo el orgullo de decir que soy gran amigo de todos los poetas líricos de Entre Ríos: muchos viven y otros ya no están, como Marcelino Román, José Eduardo Seri, Linares Cardozo.”
Méndez es un hombre de perfil bajo que camina la historia musical con alegría. “La gratificación que más agradezco es la de sentirme querido y difundido en mi tierra y el mundo por intérpretes que conozco y son mis amigos y por otros que, gracias a la increíble Internet, me entero que cantan mis temas en lugares tan lejanos de mi Oro Verde entrerriano, como lo hace la Coral Cantigas en Washington, Natán Furmanski en Israel, Nelson Méndez en Bolivia, Carlos Santamaría en Ecuador, Julio Delgado en España, Víctor Velázquez en Japón y, para mi asombro y felicidad, la señora que  llaman: ‘la voz de Portugal’,  Simone de Oliveira, que en el 2004 me grabó en vivo desde el principal teatro de Lisboa, Labrador de Quimeras, una canción que hace más de 20  años la  grabó Daniel Toro y en el 2010 me la dedicó su hijo Facundo, invitándome a subir al escenario del teatro España, de Santa Fe, para cantarla juntos. También ha sido traducida al alemán: Sanchezhafen y al japonés: Pueruto Sanchesu no