Ilustración Samanta Cardo

El 17 de agosto de 1850, a los 72 años, falleció el general José de San Martín. Vivía en Boulogne Sur Mer, Francia, y hacía 26 años que había abandonado la Argentina. Terminó sus días añorando su chacra de Mendoza donde no pudo descansar en su vejez, como él había soñado. Desde entonces pasó más de medio siglo, y hoy es para los argentinos el Padre de la Patria. Pero no siempre fue así.

Es sabido, porque así lo enseñan los manuales, que San Martín contaba entre sus virtudes la de rechazar privilegios. Cuántos actos escolares habrán
representado la famosa anécdota del general ingresando al polvorín con espuelas, luego de que él mismo estableciera la prohibición de entrar con ellas, reprender al soldado de guardia por no habérselo impedido e imponerse a sí mismo el castigo correspondiente.

Hay que aclarar que mientras fue gobernador de Mendoza,
San Martín había donado la mitad de su sueldo a la Nación. En varias oportunidades el gobierno intentó compensarlo por sus victorias, pero él se negó a recibir algún tipo de recompensa, salvo unas tierras en el actual
departamento de Junín de esa provincia, donde estableció su chacra.

Sin embargo, no pudo evitar verse mezclado en una campaña sucia y, luego de finalizada la gesta libertadora, decidió irse a Europa, harto de la persecución del gobierno de Buenos Aires. Cuando regresó, en 1829, se negó a desembarcar al saber que Juan Lavalle acababa de fusilar a Manuel Dorrego. Su amigo, Tomas Guido, le pidió que participara en la contienda, pero él le respondió que su presencia no sería útil. Luego le preguntó: “¿Cree usted que tan fácilmente se haya borrado de mi memoria los horrorosos títulos de ladrón y ambicioso con que tan gratuitamente me han favorecido los pueblos que en unión de mis compañeros de armas hemos libertado?”. Después de esto se fue a Europa para no regresar nunca más.

Siendo gobernador de Mendoza, y mientras preparaba la expedición libertadora hacia Chile, el diario El Censor publicó una nota en la que informaba que el Cabildo mendocino solicitó al director supremo, Juan Martín de Pueyrredón, que ascendiera a San Martín al rango de brigadier general, pero el general advirtió en este pedido una maniobra de algunos de sus opositores, y se vio obligado a enviar una carta a ese mismo diario para aclarar que no era ésta “la primera oficiosidad de estos señores capitulares, puesto que en julio pasado habían solicitado que el Congreso lo nombrase general en jefe del Ejército de los Andes. Ambas gestiones –continúa San Martín- no sólo han sido sin mi consentimiento, sino que me han mortificado sumamente.

«Estamos en revolución, y a la distancia puede creerse o hacerlo parecer genios que no faltan, que son acaso sugestiones mías. Por lo tanto, ruego a Usted se sirva poner en su periódico esta exposición, con el agregado siguiente: Prowwwo a nombre de la independencia de mi patria no admitir jamás mayor graduación que la que tengo, ni obtener empleo público y el militar que poseo renunciarlo en el momento en que los americanos no tengan enemigos”.

Y termina la nota aclarando: “No atribuya usted a virtud esta exposición, y sí al deseo que me asiste de gozar de tranquilidad el resto de mis días”.

Transcurrieron 157 años desde que la Argentina expulsó al que hoy es considerado el mayor prócer de su historia y sorprende recordar la cantidad de personalidades públicas que recorrieron el mismo camino: de “demonios” a “ángeles” o viceversa.