Por Leandro Vesco / Fotos: Juan Carlos Casas

Como si fueran pequeñas cabezas curiosas, los cardos dan la bienvenida. Una cabina telefónica perteneciente a otro tiempo está inclinada como una torre de pisa de una década que ha dejado pérdidas en el interior, la calle principal tiene casas de estilo europeo, una esquina catalana, otra casa con un balcón, algún cartel oxidado y la puesta en escena de un pueblo encantador. La persona que pensó esta comarca tenía intención de hacer algo especial, ese hechizo aún perdura. San Mayol es una postal en medio de la pampa desolada.

Daniela es mayolera, como se llaman a los nacidos en el pueblo y nos recibe en el Museo Histórico que recientemente han inaugurado en las antiguas dependencias de la estación ferroviaria. Es uno de los más grandes logros de una comunidad que quiere lo mejor para su pueblo. San Mayol tuvo 300 habitantes y dos hoteles, hoy el Grupo Losce, Ana Carolina Goicoechea y Daniela son los pilares de todas las ideas de recuperación. Quieren hacer mucho y se han trazado metas.

El pueblo en un principio se llamó San Felipe por el propietario que donó las tierras para que se hiciera el poblado y la estación. El tren pasó en 1907, y para entonces ya se conoció a la localidad como San Mayol, haciendo honor al santo de la familia de Felipe, Saint Mayeul. La localidad pronto cobró vida y ese brillo es el que intentan recuperar este equipo de tres entusiastas. El eje central de todo el proyecto de recuperación es el club, conocido como la esquina catanala. Tiene dos plantas y una estructura increíble. Aberturas, paredes y escaleras nos da cuenta de una época en donde no se fijaban en gastos. Entrar al viejo club es ingresar a otro tiempo, aún se pueden oír los bailes, las conversaciones, sus salas son inmensas y sus rincones encantadores. En la planta alta, luego de atravesar un laberinto de salas y pasillos se accede a una habitación de madera con un billar. “Es la sala de caballeros”, como si fuera un lujoso mangrullo por sus ventanas se puede ver el pueblo entero.

Ana Carolina Goicochea es mayolera aunque ahora viva en Tres Arroyos, es docente de la Escuela y sueña con ver al Club recuperado, nos cuenta su idea. Su entusiasmo es contagioso. “En el 2011 reactivamos la Comisión y el 2014 tuvimos nueva personería jurídica. Queremos revalorizar el edificio, estamos terminando de poner en valor la cantina, que queremos darla en concesión para que la gente que venga al pueblo pueda tener acceso a un espacio de recreación. Queremos armar un centro cultural y una Biblioteca y arreglar las habitaciones para que sean aulas para dar talleres” En pocas palabras ese es el plan.

Las construcciones de las casas responden al diseño que le diera el hijo de Felipe que se fue a estudiar a Europa y trajo ideas nuevas, San Mayol podría estar en un mapa del viejo mundo, por caprichos del tiempo se halla en la Provincia de Buenos Aires. Es un pueblo al que cuesta llegar, los caminos no están en buen estado y está en la periferia del Partido de Tres Arroyos, tiene una laguna a pocos metros, pero con las recientes lluvias se desbordó y así quedara por años. Hoy es una comunidad pequeña con menos de cien habitantes. Ezequiel Losce es el teórico de la idea, elaboró un Plan de Desarrollo de Turismo Rural, la idea es convertir a San Mayol en destino turístico y recreativo, con alojamiento desde lo familiar. “Tenemos una gran necesidad, el hospedaje” Carolina insiste en que a través de la recuperación del Club por añaduria vendrán los demás avances. “Somos pocos, pero acá estamos. Nos interesa que los habitantes tengan una mejor calidad de vida”, en tanto Daniela aclara con simpatía: “Nos gusta que vengan a visitarnos”

El pueblo es silencioso, sus habitantes no se ven, la plaza es un pequeño bosque fértil, detrás está la inmaculada Iglesia del Sagrado Corazón, su cúpula es la única referencia que se ve desde la distancia. San Mayol está escondido, acaso este sea el mejor atractivo que tenga y que haya que explotar. Tiene una pequeña sala de primeros auxilios, los miércoles viene una enfermera. “Tenemos que ponernos de acuerdo para enfermarnos ese día” Hay una pequeña despensa, “Lo de Viviana”, para entrar hay que pasar por el garaje de su casa, amigarse con un perro y golpear en una pequeña pieza. Atiende Viviana, la despensa es pequeña, pero fresca y hay una mesa para sentarse. “Vinimos por dos meses y nos quedamos para siempre. La tranquilidad es hermosa. Los hombres se tienen que ir a trabajar. No tenemos problemas de nada, estamos todos bien. No tenemos muchas cosas, pero puedo dormir con la puerta abierta, con la tranquilidad pagas todo”

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