Por Leandro Vesco / Fotos Juan Carlos Casas

La entrada de Santo Domingo es una postal: un espejo de agua que refleja una guarda amarilla de flores, colas de zorros, pastizal y la ondulante presencia de un pato que nos mira. A un costado, las vías del tren, y más allá el caserío abrazado por una ronda de árboles. Es mediodía, y el sol nos recibe alto y fuerte.

No se ve a nadie en las calles. Paramos en un almacén y decimos que venimos a hacer una nota. Nos señalan la delegación, enfrente. Un cliente, oportuno, nos confiesa mirando al bolichero: “Este no tiene nada para contar”.

Salimos. Una pareja de chanchos jabalíes cruza por la plaza, un empleado municipal que corta el césped los mira como si fueran dos vecinos que van diligentemente a algún lugar. Vemos, ahora, el corazón del pueblo.

“Dentro de todo, tenemos un pueblito”, aclara con satisfacción Nidia, descendiente de búlgaros. Al lado, la mira Clara, quien nos ofrece un refresco. Hay 130 habitantes. Hace el recuento. “Dos almacenes y una carnicería. Dos bares de copas, sala sanitaria, escuela –a la noche, de adultos-, el Club y…, ¿qué más?”

Nidia completa la descripción de la comarca: “No tenemos agua potable”, así, como si fuera algo común y asumido. “Un empleado hace el agua”, dicen y señalan al encargado de mantener los tanques comunitarios que están a la vuelta de la Delegación.

Todos los días y a cada momento, los habitantes de Santo Domingo tienen que ir a llenar bidones para consumo personal. “En la plaza también hay una canilla que es de todos y sale potable”.

Clara cuenta que para bañarse hay que hacer todo un ritual pero ya están acostumbrados: tienen un calefón portátil. “Hay que bañarse rápido nomás”. Así como el año 2001, el 2014 se recordará como el año del agua.

El invierno marcó la vida de los pueblos bonaerenses, con lluvias apocalípticas que serán difíciles de superar. La única fiesta que se hacía en el pueblo, no se pudo hacer. La jineteada reunía a las familias de acá, de Guido y de Maipú, las dos ciudades más cercanas.

La ausencia de la fiesta se siente todo el año. “Antes todos tomábamos el agua que ahora le dicen mala y tan mal no salimos. Yo junto agua de lluvia, es la que tomo”, dice Marta, la dueña del bar. 

De recorrida por el pueblo

El mediodía llama a apurar las cosas y salimos a recorrer el pueblo. Los chanchos siguen en la plaza: esta vez cruzan a la Delegación y se pierden en la esquina. Los pocos que se le animan al sol son los niños y jóvenes.

Por un momento sentimos que ellos son los únicos habitantes. “Los chicos tienen poco qué hacer, se juntan en la plaza y los más grandes van al bar a jugar al pool o a las cartas. Por suerte tenemos un remisero”. De capital importancia, es la única conexión comunitaria con el mundo, es decir, con la ruta. Se juntan entre varios para ir a bailar o hacer alguna salida.

Santo Domingo una vez fue noticia nacional. Hasta hace muy pocos meses el pueblo era una suerte de agujero negro no tenido en cuenta por ninguna compañía de telefonía celular; la poca señal que había aparecía como esos duendes curiosos que aparecen y se ocultan.

“Había una escalera en el medio de la plaza y hacíamos cola para subir, a veces teníamos señal”. Llegaron los canales de televisión y con la trascendencia en los medios, las soluciones. “Ahora tenemos hasta Internet”.

Pero claro, no hay mucho más que eso en el pueblo. Los chanchos jabalí ahora caminan por una de las calles laterales de la plaza donde está uno de los almacenes. Teófilo Ferreira nos atiende y explica el problema del pueblo:

“El polvo, pero fuera de eso, estamos bien, hasta tenemos una zona de bares,” señala con su mirada a la otra parte del pueblo. Néstor, un cliente que entra, reflexiona: “La vida acá es hermosa” y nos aconseja ir al bar del Pulga y al de Marta.

Santo Domingo llegó a tener hotel cuando el tren pasaba. El calor se siente en la desolación, el pueblo está a varios kilómetros de la ruta y la estación está bien mantenida, pero hay una sensación de melancólica soledad que trasciende y recorre las calles y se deja ver de a ratos en las ruinas de algunas casas abandonadas.

El bar de Marta es oscuro pero fresco, parece estar ahí desde el principio del tiempo. Marta lo atiende desde 1942, nos da una radiografía de la vida pueblerina. “Antes había más gente, y todos se quedaban en el pueblo, cuando pasaba el tren era una fiesta. El problema fue el auto, cuando comenzaron a aparecer los autos, todos se fueron y el pueblo perdió gente. Acá no hay trabajo, hay poco sueldo”.

Luis, el delegado tiene proyectos para el pueblo, pero uno en particular: hacer una fiesta anual para que la gente se acerque a Santo Domingo. Siempre se han hecho buenos bailes o la jineteada, asegura, pero el problema es grande y hay que asumirlo: “No sabemos qué nombre ponerle”.

Uno de los catangos de la estación aconseja: “La fiesta del chorizo seco”. Luis, enfático, critica: “Necesitamos ser más imaginativos”. Al salir del pueblo, la calma y las voces bajas nos despiden. El pato que estaba en el espejo de agua, sigue allí: la belleza no se mueve.