Si hay un personaje de nuestra historia al que se le adjudica aversión al campo, ese es Domingo F. Sarmiento. Y es verdad, aunque no por las razones con que se lo suele criticar o ensalzar.  El argumento más común es que el sanjuanino amaba a la “civilización”, que ubicaba en las ciudades, y denostaba a la “barbarie” que reservaba para el campo, por lo tanto, también despreciaba a sus habitantes, los gauchos. En el año del bicentenario de su nacimiento, tal vez sea un buen momento para desarmar tanta frase hecha, repetida de generación en generación, no para defender a Sarmiento, que no lo necesita, sino para dejar de tergiversar la historia, sobre todo cuando los documentos sobre los que se debe construir su relato, explican sus ideas y sus obras.
Para empezar veamos cuál era el concepto de “civilización” de Sarmiento que, lejos de ser una postura elitista, estaba relacionado con su admiración por la democracia. El mismo la define: “El mayor número de verdades conocidas constituye sólo la ciencia de una época; pero la civilización de un pueblo sólo puede caracterizar la más extensa apropiación de todos los productos de la tierra al uso de todos los poderes inteligentes, y de todas las fuerzas materiales, a la comodidad, placer y elevación moral del mayor número de individuos”.
Sarmiento escribió este párrafo en su libro “Viajes” al describir a los Estados Unidos de 1845, en el mismo que calificó de “bárbara” a Europa por contar con una aristocracia que miraba con insensibilidad la miseria de los sectores populares. En ese mismo texto, elogió la distribución de la tierra en el país del Norte: “El Estado es el depositario fiel del gran caudal de tierras que pertenecen a la federación, y para administrar a cada uno su parte de propiedad, no consiente ni intermediarios especuladores, ni oscilaciones de precios que cierran la puerta de la adquisición a las pequeñas fortunas”.
Fue esta idea de Sarmiento la que lo enfrentó no con los gauchos sino con los terratenientes argentinos. Por eso, cuando desde la presidencia impulsó leyes  para crear colonias agrícolas, los 8.600 propietarios que existían entonces, en su mayoría agrupados en la Sociedad Rural Argentina desde 1866, combatieron la idea de reducir las extensiones de sus campos. De hecho, durante su mandato, el 20 por ciento de los 300 mil inmigrantes que llegaron, debieron regresar a su país de origen por no contar con tierra para establecerse.
Cuando en 1868 regresó a la Argentina como Presidente electo, eligió para pronunciar su primer discurso y presentar su plan de gobierno a la Colonia de Chivilcoy, un partido agrícola de la provincia de Buenos Aires que él había impulsado, poblado diez años antes bajo el sistema de leyes de tierras de Estados Unidos, basado en la mensura y limitación de las superficies concedidas a los colonos.
“Heme aquí, pues, en Chivilcoy  –dijo-, la Pampa como puede ser toda ella en diez años; he aquí el gaucho argentino de ayer, con casa en que vivir, con un pedazo de tierra para hacerle producir alimentos para su familia; he aquí al extranjero ya domiciliado, más dueño del territorio que el mismo habitante del país, porque si éste es pobre es porque anda vago de profesión, si es rico vive en la ciudad de Buenos Aires. Chivilcoy está aquí, como un libro con lindas láminas ilustrativas que habla a los ojos, a la razón, al corazón también; y sin embargo, no siempre ni todos leen con provecho sus brillantes páginas. Sucede así siempre en todas partes. Hay pueblos miopes y tardos de oídos.”
Insistió luego en desmentir la idea de la época relacionada con la imposibilidad de criar ganado y al mismo tiempo desarrollar la agricultura y dejó en claro que su cuestionamiento al gaucho apuntaba no a su condición de hombre nativo sino a su improductividad. Por eso se preguntó: “¿Por qué no mandamos nosotros trigo (al exterior), a la mitad de camino como estamos?”, y él mismo respondió: “Faltan brazos, se dice. Pero la montonera que ha tenido conmovido al país por cincuenta años, prueba que sobran brazos que no tienen empleo. Yo creo que lo que sobra es la tierra, no para la montonera, sino para las vacas, que con menos espacio y mayor industria, darían más producto y más constantes riquezas”.
Y concluyó: “De hoy en más, el Congreso será el curador de los intereses del pueblo; el Presidente, el caudillo de los gauchos transformados en pacíficos vecinos. Chivilcoy es ya una muestra del futuro gaucho argentino. Esos niños que me habéis mostrado son la montonera de ayer, la patria de mañana, la República toda como Chivilcoy. He aquí mi programa”