Por Leandro Vesco

Hace 100 años cruzar los Andes en globo era una expresión de deseo, más cercana a una ficción de Julio Verne. Dos argentinos decidieron vencer las altas cumbres y los vientos helados y hace un siglo atrás cruzaron en poco más de cuatro horas la Cordillera de los Andes, uniendo por aire por primera vez Mendoza con Santiago de Chile. La prensa comparó esta hazaña con el cruce de los Andes del General San Martín.

No hay forma de derrumbar una obsesión en un alma aventurera, este rasgo ha posibilitado que el hombre supere sus miedos y se haga a la mar desconocida, camine una huella jamás transitada o pise la Luna. El gen de la curiosidad y la aventura desveló a Ángel María Zuloaga y Eduardo Bradley, mendocino el primero, platense el segundo, amigos entre ellos y personajes reales que podían haber salido de la mejor novela de aventuras.

Corría el año 1916 y estos hombres que se conocieron en la Conferencia de Aeronáutica Panamericana que se realizó en Brasil e hicieron pública su idea: cruzar os Andes en globo. Enseguida los trataron de locos. Tal empresa era imposible, se suponía que las infernales corrientes de viento no dejarían hacerla y ni bien levantara altura, el globo sería arrastrado hacia el Pacífico, provocando la muerte de los incautos. Sin embargo, Angel y Eduardo, no hicieron caso a las advertencias.

Con recursos técnicos elementales, dentro de un canasto mínimo, abrigados con sobretodo, bufanda, sombrero y guantes, a más de 5.000 metros de altura. Además en pleno invierno, a merced de los vientos y llevando adelante un plan de vuelo que era poco menos que una corazonada. Recién en año 2002 David Fosset volvió a repetir la hazaña aunque lo hizo por el sur, a 4500, en una cabina presurizada, con cuchetas, tubos de gas, equipo de navegación electrónica y control satelital”, comenta Nelson Montes Bradley, sobrino nieto del héroe platense.

“Mi abuelo era muy inquieto”, dice por su parte Juan Francisco García Zuloaga, sobrino nieto de Ángel María. Ambos pilotos y socios en la aventura ostentaban un record de altura de 6900 metros, pero en algunos tramos de “la travesía de los Andes” llegaron a pisar los 8.100, despeinando a la mismísima Aconcagua. Es increíble pensar que estos dos hombres, con su intuición y sin óxigeno, pudieran llevar adelante esta proeza. La temperatura bajó en algunos tramos a 32 grados bajo cero.

Iban a viajar en primavera pero las burocracias propias de nuestro país hicieron que los tiempos se aceleraran. “Bradley proyectó el viaje y no tuvo ningún apoyo de la Fuerza Aérea, más aún la Institución sancionó a Zuloaga con treinta días de arresto. El Aeroclub Argentino, al que pertenecían, los dejó sin apoyo. Y ante la demora de cumplir con su propósito por problemas de abastecimiento del gas, estuvieron a punto de demandarles que devolvieran los globos. Esto provocó que ambos aventureros decidieran iniciar el viaje en pleno invierno”, comenta Nelson Montes Bradley.

Llevaron dos globos, uno para hacer ensayos y el que usaron, de 2.200 m3. Llegaron a Santiago de Chile en Tren y en el trayecto perdieron todo el ácido sulfúrico que llevaban para producir hidrógeno. Así que en tierra chilena tuvieron que buscar combustible usando el gas del alumbrado público.

Partieron de Putaendo (Santiago de Chile) a las 8.30 del 24 de Junio de 1916. Todo el vecindario los vio elevarse como si se trataran de astronautas que se perdían para siempre en la infinitud de los cielos australes. Con cada metro que ganaban iban escribiendo historia. El frio, comenzó a abrazarlos y la gélida mañana cordillerana les dio una sorpresa. Pensaban que el viento iba a darles sacudidas, pero no sucedió esto, sino lo contrario, la corriente los acompañó. Los Andes y sus filosas cumbres hallaron en el espíritu de Zuloaga y Bradley esa bohemia invencible que hace que hasta el más iracundo e indomable de los obstáculos se abran.

Mi tio me contaba que iban asustados, hasta que a la mitad del camino se dieron cuenta que la corriente los acompañaba. Y cuando vieron de nuevo tierra, se tranquilizaron y comenzaron a descender al grito de ¡Viva La Patria!”, recuerda Nelson Montes.

Hacía frio, pero desde el cielo venía calor, el pequeño globo, que era un punto ínfimo delante de ese babilónico horizonte de montañas de pronto se dejó ver ese mismo día a las 12.10 en Uspallata. Las nubes se abrieron y poco a poco ese punto se hizo más grande, tan grande que esta aventura que un día pensaron en una charla de café Angel María Zuloaga y Eduardo Bradley marcó el inicio de los vuelos entre Argentina y Chile. Dos hombres armados de coraje, subidos a una minúscula canasta desafiaron los montes más altos de América y se abrazaron a los vientos tronadores que nacen en la garganta polar.

Ha pasado un siglo de esta hazaña y la historia de este viaje poco se conoce y mucho menos a estos héroes que se animaron a ganarle al cielo.

Una de las pocas fotos que se conservan del globo: