El recuerdo de la Potrillos 2011

Una ley física empieza a operar en la tarde del 8 de diciembre en General Rodríguez: el sol se va a descansar  en la línea lejana del horizonte y en el lado opuesto, a la misma altura, nace una luna cristalina. Andrés Requena, que como buen fotógrafo es también buen observador, invita a disfrutar el fenómeno natural porque, dice, ocurre cada tanto. Como cada tanto ocurre que 268 jugadores menores de 14 años se reúnan en un solo día para darle a la Copa Potrillos Honda 2011 el récord de anotados justamente en su edición número 50. Y entonces es posible saber que ese que pone a la luna de un lado y al sol del otro es el segundo fenómeno de la tarde y el tercero de la copa. El primero empezó a ocurrir a las 8.40 cuando en el club Sao José Polo abrieron el fuego de la Potrillos los equipos de la categoría Mini-Mini, los más chicos. En los primeros tacazos se supo que la tensión iba a repartirse en partes iguales en los otros clubes de polo, uno pegado al otro, que, en simultáneo, llenaron ocho canchas, las principales instaladas en el Mindanao Polo Club y el resto en las sub sedes de Patagones, Pueblo Alto y Sao José.
Ese 8 de diciembre las ranas empezaron a cantar para avisar que la tarde estaba dejando de serlo. Entonces ocurrió el tercer hecho inusual de la copa: la final se jugó el domingo 11 de diciembre en la cancha número 2 del Campo Argentino de Polo de Palermo, donde 48 horas antes La Dolfina batió a Ellerstina para coronarse como el mejor equipo del mundo. Fue la primera vez en sus 50 ediciones que la Copa Potrillos se disputa en ese terreno y lo hizo con dos árbitros de lujo: los campeones David Stirling y Juan Martín Nero (de La Dolfina) impartieron justicia en la final que La Lucila (Juan Lalor, Genaro y Gino Ringa -este último elegido como el mejor jugador de Potrillitos 2010- y Victorino Ruiz) enfrentó a Martindale Deustche Bank bajo un cielo plomizo, en un partido que los empardó en 5 en los cuatro chukker en los que se juega esta categoría y sólo después del gol de oro de Ruiz -a los 44 segundos del suplementario- el resultado se inclinó a favor de los chicos de General Villegas. El cuarteto derrotado, que se completó con Nicolás Blanco y Santos Rueda, levantó de manera extraordinaria esa desventaja, pero no pudo torcer el destino de un partido jugado con el pulso -y el alto nivel- de una final.        

La copa de la emoción 

“Esta copa es más emocionante que cualquier otra: es como Palermo para nosotros. Por eso vamos a lucharla hasta la muerte”, prometía Juan Cruz Marcos, jugador de La Lucila II. “A los otros torneos voy para divertirme, pero la Potrillos la quiero ganar”, completa el chico. Su compañero de equipo lo apura porque este año están en semifinales y debutan en la categoría más competitiva de las cuatro que presenta el torneo: la Potrillos, con jugadores de hasta 14 años. Por detrás de su silueta trepando al caballo para esperar turno de juego, corren ocho chicos bajo el sol demoledor de las tres de la tarde, inoculados por la pasión con la que colman cada milímetro cuadrado del césped de la cancha uno del club Pueblo Alto. Se oye el galope conjunto de los caballos percutiendo el suelo y un grito desde fuera de las tablas. “Dale Teo, apuralo que no le puede pegar”, le gritan a Teo Van Neufforge, el jugador de Lavinia, que echa los 500 kilos de su caballo contra el pecho del otro número tres, el de La Lucila, pero no logra contar el avance del equipo que tras esa jugada da vuelta el marcador, para encaminarse a la final que le dará el título.
En el Sao José Polo, La Aguada (con Justo y Cruz Novillo Astrada) e Indios Chapaleufú sueltan riendas. En la mitad del primer chukker hacen notar cómo va a ser el partido: una pechada cerca de los mimbres deja a Lucio Sánchez Sanmartino, el número uno de Indios, caído de espalda. La ambulancia entra para llevárselo, pero el orgullo puede más que el dolor: el chico se levanta apenas ve venir al médico, pide a su equipo un cambio de caballo y sigue el encuentro.
En Mindanao, Adolfo Cambiaso busca en las planillas el nombre del equipo de su nieto, llamado igual que su hijo y que él. Será la primera vez que el abuelo vea jugar a “Poroto”, como le dicen al pequeño que debutó en la copa en el equipo El Pegual, en la categoría para más chicos: la de hasta 9 años. “Gané todo”, dice Adolfito Cambiaso, como él mismo se presenta, sin soltar una bolsa con un kilo de caramelos. La más pequeña de las categorías no tiene campeón para evitar la competencia a una edad tan temprana. Por eso, cada uno de los jugadores se llevó su premio y la medalla aportada por la Asociación Argentina de Polo.
Uno de los tres Heguy que hubo en cancha, Cruz, tiene 8 años y juega con el mismo número de camiseta que su padre, Eduardo “Ruso”, histórico jugador de Indios Chapaleufú y encargado de la organización del torneo desde hace más de dos décadas. El niño tiene en la sangre la estirpe ganadora. Está triste porque perdió los dos partidos que jugó y salió de la zona de ganadores.
A Bautista García le ocurre lo contrario: está feliz. Formó junto con Agustín Bonilla, Eduardo Cúneo y Mía Cambiaso el mejor equipo de la categoría Mini-Mini, que está en la copa –empujada por la aparición cada vez más temprana de jugadores- desde el año pasado. Los chicos le ganaron 2-0 a Chapa II (Heguy, Romemers, Bianchetti, Magrini) el que, dicen, fue su mejor partido.
  
El polo grande de los chicos

“En 1962, cuando mi padre, que era presidente del club Indios, de San Miguel, nos encargó a los más jóvenes un torneo para chicos menores de 18 años que no hayan jugado los intercolegiales para armar una copa que donó el escribano Jorge Allende, no nos imaginamos este presente. Aquella se llamó La Copa de los Potrillos y no podían jugarla quienes hubieran jugado otro torneo. Nos costó muchísimo juntar los primeros ocho jugadores para armar dos equipos y mirá ahora”. La mirada de Alberto Pedro Heguy hace un paneo y enfoca la cancha uno del Mindanao, donde un chico pega un backhander y todo su equipo sale disparado para el contraataque. Queda en el aire, flotando, el ruido seco del golpe a la bocha. Con esa pasión juegan los chicos. Y con el mismo sentimiento llegan los apoyos. Con seis años como sponsor de la Copa Potrillos, Cardón resume su propuesta atándola a la suerte de una copa que cada año extiende su techo en cantidad y calidad de jugadores. “La Copa Potrillos es descomunal. Para nosotros es importante acompañar las tradiciones y rescatar las raíces y el polo es una marca diferencial del argentino en el mundo. Y nos parece importante acompañar a los chicos, que los chicos se acercan de forma competitiva en el camino que los llevará a ser grandes jugadores. La Potrillos es fundamental para la comunicación”, dice Rodrigo Arizaga, encargado del márketing de Cardón, la empresa textil que fue una de las auspiciantes de esta nueva edición.
“Estamos sorprendidos porque de 20 equipos creció a 67 en siete años. Es un campeonato espectacular que marca que aunque hoy haya súper estrellas del polo, va a haber mejores jugadores dentro de muy pocos años”, augura Guillermo Del Médico, de hth Clorotec, uno de los sponsor de la copa desde hace siete años. El hijo de Guillermo, Ignacio, menor de 11 años, la jugó este año, pero su equipo, Los Robles-hth Clorotec, salió de zona con dos partidos perdidos. “Vino para aprender”, dice el padre, que sabe que lo importante es sumar conocimientos más que coleccionar medallas.

Jugar y aprender.

Máximo Lanz dice que aunque perdieron la final de la zona subsidiaria (que agrupa a los perdedores) ante Rincón Chico aprendieron a tomar mejor al hombre, a trabar el taco y vieron los demás jugadores y, sobre todo, los demás caballos. “A jugar mejor”, acota Pedro Arbezú, su compañero de equipo. Son de la escuela de polo Los Mirasoles, de Trenque Lauquen y jugaron su primera Potrillos en la categoría de hasta 9 años, Mini Potrillitos, junto con Simón Bescos e Ignacio Arbelbiden. 
“Llevatelooooo!”, se escucha por detrás de las palabras de los chicos. En la cancha uno del Mindanao, cuando el sol había aflojado el rigor de los rayos que llevó por encima de los 30 grados la temperatura, Velay-La Oración continuó con su arrollador camino iniciado este año y completó la triple corona juvenil ganándole la final a Coronel Suárez, por 4-1. Los de Lobos se enfundan en una máxima: “Primero sorprender, después competir y más tarde ganar”, dice Tomás Miguens, el padre de Felipe Miguens Casado, el dos del equipo, elegido como el jugador más valioso de los niños de hasta 11 años. “Fue un partido parejo, pero jugamos bien en equipo y eso nos permitió ir ganándolo siempre”, dice antes de bajarse del caballo. A él se sumaron Benjamín y Tomás Panelo, más Hilario Figueras. Un gran volumen de juego, seguridad colectiva y buenas individualidades fueron demasiado para la formación de Suárez, que tuvo dos jugadores con apellido célebre: Juan Eduardo y Marcos Harriot, más Bautista Alberdi y Ricardo Garros.
Las Alazanas-La Natividad, con Benjamín Heguy, Juan Dud, Juan Guerrero y José Guillerme Kalil (hijo del brasileño dueño de San Joao Polo) se pusieron la corona de campeones tras ganarle la final a Coronel Suárez. Con un taqueo prolijo y un juego voluminoso, impresiona ver cómo juegan chicos que no llegan al metro de altura.
Después de la final del 11 de diciembre y antes de que el cielo de plomo desatara su presagio en ese día memorable, empezaron los balances: jugadores récord en cantidad y asombrosos en calidad; una final jugada en la meca del polo; ilustres apellidos de la tercera generación de cracks de muchas familias con tradición. Lujos de una copa para chicos que en su edición 50 hizo saber por qué es la más grande del mundo del polo.

Más información: www.copapotrillos.com.ar