Gorjea la cerradura eléctrica de la puerta del edificio y después, un sonido metálico que traba o libera la puerta, quiebra el aire de la tarde de Palermo. Afuera, la calle se corta por la vía del tren y obliga a hacer una curva para retomarla. Adentro espera el hombre que huele a bolero: mira a los ojos, aprieta la mano con firmeza y sonríe. Siempre sonríe Dany Martin, hasta cuando camina esas 50 cuadras por día que se imprime como su ejercicio. O cuando toca la guitarra. O cuando escribe: hoja y pulso de birome. O cuando recibe a un periodista para contar cómo se puede estar vigente después de 51 años de carrera y editar un disco donde su voz luzca impecable.

Cuando todo empezó.  “No me divierte cumplir años, pero la otra posibilidad es morirme”, dice antes de estallar -y hacer estallar al resto- en risas. Cuando se ríe los ojos se le borran: son dos líneas de luz en un rostro que resplandece. Tiene 65 años, pero se siente liviano con la edad, aunque extraña la fuerza de los 30 años. “El que tiene 65 y quiere parecer de 30, se viste, se arregla y se tiñe, pero parece más viejo aún. Acuden a esa tintura color cucaracha de baño que nunca agarra el color, porque el nuestro es diferente al pelo de las mujeres. Yo trato de acompañar los años que vienen de una manera criteriosa”, dice. Y se nota. A los 32 despuntó las primeras canas que a los 45 le cubrieron todo el cabello. Cuando no las tenía ni en planes, eligió Café La Italiana aquel el 13 de noviembre de 1960 en “Hoy nace una estrella”, el programa de Héctor Coire en canal 13, para marcar su debut. “Con 14 años no podía cantar bolero: no me lo iba a creer nadie. Entonces, hasta los 18 años, canté letras que no involucraban ningún conflicto amoroso. Y después empecé a recibir por mi papá, Horacio Quintana -que además de cantor era mi representante-, long plays desde el exterior”. El bolero, entonces sí, se le metió bajo la piel.

En 1964 la televisión lo catapultó: lo contrata canal 11 para el programa “Ritmo y Juventud”. A eso le sigue el mítico “Sábados Circulares”, de Nicolás “Pipo” Mancera. Y en 1968 gira por México, tierra de grandes cantores, donde, en los años 70, viviría por tres años. “Cantar boleros en México era como ir a vender naranjas a Paraguay”, bromea. Armando Manzanero, José Alfredo Jiménez, Agustín Lara se le metieron en el repertorio. Es por esos años que compone la canción que lo destaca como autor: “Cuando estemos viejos”, que graban Olga Guillot, Chucho Avellanet, Lucho Gatica y hasta Roberto Goyeneche.   

Tengo algo que decirte.  Era 2009. Hacía cuatro meses que no cantaba. Sonó el teléfono: era Nito Artaza, al frente de “Arráncame la risa”, la obra a cargo del humorista. “Necesito una figura”, le dijo. Dany tenía la cabeza en las nubes: Marta había partido al silencio y él boyaba por las casas de sus hijas porque no quería volver a vivir al sitio que había compartido con ella. Pidió diez minutos para luego decir que sí. Pero el reemplazo era esa misma noche. Y allá fue Dany, se ajustó el moño, apretó los gemelos en los puños y cantó. Cantó como nunca antes había cantado. “Cuando llegué al camarín después de cantar me sentía muy bien. Fue una noche muy emotiva”, resume. Esa emoción tiene nombre: se llama “Siempre te salva una canción” y es un tema que pronto tendrá listo.

-¿Entrás por la letra a las canciones?

-Si, porque si no tengo qué decir… No me considero un autor: tengo 45 años de autor, pero compuse 60 canciones de las cuales grabé 20. Soy un vago escribiendo. Escribo tres canciones al año. Empiezo por la letra y luego por la música. Casi siempre son cuestiones personales: cuando murió mi mujer, con quien estuve 41 años, escribí Aún estoy aquí. Pero no soy tan talentoso ni tan prolífico como Chico Novarro.

Mi amigo Atahualpa. “Yo fui de los pocos amigos jóvenes de Atahualpa, el otro era Jairo, a quien Yupanqui adoraba. Empecé a compartir esas reuniones muy acotadas en donde estaba mi viejo, mi abuelo y yo. Yo no hablaba casi nunca, escuchaba. Le empecé a caer bien, porque era un chico ubicado prudente, que preguntaba cuando había que preguntar, que tiraba un chistecito cuando cabía, porque Atahualpa tenía un gran sentido del humor”.

Tiene muchas anécdotas de Don Ata. Elige una. “Mi papá le armó un doblete, o sea, dos espectáculos en la misma noche, uno en Junín y otro en Pergamino. Era un noche de mucha niebla y al segundo teatro llegó 40 minutos tarde. ´Nunca más paisanito, porque la guitarra es un instrumento para no apurarlo´ , le había dicho antes a mi papá. Desde el escenario pidió disculpas por la llegada tarde, pero aclaró: “Aunque tan tarde no debe ser porque están los chicos despiertos”, ironizó porque en el pasillo correteaban unos chiquilines que le impedían el inicio.

Papá, nacido en la santafesina Teodelina, había cantado en los años 40 en la orquesta de Lucio Demare. Y a su papá también le debemos haber descubierto a un morocho que tocaba el bandoneón y cantaba con voz gruesa: se llamaba Rubén Juárez. Con el Negro estuvo 12 años. Le hizo grabar varios discos, con algunas canciones de Dany.

 Bolero de acá.  A Dany le cuesta hablar de sí mismo, pero no porque no tenga que decir, sino porque conoció tanto y a tantos que siempre aparece una anécdota pícara. Cuando lo logra, dice: “Con el tiempo caen todos en el bolero. Los que hoy tienen 18 años no escuchan boleros, pero cuando crezcan y tengan vivencias y sufran desengaños, escucharán boleros”, asevera.

-¿Hay una manera argentina de interpretar el bolero?

-Me parece que no es tan grande la diferencia para que sea una diferencia. Puede haber u pequeño matiz con los cantantes de boleros de México, Venezuela o Puerto Rico. Y en eso puede haber una diferencia a cómo lo canto yo, que tengo una manera tanguera de cantar boleros, pero yo vengo de mi papá tanguero y de compartir escenario con Floreal Ruiz, Hugo del Carril, Rodolfo Lezica, Agustín Irusta, cada nene que cantaba como los dioses. Y compartí escenario con Roberto Goyeneche, a quien pongo mano a mano con Carlos Gardel, aunque los fanáticos de Gardel me tiren con un máuser. Cuando al Polaco se le empieza a cascar la voz, que tenía más de 40 años, empieza su éxito, cuando él creía que era un problema porque había sido un cantante genial, de vozarrón, de polenta, tan purista. Cuando canté con el Negro Juárez él llevaba el 80 por ciento de la gente, pero ahí me puse al público tanguero en el bolsillo: me di cuenta que a los tangueros también les gusta el bolero.

-Hay una manera de transmitir que tiene más que ver con el decir que con la afinación. ¿Cuánto pesa eso en el bolero?

-Es el 70 por ciento ese saber transmitir. La gente me dice que le gusta más verme en vivo que escuchar el disco. Porque en un estudio, aunque le quieras meter calentura, es frío. Hay cantantes que son disqueros, como Julio Iglesias, que han vendido millones de discos.

-Son más cantantes que artistas.

-Exactamente. Eso pasaba con Sandro, que era un monstruo, a quien visitaba en su casa de la calle Berutti, en Banfield, me decía que él no era un vendedor masivo de discos. Vendía bien, pero nunca vendió un millón de discos. Eso sí: llenaba los teatros que quería.

-¿Tiene algún heredero el bolero?

-No hay tipos con trayectoria que desarrollen la canción romántica. No hay cantantes con historia en lo nuestro. Y me da mucha pena que no tengamos un heredero, pero creo, de corazón, que tiene que haber en la Argentina chicos de 25 años que canten boleros como los dioses. Pero no aparecen porque hay que poner la moneda. En un Operación Triunfo de hace unos años ganó Paolo, el hijo de uno de los integrantes del Trío San Javier. Ganó, pero después le sacaron la jeringa, entonces no prospera porque un artista nuevo necesita un año o dos de aguante. David Bisbal, que me encanta, ganó un concurso en España, y lo bancaron hasta que se afirmó. Y cuando alguien con talento se afirma no lo parás más.