María Volonté vuelve. Se va, viaja por el mundo, canta, y vuelve a esta tierra de nuevo para cantar. Como en “Nocturno a mi barrio”, de Pichuco Troilo, Volonté parece entonar en silencio los versos de aquel tango del Gordo: “Alguien dijo una vez/ que yo me fui de mi barrio/ ¿Cuándo? ¿Cuándo? Si siempre estoy llegando”. Volonté se encuentra con El Federal a escasas cuadras donde empezó a cantar, hace veinte años en la plaza Dorrego. Volonté siempre está llegando… “Acá empecé, así que me resulta familiar hacer la entrevista en el barrio de San Telmo”, se relaja.
-¿Cómo definís a tus viajes? Turismo no hacés…
-Conocer, conozco lugares. Cuando estoy en Estados Unidos, estoy en California, que es muy grande. Mis viajes son una mezcla de improvisación y de organización. Hay cosas que tengo pautadas y hay otras que se tejen sobre lo que va pasando, Con estos viajes hubo un rebrote de mi parte creativa, empecé a componer más y a tocar la guitarra de nuevo. Eran cosas que tenían dormidas. Quiero profundizar mi composición, no decir: “Bueno, ya está”. Quiero que ese impulso crezca cada vez más, porque me pasaron cosas muy interesantes: me cambió internamente, cambió mi nexo con otros compañeros de ruta, sentí todo de manera muy intensa. Me parece que cuando uno se atreve a saltar, a tirarse sin red, aparece una fuerza que se manifiesta de una manera notable en todos los rubros de tu vida.
-¿Por qué sucede ahora?
-Es un misterio, lo que ocurrió durante toda mi carrera como cantante es que me desplacé de los lugares más estructurados. Siempre estuve buscando otras cosas diferentes. Me encanta experimentar, me encanta romper límites, probar cosas nuevas. Incluso hace veinte años, acá en San Telmo, cuando tocaba en la plaza. En un momento dado, cuando decidí explorar más mi vínculo con la música de Buenos Aires, como el tango y la milonga, también me permití mezclar otra cosas o llevar esa música a otros artistas que nada tenían que ver con el género. He tocado con músicos que venían del pop, del jazz o de la bossa nova, aunque el tango era la columna de mi exploración. Siempre me moví el piso a mí misma. Siendo un género tan transitado, si no encontrás tu propia voz, si no le ponés algo personal, algo adicional que tenga que ver con tu propia vida no tiene mucho sentido, al menos para mí.

Talento de barrio. Volonté está con su guitarra y posa en el mercado de San Telmo para las fotos. La apoya contra su cuerpo e inclina la cabeza para escucharla, como si estuviera afinando. Ha vuelto, luego de muchos tiempo, a tocar de nuevo ese instrumento. Su capacidad interpretativa no cedió terreno. Ahora, se siente una artista más completa.
-¿Cuál es tu marca como intérprete?
-Tratar de ser lo más auténtica posible. Lo digo en el sentido que esas historias que canto, son de otra época, estuvieron situadas bajo otras coyunturas de nuestra historia. Lo que yo trato es hacer un viaje de ida y vuelta, comprender cuál es el vínculo que la gente tenía en el pasado con esa música y con esa historias, y al mismo tiempo ver cómo yo las sostengo en la interpretación. De golpe, sentí que el tango lo podía cantar como una vida vivida intensamente en muchos aspectos. Yo me lancé  a sentir a fondo y abrirme a las cosas en lugar de protegerme de ellas. Yo quiero que aparezca esa desnudez y esa entrega en mi manera de interpretar, antes de determinado fraseo. Donde algunos ponen énfasis, yo pongo susurros y donde otros ponen silencio, yo intento poner ironía. En fin: en vez de refugiarme en maneras instaladas, dije, “¿qué me pasa a mí con esta música?”
-¿Para poder interpretar bien tangos, hay que empezar por los clásicos?
-Yo exploré un poco de todo. De las maneras más tradicionales a las cosas más nuevas, que también se transformaron en hits de nuestros shows, porque a medida que vas cantando, vas creando una audiencia que te pide las cosas que cantás. También canté cosas de otros artistas que no tenía nada que ver con lo que estaba haciendo. Para mí, fue un poco de todo. Lo que siempre tuve claro es que yo soy afín a una fusión que tenga el espíritu afín al jazz y la bossa-nova. “Nostalgias” arranca como un tango y en la segunda parte deriva en bossa-nova y juro por Dios que no hay una cosa que me parezca más natural. Al menos es lo que sentí cuando la canté. Me permito seguir esos sueños locos. Lo mismo me pasó con “Sueños de juventud”, divino vals de Discépolo, divina versión de Gardel. Okay: yo puedo cantarlo casi sin cambiar el groove del bajo, pero también sola con un contrabajo y después que aparezca el piano. Exploré lo tradicional incluyendo mi punto de vista. No es ni peor ni mejor que otros, sólo es mío.
-¿Cambiaron tus shows?
-Sí. Mi guitarra ahora es la protagonista. Si se da la gana de cantar “Naranjo en flor” o “Los mareados”, vendrán de un lugar absolutamente libre de lastre. Uno tiene que exponerse.
-¿Cómo se gestó 9 Vidas, tu último álbum?
-Lo grabamos a fines de 2009, cuando volví de Estados Unidos. Hacía dos años que no venía a Buenos Aires. Cuando volví me reencontré con gente con la que ya había tocado antes, entre ellos el bajista Jorge Rabito, Joaquín Celán, que vino de la mano de Rabito y Kevin Footer, que me acompaña con la armónica. Con la armónica le metimos todo el perfume de la marginalidad que tienen el blues y el jazz y mi guitarra. (ver Recuadro) 
-¿Ahora te volvés a ir a EE. UU.?
-Sí. Me voy tres meses con Kevin. Me va muy bien y disfruto mucho cantar allá. Y los frutos son muy ricos cuando viajo. Como consecuencia de una gira que hice con Mavi Díaz en España, sacamos un disco que editamos a fines de 2010, de un sello de word-music, que hizo una recopilación de temas de todos mis discos, incluso del último, ”9 vidas”, y además grabamos algunas cosas nuevas. Por suerte este material circuló en alrededor de treinta países, mis movidas en el exterior siempre han sido a pulmón, nunca con un agente.