?Fotos Juan Carlos Casas?

Habían pasado algunos minutos de las seis de la tarde del 24 de abril de 2009 cuando el violín mayor del monte quichuista dejó de sonar un momento para que sea el silencio el único capaz de hablar. Don Sixto Palavecino había nacido en Barrancas, departamento de Salavina, en Santiago del Estero, un 31 de marzo. Hoy hubiera cumplido 99 años. 

?A ese hombre le debemos la simpleza, le debemos el quichua aun respirando en medio de tanto castellano obligado, le debemos la leyenda de su Santiago agreste, le debemos la voz sabia escapando del quejido silvestre de su violín sachero. Todo eso era Sixto Palavecino.

?La historia dice que a los 12 años tuvo su primer violín, que en 1963 lo trajo, con sus hijos, a Buenos Aires. De a poco, las coplas quichuistas que le apretaban el pecho ya no eran de él. Se habían ido a muchos otros que la tomaron para sí. Peluquero y curioso, en 1969 salió al aire el primer programa de Alero Quichua Santiagueño por LV11 Radio del Norte, de Santiago del Estero. Cuando los problemas de salud no lo dejaron salir de su casa, siguió con su programa desde su casa, con la fidelidad de sus hijas cuidándolo siempre. En Alero Quichua Santiagueño hacía lo que en la vida: mezclaba música tradicional con ritmos de folklore electrónico.

?Con esa humildad que le era tan propia, decía que era violinero, que violinista eran los que habían estudiado el instrumento que él ejecutaba con la sabiduría que le había dado su cualidad de aprendiz del monte, el lugar que refugió de la vista de su madre su primer violín, construido por él mismo. Don Sixto lo guardó por un año en el hueco de un tronco de algarrobo para que su madre no lo creyera parte de esa calaña de borrachos que, se consideraba, eran entonces los músicos. Tarde registró sus más de 300 obras escritas, pero le alcanzó para hacerla conocida. En 1966 grabó para la RCA Víctor su primer disco: “Sixto Palavecino y sus hijos”, el conjunto que armó con Haydeé, Carmen y Rubén. ??

Quichuista y montaraz

??Sixto era pizcas de español en un mar quichua, en labios de quien sostuvo el intrcambio cultural coomo herramienta del crecimiento humano. De tanto andar, León Gieco lo descubrió, lo invitó a cantar con él y lo inmortalizó en “De Usuahia a La Quiaca”, en los años 80. Todos pusieron el ojo en la relación de Sixto con los rockeros. Una vez más, él respondió con poesía y gracia. “Anda diciendo la gente / que Sixto ya no es sachero / se junta con los de afuera / ahora se ha vuelto rockero”.

?Respondía pícaro, con una sabiduría oriental en su rostro castigado de salitre y viento, cuando le consultaban algo comprometido. Cuando le preguntaron si, como marca la tradición, escupió la imagen de Cristo para entrar a la Salamanca, dijo, en voz baja: “Yo entré por la puerta de atrás”. ?

Tradujo al quichua el Martín Fierro, con la ayuda de Gabriel Conti y Daniel Burns, profesor de la Universidad de Texas, quien vivió unos años en Santiago para ayudarlo en esa tarea. Recibió el premio Martín Fierro, fue nombrado Personalidad Emérita de la Cultura, pero jamás vivió a la sombra de un premio ni buscó el aplauso como fin del camino. El camino era su meta.

?Tal vez las cuentas con Don Sixto queden pendientes para siempre. A él, seguro, le alcanzó con saber que su instrumento, su idioma ancestral y su gente lo tendrán en el presente de sus días. Por eso es justo decir que no se fue al silencio Don Sixto, que no se fue a ningún lado, ni siquiera se murió. Dejó el arco al costado, se acomodó los lentes con sus dedos musicales y se llevó el violín, sus notas dulces de viento y camino, a su andar libre de copla montaraz.