Presentamos hoy una lectura más que interesante publicada en 1926: “Hace ya más de medio siglo que un paisano porteño, jinete de un caballo color de aurora y como engrandecido por el brillo de su apero chapiao, se apeó contra una de las toscas del bajo y vio salir de las leoninas aguas (la adjetivación es tuya, Lugones) a un oscuro jinete, llamado solamente Anastasio el Pollo y que fue tal vez su vecino en el antiyer de su ayer. Se abrazaron entrambos y el overo rosao del uno se rascó una oreja en la crin del pingo del otro, gesto que fue la selladura y reflejo del abrazo de sus patrones. Los cuales se sentaron en el pasto, al amor del cielo y del río y conversaron sueltamente y el gaucho que salió de las aguas dijo un cuento maravilloso. Era una historia del otro lado del mundo –-la misma que el genial compadrito Cristóbal Marlowe le inspiró aquello de ¨Hazme inmortal con un beso¨ y la que fue incansable a través de la gloria de Goethe- y el otro gaucho y el sauzal riberano la escucharon por vez primera. Era el cuento del hombre que vende su alma a Satanás y el narrador, aunque hizo algún hincapié en lo diabólico del asunto, no intimó con tales farolerías, ni menos con la universal codicia de Fausto que apetecía para sí la entereza del espacio y del tiempo. Ni la ambición ni la ansiedad lo atarearon y miró sólo a Margarita que era todo el querer y hacia cuyo patético destino su corazón fue volvedor. Ya cumplido el relato –con mucho entreacto de aguardiente, ocurrencias y de recordación de la pampa- se levantaron ambos hombres, ensillaron al pingo colorao y al pingo color de aurora o madrugón y se fueron. ¿Adonde? Yo bien sé que Anastasio el Pollo surgió como una divinidad de la aguas, mas desconozco su paradero ulterior. Quiero pensar que fue feliz, pues varones como él enderezan siempre a la dicha y en la media hora de amistad y de charla que en el desplayado le oímos, traslució más divinidad que la que guardan muchos años ajenos. Yo emprenderé algún día una peregrinación al Bragao y allí en la hondura de los últimos patios, daré con algún viejo matero o con alguna china antigualla que recordarán gracias suyas (gracias borrosas,como antiguas monedas) y que me dirán la muerte y milagros de hombre tan inmortal. Antes, voy a considerar la poesía que me permitió conocerlo.
El  “Fausto” de Estanislao del Campo es, a mi entender, la mejor que ha dicho nuestra América. Son aplaudideras en ella dos nobilísimas condiciones: belleza y felicidad. Y conste que al decir felicidad no pienso en la curiosa felicidad del elogio latino, frase que muchos suelen entender como suena y cuya equivalencia castellana es algo así como justedad ciudadosa, sino en la buena voluntad y en el júbilo que sus versos trascienden. Libro más fiestero, más díscolo, más palmeador del vivir, no conozco ninguno. Dicha y belleza están en él: excelencias que fuera de sus páginas, sólo en alguna mujer perfecta he mirado”. Prosigue el autor elogiando a Estanislao del Campo (de padre militar y unitario, cuyos bienes fueron confiscados por Juan Manuel de Rosas), quien coincide con la ideología de su tío, unitario también.
Prosigue el autor con un  verso del  “Fausto” que dice: “Ya es gúeno dir ensillando/ -Tome este último traguito/y eche el frasco a ese pocito/para que quede biyando”. Escribe luego: “Fresca y liviana como una luna nueva es la estrofa, y esa misma gracia instintiva no albricia sólo al Fausto sino a las otras composiciones rurales de nuestro gran porteño. Hay una copla suya que dice: “Mira, si fuera pastor/y si tú pastora fueras,/me parece que andarían/mezcladas nuestras ovejas”.
El autor al que nos referimos es Jorge Luis Borges, en una temática desconocida para muchos que no han seguido su obra. Muchas veces se ocupó de gauchos, malevos y cuchilleros como Jacinto Chiclana. Es bueno poner en su justa medida a un escritor más famoso y criticado que leído.