Fotos: Juan Carlos Casas

 

Atrapada por el arte.

 

Sofía Viola es hija del trompestista Pollo Viola. Y su tío Omar es un prócer de las artes independientes: estuvo al frente del teatro Parakultutal de Buenos Aires, ícono de la noche porteña en la década de los ochenta cuando asomó la democracia. ”Mi papá me metió música por todos lados.

 

“No tengo recuerdos de no música en mi vida. Además cuando lloraba, mi mamá me ponía la música al palo y se iba a limpiar la casa. La música era mi chupete”.

Se críó en el sur del GBA, entre Remedios de Escalada y Temperley. El colegio no le gustaba y su familia le dio libertad para hacer lo que ella quisiera. Entonces no iba nunca…aunque se  retracta y dice que tampoco era tan así.

“Mi viejo me hizo estudiar trompeta y violín, pero no encajé en ningún instrumento…Hasta que encontré el canto”. El canto, claro, no es el canto de los pájaritos, sino su canto. A los nueve años, la madre de una amiga exclamó como si tuviera poderes especiales: “¡Pero vos cantas!”. Sofía imitaba a Shakira y a Tita Merello (dice que las hacía igual) y finalmente se dio cuenta de que era una heroína pequeña con ganas de conquistar al mundo. “Tenía una voz, ¿cómo nadie me dijo que podía usarla”, se plantó frente a sus padres.

 

 

 

No hay música, no hay banda, no hay orquesta.

 

Cuando se liberó de los instrumentos (y de los profesores de música ¡Viva!) continuó con la misión. “Al estudiar trompeta mis pulmones se volvieron extraordinarios porque se desarrollaron mucho. Toqué trompeta hasta que mis viejos se separaron”, dice barriendo la metáfora.

“Tenés que tocar, tenés que tocar”, insistía su padre que deseaba que tocara en la orquesta de la policía. Le decía que el trabajo era cómodo: un par de horas de ensayo por la mañana, un par de servicios a la semana y después todo el día libre. A Sofía el futuro le cerraba. Pero más le cerraba a su padre. “¡Además tenés una obra social espectacular, hija!”, trataba de convencerla. Pero no. Con los padres siempre no.

 

 

A sus anchas solita.

Sofía Viola se siente a sus anchas solita, moviendo los brazos como aspas, con apenas un charangón o una guitarra.

 

Tiene veintitres años y canta desde los dieciseis. “Parmi”, en 2009 fue su disco debut (lo produjo Martín Minervini). A este lo sucedió “Munanakunanchej en el Camino Kurmi” (2010), título que en quechua significa “Tenemos que querernos en el camino Arco Iris”. Como los grandes tenistas de la historia (Boris Becker, Pete Sampras o Rafael Nadal) goza de su plenitud cuando todavía le falta tiempo para cumplir un cuarto de siglo. Se rumoreó que Gustavo Santaolalla iba a producir “Júbilo”, su tercer álbum, aunque al final no fue así.

-¿No te gusta tocar con banda?
-No es que no me gusta. Yo me las arreglo bien con el charangón o la guitarra: así es más fácil trasladarse. Si tuviera una banda habría que darle de comer a un montón de gente (risas).

-¿Dónde grabaste “Júbilo”?
-Se grabó en El placard y la producción estuvo a cargo de Ezequiel Borra que tiene un especie de laboratorio de instrumentos: cajas africanas, arpas paraguayas, charangos, etc. “Demando cerca de dos años porque Ezequiel es muy obsesivo y hubo varias mezclas finales. La mezcla final la hizo Federico Escofet, que es un gran músico. Nos ayudó mucho”. Hay muchos invitados: Javier Casalla (violín), Juan Canosa (tubista y trombonista), Alvy Singer (contrabajo), Axel Krieger (pianos) y Julieta García. El sonido es muy bueno.

-Grabaste dos discos caseros y ahora uno más producido y que saldrá del circuito independiente, ¿es cómo grabar un disco por primera vez?
-Los dos primeros discos fueron grabados con lo que había, pero eso no los menosprecia. Este es mi tercer disco. En el trabajo mejoré la producción, pero a la vez es artesanal porque llevó mucho tiempo hacerlo. Lo artesanal lleva más tiempo, ¿no? (risas). 

-¿Te metiste en la producción?
-No, Ezequiel lo hizo todo. Yo me dediqué a hacer las cosas de la casa para que no se venga abajo (risas). Ya no quería más “cortar y pegar” papelitos como en los dos anteriores, pero en realidad voy a seguir copiando esos discos, en algún momento voy a masterizarlos.

-Cantas desde los dieciseis, ¿a qué edad saliste a ver el primer show?
-Empecé a salir a los doce. Canto desde los diez.

-¿Tus padres te acompañaban?
-No, sola. Me dieron mucha libertad. Iba al teatro, a ver shows de música. A los doce me metí en un corito del Conservatorio. Me gustaba el canto porque era lo que me salía más fácil. Pero duré poco. Después estudié en la Escuela de Música Popular de Avellaneda. Pero nunca me gustó estudiar. En la teoría no cazaba una y me peleba siempre con el profesor de canto. Mo me sentía contenida. Pero me di cuenta de que a mi alrededor eran todos músicos también. Así que le dije a dos chicos si no querían tocar tangos. Mi viejo me decía que tenia que cantar tango, aunque nunca me habló de ninguna obra social de los tangueros (risas). A mí me atraía. Tenía voz de tango y mi tío Omar tenía una milonga. Me iba con la preceptora del colegio. Ella bailaba y yo cantaba como “Curda”, una payasa que cantaba tangos y que era mala onda.

-¿Considerás un kilómetro 0 de tu carrera? 
-Sí, un lugar en Temperley que se llama Ludovico. Yo salí de ahí. Era 2005.

 

Tocar en vivo.

-¿A partir de “Júbilo” pensas tocar más?
-Hace un tiempo que toco menos que antes. Ahora tengo la energía más controlada para otras cosas, como atender mi casa o que vaya un montón de gente a los shows en el interior. Además elijo dónde ir. Ahora tengo más interés en tocar en el interior, aunque nos tengamos que pagar el viaje o el hotel. Además me gusta estar en mi casa y cocinarles a mis amigos. Me gusta ocupar el tiempo ahí.

-¿Te aburre o te cansa tocar seguido?
-A veces me olvido y no voy (risas). Por suerte me ayuda mi malager (sic), Gustavo Ameri (risas) que se encarga de hacerme acordar las cosas. Es mi guía. Me cansa tocar seguido porque no me gusta la noche. Pero a la vez me encanta que el público se renueve, ¡para eso tengo que tocar! (risas). Se produce un vínculo con la gente, de hecho tengo amigos que salieron de mis shows. Yo estoy para dar y recibir (risas).  Me gusta que les alegre mi música.

-¿Qué cambia de tus shows sacar un disco?
-Me hizo cantar canciones que había dejado de cantar, como por ejemplo “Tecito caliente”, la que abre este disco y que nunca la canté mucho en vivo. También Tío Corrado, compuesta en 2009. Es lindo reencontrarme con viejas canciones. Tengo la misión de desparramar la música. Por ese hago el sacrificio (hace la seña de comillas, como que no es un sacrificio) de moverme todo lo que pueda y comunicarme con la gente. El disco es una excusa para volver a los lugares dónde fui.

-¿Te encontrás con sorpresas?
-Sí, en Valparaíso, Chile, me pregunté ”¿cómo me escuchó esta gente?” La respuesta es obvia, pero no deja de sorprenderme. Además de la web, todavía funciona el boca en boca. A la mayoría de los logares dónde voy nadie tiene mis discos y es porque los tengo todos yo en mi casa (risas). Soy una artista viral (risas).