Posiblemente, Lowell Bergman sea el ejemplo vivo del periodista comprometido con la verdad. La vara con la que muchos desean medirse. No sólo ha desarrollado impresionantes trabajos de investigación a lo largo de su casi medio siglo de ejercicio profesional –la mayoría de los cuales corresponden a temas controversiales y complejos- sino que la calidad de su material ha llegado a seducir a Hollywood: su nombre cobró trascendencia mundial gracias a la recreación que hizo de él Al Pacino en la película de Michael Mann “The Insider” (1999), que fue conocida en la Argentina como “El Informante”. La historia, coprotagonizada por el australiano Russell Crowe, revela el conflicto de intereses que se produce cuando una cadena televisiva –la CBS- se niega a poner al aire una investigación que desnuda las miserias de la industria tabacalera: Sus responsables pretenden ocultar los estudios que demuestran que su producto daña a la salud, genera adicción y mata.
Aunque no se trate de un documental, el filme cuenta la historia real del científico Jeffrey Wigand, ex ejecutivo del tabaco que fue responsable de aquellos estudios corporativos, quien se expone para ofrecer esta vital información al programa 60 Minutos, producido por Bergman.
De visita en Buenos Aires, donde participó como expositor del VII Congreso Nacional e Internacional del Foro de Periodismo Argentino –Fopea-, el Lowell Bergman real, lejos del glamour de las luminarias, se muestra a sí mismo como una persona real, cálida y apasionada de su trabajo.
Desde que se estrenó “The Insider”, mucha gente conoció a Lowell Bergman gracias a la caracterización de Al Pacino. ¿Cómo afecta el personaje de Hollywood el trabajo del periodista real?
Cuanto tomé la decisión de ayudar a realizar la película, fue porque viví circunstancias muy inusuales que me llevaron a hacerlo. Esas circunstancias fueron, en sí mismas, un capítulo aparte de la historia. Hay una escena en la que Al Pacino está con su esposa. A propósito, aclaro que mi mujer no es rubia, ni más alta que yo, y jamás me llama “honey” (dulce) (risas). Pero como decía, hay una escena en la que Al Pacino habla con su esposa, justo en un momento de incertidumbre en el que no sabe si durará o no en su trabajo, en el que le dice algo así como: “Si llamo al conwwwador de alguien y digo que soy Lowell Bergman de 60 Minutos, responderán enseguida. Pero si llamo como Lowell Bergman, a secas, nadie me devolverá el llamado”. Bueno, una de las razones por las que un periodista normal como yo no haría lo que yo hice en esta circunstancia, es que razonaría que debería dejar un trabajo muy bien remunerado como 60 Minutos y un programa exitoso con un gran impacto público. Una de las razones por las que yo permanecí allí durante tanto tiempo, es porque investigué muchas historias… (N. de la R.: Bergman trabajó para la CBS y se incorporó a “60 Minutos” en 1983. Produjo por 14 años en la cadena). 
Si no me equivoco, hizo más de medio centenar de temas. Entre ellos, el tabaco, el narcotráfico, entrevistas a líderes del terrorismo islámico, la guerra del Golfo, y otros temas controversiales. ¿Verdad?
Lo que se ve muy claro en la película es que cuando trabajás para semejante cadena, lo que los jefes hacen es hacerte saber que vos podés hacer grandes investigaciones, o lo que quieras, pero igualmente pueden reemplazarte en cualquier momento. En las discusiones, te enrostran frases tales como “tenés tanta suerte de trabajar acá”, para que dejes de hacer algo que les molesta. Así que en parte, con esta película, fui muy afortunado por las circunstancias en las que se realizó. Conocí a todos los involucrados en el proyecto, antes de que arrancara. Y el haberme convertido en el personaje que interpretó Al Pacino, fue una forma de lograr que la gente me conwwwe el teléfono, porque ahora saben quién soy. Otro aspecto sobre el que tuve suerte es que es una película excelente. Y no tratándose de un documental, su trama es muy cercana a lo que pasó en la realidad. Es muy precisa en su naturaleza emocional y política. Quizás se cambió la línea de tiempos, hubo algunas alteraciones en el guión para hacerlo más dramático, pero el mensaje básico es que sí, las empresas tabacaleras buscan ganancias sin importarles la salud de los consumidores. Pero también que las grandes corporaciones mediáticas están sólo interesadas en sus propias ganancias y no necesariamente en lo que es bueno para la salud pública. La segunda parte de la historia nunca se contó en televisión de aire ante una audiencia masiva. Yo escribí algo sobre ella, seguramente lo seguiré haciendo, pero cuando escribís estas historias raramente el gran público llega a verlas, a leerlas o incluso a interesarse por ellas. A menos que participes de una gran película, y una vez que la nominan a siete Oscars, mucha gente quiere verla en cine o en DVD, y allí ejerce alguna influencia. Y ese fue mi logro.
Hace un ratito atravesamos el umbral de esta confitería. ¿Vio el cartel que dice que aquí está prohibido fumar? ¿Qué siente cada vez que ve un cartel así?
Quizás ayudé de alguna manera a influir en el entendimiento popular sobre el problema del tabaco. Pero esa no era mi intención, por el solo hecho de hacerlo. Lo que pasó fue maravilloso, porque yo mismo era un fumador y supe que el cigarrillo es peligroso y puede matarte, no es bueno para vos. Es adictivo. Cuando dejé de fumar gané 20 libras (unos 9 kilogramos) que había perdido. La diferencia, la sorpresa para mí es que mucha gente todavía fume, lo que sigue siendo un gran fenómeno. Quizás no en los Estados Unidos, quizás no en todas partes, pero en China, en Japón, en otros lugares, hay compañías poderosas que siguen haciendo mucho dinero con esto. La diferencia es que no te pueden mentir más, y deben decirte que el tabaco te hace mal. Entonces, el fumar hoy depende de tu decisión.
Y está el rol de los medios.
Obvio. Fijate que en “The Insider”, en lugar de lo que ocurre en otra película, “Todos los hombres del Presidente”, la compañía periodística es el chico malo. El medio de comunicación en este caso no es el protagonista bueno, y lo que la gente tiene que entender es que toda gran organización mediática tiene sus propios intereses. Y no es necesariamente bueno para la gente consumir eso.
¿Qué opina de las compañías de medios que gozan de posiciones dominantes?
La BBC tiene una posición dominante. Su poder es abrumador. Ya no es tan grande como solía serlo, pero sigue siendo importante. En general, yo diría que tiene una influencia importante, porque como una institución sin fines de lucro y dependiente de un gobierno, tiene un gran compromiso con la educación pública. Y eso es lo que los medios realmente somos. Somos una pequeña pieza del sistema público de educación.
Claro, pero usted me habla de un canal oficial. ¿Qué pasa si la posición dominante en un país la ejerce un gran multimedios privado?
En términos generales, no me parece una buena idea. Sé lo que está pasando en la Argentina con Clarín, y lo pensaría de esta manera: en 1970, en mi país, los diarios estaban pasándola muy mal. Un par de diarios calcularon que sólo sobrevivirían si unificaban las plantas de impresión, fusionaban la distribución y vendían publicidad junto a sus competidores. Eso pasó en San Francisco. Algunos años pasaron, y el Congreso aprobó una ley antimonopolio, que permitía la asociación entre medios. Ellos crearon estos monopolios básicos en los negocios de medios en todas las ciudades de los Estados Unidos. Grandes diarios, sabés… “The Washington Post” se convirtió en el diario dominante en Washington. Pero el Congreso lo avaló, porque los diarios tenían que sobrevivir y los legisladores vieron de interés público que tengamos diarios. El Congreso no lo hizo porque eran buena gente, sino porque invertían en periódicos, que contribuyen a la educación pública de la gente. El resultado, es que toda clase de diarios sobrevivieron, y no todos hicieron mucho dinero. En términos generales, las posiciones dominantes, muy cerca de las posiciones monopólicas, significan que los intereses de los diarios son diferentes a los intereses de los reporteros y de las personas que aparecen en ellos. Puede lograrse, pero es muy difícil mantener con honestidad a una organización dominante.
¿Qué opina sobre el control del Estado sobre los medios?
Es casi imposible para el gobierno hoy en día lograr ese control, debido a internet. Debería, también, interceptar la red. Cuando el New York Times hizo hace poco una investigación maravillosa sobre la familia del primer ministro chino, los funcionarios de ese país frenaron el acceso a esa página desde China. Así que la existencia de internet es algo que los gobiernos quisieran manipular, pero les cuesta mucho lograrlo. No es lo mismo que parar la distribución de un diario en un país, o bloquear a una estación de radio o tevé. Pero diría que no es buena idea de que un gobierno controle, ya que le costará cada vez más mantener ese control a medida que los años pasen…
Pero…
Como académico, he tenido que leer para mi doctorado toda la historia de la Filosofía, de Sócrates en adelante. Y el principio básico de este filósofo alemán llamado Hegel, es la noción de que la historia progresa en la conciencia de la libertad, y hasta donde sé, eso es verdad. La verdad, a mí no me simpatiza mucho la gente que me dice “no tenemos que criticar al gobierno, porque está ahí”. Yo creo, precisamente, que es porque está ahí que debemos criticarlo.