Por Juan Leo López

Sara Facio supo captar desde su lente cierta esencia de los argentinos. Las imágenes logradas a lo largo de su extensa carrera ya son parte del imaginario nacional. A propósito de su muestra antológica en el Festival de la Luz de Buenos Aires y de la edición de su último libro, una buena excusa para conversar sobre la magia y encanto de la fotografía, su eterna pasión.
– ¿Cuál es la esencia de la fotografía, aquello que hace que nos quedemos prendados de una imagen?
– Es una mezcla de espejo y de interpretación. Cuando uno ve una fotografía, ve algo que es reconocible, ya visto y palpado, pero como está interpretado por otra persona, se muestra otra mirada. Entonces, si la mirada del fotógrafo coincide con la de uno mismo o es antagónica, se produce una serie de sensaciones. Como es algo fijo, da lugar a la reflexión. A todos esos grandes pensadores que dicen que todo lo visual es irreflexivo, o que lo visual está alejado de la razón, yo les digo que no está nada alejado de la razón ni de la reflexión; al contrario, la fotografía es un lugar para la reflexión, porque te hace pensar, más allá del sentir. Me parece que la fotografía es un lenguaje muy amplio, completo y que por eso tiene tanta aceptación por la gente. 
– ¿Le parece que nuestro imaginario es predominantemente visual en el presente?
– Creo que sí, hoy estamos más acostumbrados a la imagen que a la escritura. Desde que me acuerdo, siempre pensé por imágenes, porque tengo una formación de Bellas Artes, siempre fui visual. Y cuando comencé fotografía de alguna manera quise enterrar la pintura y el dibujo. Me gustaba más el dibujo que la pintura, no sé si será porque era en blanco y negro. De todas maneras sigo gustando muchísimo de las artes plásticas.
– ¿Y cómo ve esa relación entre fotografía y pintura?
– Todavía hay muchos que se niegan a aceptar el status de arte para la fotografía. Yo hace quince años entré al Museo Nacional de Bellas Artes y la contra más grande la tuve dentro del museo, para hacer la colección fotográfica que quise hacer del Patrimonio Nacional del Museo de Bellas Artes, para que el museo tenga una colección permanente de fotografía. Llevé todas las opciones, porque mi manera de ser no es largar ideas y que las hagan los otros, no, yo tuve una idea y fui personalmente a concretarla. Y las objeciones más grandes fueron de gente que conocía de pintura y sabía de arte.
– Así y todo, su carrera la comenzó como fotoperiodista o reportera gráfica…
– Así es. Componía notas y las entregaba con escritos y con fotos. Para mí no hay ninguna división entre lo artístico y lo profesional. Siempre traté de hacer cualquier trabajo profesional, aunque se tratase de fotografía social, una novia por ejemplo, intentaba hacerla lo mejor posible y si me salía una obra de arte, la novia encantada y yo también. El fotoperiodista debe tener una mirada diferente, personal, que lo saque del documento chato.
– A propósito de esto, ¿cómo se entrena la mirada fotográfica?
– Primero la sensibilidad del fotógrafo, después la carga que lleva, su educación, su visión del mundo, su cultura y su sentido de la ética también. Porque es muy importante tener la intuición de qué se tiene que sacar, qué mostrar y qué no, por qué, para qué, ¿sirve denigrar a una persona? Cuestiones que se deberían tener más en cuenta. Yo creo que en todos los aspectos de la vida, sobre todo en los creativos, es muy difícil que encuentres un artista grande, de cualquier especialidad, músico, pintor, cantante, que no tenga un sentido ético. Así lo siento y lo veo. Si no, la humanidad sería muy triste.
– Usted tiene retratos famosos, algunos de escritores, artistas reconocidos y también de personajes anónimos. ¿El retrato capta cierta aura de las personas?
– De cierta manera; un ejemplo de eso es cuando los indígenas se niegan a ser fotografiados, porque dicen que les roban el alma. Yo en varias oportunidades lo dije, ¡yo quiero robarle el alma a la gente cuando le saco un retrato! Por supuesto. El alma, el aura, otro dirá el ser y otro dirá el misterio cognitivo y así muchísimas acepciones. Tratar de tomar el interior de una persona, el espíritu. Si son conocidos uno los conoce por su obra, entonces sabe cómo es su mundo, sus inquietudes, sus anhelos. Y si son absolutamente anónimos como tantas veces he tomado, en la serie “Humanario”, por ejemplo, tratar de buscar los sentimientos de esas personas, en qué está la persona en el momento en que uno lo está enfocando, si está en un momento de meditación, de alegría, de tristeza.
– Como en la serie “Los funerales de Perón”…
– Está demostrado ahí porque es lo que yo sentía en ese momento, con todos esos chicos, había adolescentes, jóvenes, señoras, varones que tenían un profundo sentimiento de pena, de dolor, de orfandad finalmente. Yo quería captar eso. Inclusive en la foto de Isabel Perón en la que está entrando a la Catedral rodeada de militares y de granaderos, que son más inocentes, a mí me daba la sensación de que se trataba de una persona que necesitaba protección. Creo que la foto algo de eso dijo.
– ¿Se capta cierto espíritu de época en su fotografía?
– Yo creo que sí y es lo que siempre quise lograr. Vivir en el momento en que vivo y transmitir todo, aun los gestos, la ropa, todo marca. Justamente recién tuvimos que hacer un escaneo de un libro mío de los años sesenta, donde está una serie de varones caminando por la calle Florida, y la persona que me pidió esta foto está escribiendo algo sobre los hombres de los años sesenta y dice que ahí tiene como un retrato de cómo están vestidos, el saco y corbata, los sombreros. Si vos hicieras hoy ese mismo estudio sobre la calle Florida, vas a ver la diferencia temporal, no sólo el peinado y la ropa, sino la gestualidad, la manera de caminar, las posturas corporales. Yo lo que siempre quise fue trasladar a la imagen mi gente y mi país, sobre todo eso, por lo visto lo logré bastante. Soy muy patriotera, qué le voy a hacer.
– Para terminar, se impone la pregunta: ¿una imagen vale más que mil palabras?
– No creo, eso es reversible, una palabra bien puede valer más que mil imágenes