Un tono es la chispa perdida en un fogón. Un verso entrelazado con otros es un diálogo entre paisanos. Una rima deja de serlo para volverse el andar cansino por la ancha pampa. Acaso sea esa la mejor cualidad de la música surera: el saber traducir lo cotidiano, los sueños, los enojos y las esperanzas del gaucho. Los rigores de una madrugada, el manto de la cerrazón nublando los ojos del gaucho, el horizonte alineado cada día ante la vista, recibiendo y despidiendo a un sol naranja e inmenso.
“Con 64 años en la música, 54 profesionalmente, todavía me sigue emocionando una salida de sol en la Bahía del Samborombón. Y me inclino ante la catedral de un nido de hornero, que todavía no puedo entender cómo hace semejante cosa y nunca vi uno embarrado a pesar de que trabaja con barro”, dice Omar Moreno Palacios, un patriarca del canto surero, pero también un analista. “Salvo excepciones, los sureros se han quedado en la milonga y la huella, en el triunfo, que son siempre los mismos y a los que sólo le cambian un par de notitas. Y esta es una provincia de la que podemos grabar varios discos sin repetir ningún ritmo. Esos que han venido de los mares como el caballo, el idioma y la guitarra”, dice.

Esencia surera. Con esas definiciones arranca Moreno Palacios, boina negra y alpargatas coloridas, chaleco rojo, ceño fruncido y risa franca. Lo dice al lado de Facundo Picone, un joven nacido en 1979, 40 años después que Omar en la misma tierra y con el mismo don: el canto criollo de la llanura. “No es surero el que canta una milonga. Se es surero por lo que se piensa, por lo que se dice y por lo que se canta”, afirma con fuerza el hombre que escribió a pedido de Radio Nacional el manifiesto surero. “A mí no me interesa que en un fogón el tipo no tenga una voz linda y trabajada. No me importa eso, si el tipo me pone los pelos como para labrar naranjas. Si el tipo me está diciendo algo, lo demás queda en un segundo plano. Si la voz es linda, pero no transmite nada, ¿para qué sirve? Hay mucho trapecista con la guitarra, pero hay pocos que emocionen con una nota, poniéndola ahí… como si fuera una lágrima. Hay que poner esa nota, ¡eh!”, dice. Está creando una asociación surera. “Pero surera ¡eh!”, aclara. Editará cinco discos con música surera: 80 canciones que este año editará el sello B&M. 
-¿Imaginaron expresar su paisaje en otros ritmos que no sean los sureros?
-Omar: No, no se me ha ocurrido. Yo nací de potros en la sangre y pájaros en el alma. A los 7 años no tenía dudas de lo que iba a ser en mi vida; nunca me tuve que hacer un www de orientación vocacional. Lo sabía porque mi casa fue una casa de puertas abiertas. Yo vengo de gauchos. Son todos gauchos mis antepasados. Por mi casa pasaban poetas, cantores, guitarreros. Los pájaros todavía me ejercen y los potros también.
-Facundo: Dentro de la música me gustan varios ritmos, los del Litoral, los cuyanos. Pero los ritmos, las costumbres y la gente de Buenos Aires me atraparon desde siempre. Tal vez fue mi padre quien me contagió el gusto desde muy chico. Siempre canté estos ritmos.
-¿Cómo traduce la canción surera el paisaje y las vivencias?
-Omar: Y… desde adentro. Como jurado del PreCosquín, observo que hoy se canta desde afuera. El tecleo de una máquina de escribir de las de antes me emociona más que muchos de los que llenan una cancha. Yo sé cuándo se empezó a perder la tradición. Muchos de los que cantan ahora son flojos, livianitos como caldo de tero. Salvo excepciones como Raúl Carnota, que enchufa la guitarra pero sabe, el resto… Es imposible construir a partir del tercer piso: se necesita siempre de la raíz, de la tierra.

Nace el Sur. La música surera es un bien compartido por una región que incluye cuatro provincias argentinas -Buenos Aires, La Pampa, Santa Fe y Entre Ríos- y dos países limítrofes -Uruguay y Brasil-. Una cualidad la distingue del resto: ejecutores solitarios que se acompañan con guitarra. “El canto de la llanura es de hombre solo. Podés cantar una milonga a media letra a lo sumo, pero no hay dúos sureros. El surero es el canto del hombre solo”, remarca Moreno Palacios.
Extendido de varios modos, la literatura gauchesca del siglo XIX fue el primero: el gaucho y su música protagonizaban las historias. Al mismo tiempo, Buenos Aires recibió inmigrantes de Europa y de América que la nutrieron hasta darle un color propio. Hubo otro modo de difusión imprevisto: los ejércitos independentistas cantaban cielitos. Y claro, también ayudó que Buenos Aires fuera desde siempre una ruta comercial transitada. Con el auge del circo criollo, en la segunda mitad del siglo XIX, suben a escena obras como Juan Moreira (1884), donde se tocaban un gato y un estilo. El siguiente culpable de llevar poesía y canto con sabor llano fue el payador, quien incluía en su improvisación otros ritmos como la cifra, el estilo, la milonga, el vals. Por esos años se forman centros tradicionalistas como forma de resistir con lo propio ante el avance externo. De esos años data El Gaucho Martín Fierro (1872), la genialidad de José Hernández. Seis años después sube al Teatro Colón la primera obra sinfónica nacionalista, llamada La Pampa. Y 20 años más tarde con Pampa el gauchaje entra en la ópera. Por añadidura, los ritmos de la planicie entran a formar parte de guitarristas e integran el sainete y la zarzuela. En ese silencio que Yupanqui había llamado “la hora azul de las vidalas” el surero se puso a despuntar el horizonte. Un atardecer cualquiera empezó a ser una canción. Así le fue poniendo palabras a los silencios y encontró en el viento la música. De Cuba, de Polonia, de Perú, de España, los ritmos que metabolizó Buenos Aires los cantó el país. Los sureros fueron cronistas de las vivencias. Su canción fue rodando sin impedimentos, como si cobrase vida y fuese un clavel del aire o una flor silvestre perfumando paisajes. De ahí es que toma los versos. Aquellos que no han quedado en el olvido, los que florecen en la boca del payador o escribe el surero con cuerdas de pulso firme. Esos versos que guarda el alma.  

Donde brota el decir. Atilio Reynoso es un buceador de los ritmos sureros. Autodefinido como hijo de la provincia, dice de sus pagos. “Es la más rica del país. Buenos Aires es la casa de todos los cantares argentinos.” Tiene con qué: desde hace casi 30 años investiga sobre el acervo musical surero y ha editado tres discos con textos de Rubén Pérez Bugallo y Ercilia Moreno Chá, en donde canta ritmos que tienen más de 150 años. En ese camino supo cosechar. “He recabado unos 40 ritmos en la provincia, 29 danzas bailables y otras tantas danzas líricas, que no se bailan como la canción, el término”. Sobre el desuso de algunos, deja entrever cierta falta de talento en el manejo de las cuerdas. “La gente fue dejando de tocar esos ritmos porque tiene dificultades guitarrísticas. Algunos instrumentales necesitan de un gran trabajo de guitarra que acompañe la voz”.
“La temática amorosa estuvo siempre: antes y ahora se sufre por amor. Lo cierto es que antes había una gran distancia, no había auto ni teléfono y encima había timidez; el hombre no tenía facilidad de palabras. Por lo general son vivencias. Reflejan las costumbres del lugar.”
Y cada uno toma el color del sitio en el cual alumbró. Por eso los valses son diferentes de acuerdo con la región. Y por eso surgen en diferentes lares los cantores y poetas: Alberto Merlo es santafesino, lo mismo que la fallecida Suma Paz. Víctor Velázquez es entrerriano. Alfredo Zitarrosa era uruguayo. La sangre nueva, como Lucía Ceresani, es del sur del Conurbano bonaerense. 

Salen a cantar el Sur. Facundo Picone empilcha a la vieja usanza. Un pañuelo lila a cuadritos le corta la ropa oscura y le destaca un poncho que siempre cuelga del hombro derecho  Con sus manos se hizo la casa de abobe y paja que llama “el rancho”, cerca de la laguna de Chascomús. “Es mi sueño”, dice Picone. “Sueño mientras no llueva”, se ríe Omar. Facundo dice que cada ritmo tiene su encanto. “El estilo me gusta mucho”. “Es el bolero de los fogones”, acota Omar. “Si querés apuntar algo ahí, cantá un estilo”, sugiere.
-Ambos cantaron en Europa, ¿cómo fue esa experiencia?
-Omar: En Holanda canté Nunca te dije nada y la gente se paró para ovacionar el tema. En París, una condesa me dijo “ha conquistado a los franceses, que no es fácil”.
-Facundo: En la música hay algo más allá de las palabras. En Francia creí que no iba a escucharme nadie, porque a veces hasta es difícil hacerse escuchar acá. Pero pasó todo lo contrario: aplaudían, pedían otra, me compraban discos.  
“Mucha gente joven ve y escucha música surera. Queremos mantener vivo el sentir gaucho”, lanza Facundo. “La Peña de Los Chillados Biaus es un ejemplo: está lleno de pibes”, dice Omar. Pero ambos saben que el ruido de los festivales no se lleva bien con el canto pausado, con la palabra bien puesta. “No hay tantos espacios para poder difundir la música surera”, se queja Picone. “En Radio Nacional pasaron, en una mañana, 12 chacareras seguidas. Está postergada la música surera. Me tienen harto las chacareras con carbónico. Otro tema son los festivales, donde contrata la boletería, no importa lo que haga el artista para llenar; importa llenar. Eso va a pasar hasta que tengamos festivales del alma. Y es una pena, porque estamos los que vibramos en la misma cuerda. El público que paga la entrada es ‘el otro yo’ de uno”. Moreno Palacios se pasó 40 años sin cantar en Cosquín hasta que volvió para hacer sonar cuatro temas, en 2010. 
 
Tirar de la cuerda. Su bisabuela Barbarita de los Santos maneaba un potro y lo ensillaba, lo volteaba para que el hijo lo montara en el suelo. Su bisabuelo era cantor y guitarrero. La verdulera del tío José y de Eusebio, la música de Juan Francisco Posadas. Por eso, Moreno Palacios sabe de pelajes de caballos y del trabajo del campo lo mismo que de tonos y poesías. Nacido en Chascomús, tiene la misma cuota de sangre gaucha que de pluma poeta. “Yo soy surero, vivo en surero, canto en surero, pienso en surero, me visto en surero. Soy surero”. A los tres años, a media lengua, Omar largó: “El que siembra come”.
Moreno Palacios no es el único que lo trae desde la cuna. José Larralde, el popular “Pampa”, es un mito vivo y actual de la llanura. Popular antes que masivo, el hombre de Huanguelén tiene memorables composiciones. Herencia pa´ un hijo gaucho, Grito Changa, Cosas que pasan. Contenido, denuncia, coraje en la poesía, cuerpo en la voz y conducta en la vida: Larralde es una insignia del canto surero. Trabajador rural y soldador, tractorista, albañil y mecánico, se define como guitarrero y cantor. “Yo no le canto a la gente. No le canto a nadie. Canto lo que viví y lo que veo vivir. Canto para mí. No represento a nadie. Soy un solitario, cuento mi vivencia y las comparo con las cosas de ahora, porque vivo ahora. Soy un tipo que les dice a sus hijos: ‘No olviden que de la puerta para afuera vive gente’. Yo pongo el sentimiento en una milonga, como un salteño lo pone en una zamba y un santiagueño en una chacarera”, le dijo Larralde hace unos años al periodista del diario La Nación Gabriel Plaza.
“La música surera me permitió extenderme en historias contadas o cantadas, letras largas, muchas danzas, y yo bailaba folklore. Buenos Aires es la provincia más rica en ritmos y danzas. Y empecé a escribir sobre eso que tenía a mano”, dice Adrián Maggi, cantor surero de San Andrés de Giles. “Primero competía en festivales. Después me di cuenta que la música es para compartir, no para competir. Y comencé a grabar discos. Solito nomás, porque las compañías discográficas me decían que la música surera no era comercial. Hace 22 años que vivo de la música surera.” Algo similar le pasó a Omar. “Todos me decían ‘lo suyo es muy bueno pero no se vende’”. Hasta que lo grabó el histórico sello Trova. “Cuando aparecí con esto no había un cantor surero de canto y guitarra. Había cantores criollos como Néstor Feria, Rogelio Araya, Oscar del Cerro. Pero cantor surero no”.
Julio Domínguez, El Bardino decía: “Cuando uso la guitarra lo hago para sacar del olvido a la gente del Oeste: los pialadores, los jagüeleros, a todos ellos”. Profundas hasta el caracú, algunas tienen un tinte casi filosófico. “Cuantas más leguas se hacen, más quedan por recorrer, los caminos son pa´ irse las penas son pa´ volver”, canta Larralde. Pero tal vez la poética surera se apoye en una máxima que suelta Omar. “El hombre de la provincia de Buenos Aires mira lejos”. Por eso elevan la guitarra por sobre el bullicio. Como el pájaro lo anda, los sureros deletrean el viento, tienen el paisaje resumido en un acorde, la postura puesta en un modo de vida y la vida consagrada a esa manera de sentir, de pensar y de decir. Lo demás les viene de la sangre; saben que a la patria de la llanura se la hace, también, cantando.