Fotos Juan Carlos Casas 

-Alguna vez dijiste que escuchás un chamamé y llorás.
-Sí. Y no hay nada más parecido al sapucay que la lágrima. Cuando estás muy alegre por algo, llorás. Cuando estás muy triste por algo, llorás. Cuando estás muy enojado por algo, llorás. Y eso no se puede controlar, no podés decir “ahora voy a llorar”. El sapucay es lo mismo. Por eso, es fiero cuando un músico le dice a la gente “a ver, un sapucay”, porque es como si yo te digo a vos “a ver, ahora llorá”. Pueden hacer un ruido, pero nunca va a ser un sapucay.

-No nace de la garganta el sapucay.
-Claro, nace del corazón. Vos le tocás un chamamé a alguien y se le cae una lágrima y el tipo te agradece en guaraní esa emoción que está sintiendo.
-¿Algún otro ritmo te mueve así esa fibra íntima?
-No. Yo corro riesgo de vida por el chamamé. El otro día pasé por la casa del Hugo Mena, ahí en Gualeguay, y me dio un disco de Cocomarola de los años 70, con Roque Luis González en el acordeón, Tránsito en el bandoneón y Cáceres
Almeida cantando: lo puse en el auto viniendo hasta Corrientes y miré el velocímetro: iba a 200 kilómetros por hora y no me daba cuenta porque estaba en otro mundo.

Antonio Tarragó Ros, autodenominado rockero entre los chamameceros, capaz de crear dentro del género, pero sin dejar de entender qué es el chamamé y –sobre todo- sin dejar de sentir en la sangre esa esencia que lo convierte cuando de él habla. “Si el misterio de Corrientes tuviera una voz esa es la de Ramona Galarza. Ramona es un ángel, yo creo que Ramona no tiene sexo. A mí me demuele el corazón, lo mismo que Mercedes Sosa. Ramona hace detener el mundo cuando canta. Cuando ella abre la boca, los músicos sobramos. Eso me pasa con Salvador Miqueri, con Mario Millán Medina, con Cocomarola, con Ernesto Montiel. La esencia que hay en ellos, como combatía Millán Medina las músicas invasoras, lo mismo que mi viejo. Eso es el chamamé.”

Cultor de la esencia, sabe que su magia mayor está en que sin perderla, puede darse el lujo de grabar la Suite Chamamecera con la Camerata Bariloche (una orquesta de cámara con la que lanzará, en breve, un disco). Pero no coincide con algunas manifestaciones dentro del género.

-¿Qué te parecen los intentos de mezclar al chamamé con otros ritmos, como bases electrónicas o referencias al jazz?
-Las bases electrónicas están bien, pero no cambiarle la rítmica. ¿Qué te parece a vos si te pongo la columna vertebral de forma horizontal a tu cuerpo? Y hago un esfuerzo bárbaro para eso. ¿Cuál es el aporte de hacer un esfuerzo tan grande para hacer algo tan feo? Decía “El Gordo” Rodolfo Regúnaga que algunos músicos, en el camino del estrellato y por salir del anonimato, entran en el ridiculato. El esfuerzo hay que hacerlo para ahondar, no para desdibujar, si no corremos el riesgo de que digan que están tocando chamamé cuando se trata de otra cosa. Eso le pasó al cuarteto cordobés, que en los años 70 peleaba en Cosquín por ser una música folklórica. Hablé con “La Mona” Giménez, a quien adoro, y le dije que él tenía que cuidar el sonido original del cuarteto: violín, acordeón a piano, piano y contrabajo. Pero hoy, con sólo mirar el escenario y contarlos, ves que son 16: tocan merengue con arreglos de música del Caribe. Y dicen que tocan cuarteto, pero el cuarteto no está más; eso no es cuarteto. Es como si un músico paraguayo toca con una guitarra Fender Pájaro Campana y lo hace en nombre del modernismo. ¡Eso no es modernismo! ¡Es norteamericanismo! ¡¿Por qué le hacen acordes de blues al chamamé?! Porque se la pasaron escuchando a los músicos norteamericanos en vez de escuchar a Miqueri, a Cocomarola. No hay que venir al chamamé siendo un norteamericanito y tratar de cambiar el chamamé para que te vaya bien a vos, porque no sabés rasguear chamamé, no saber matizar chamamé, no sabés la armonía del chamamé. ¡Entonces no hagas chamamé!. O tocá, pero no me bajes línea desde tu saxo norteamericano. Porque si te gusta el chamamé hubieras elegido una verdulera o un acordeón. No le expliques a Miqueri cómo se toca el chamamé porque tocó toda la vida chamamé. Bienvenido si tocan, pero en el chamamé no sos más haciendo eso, sos menos. Yo no soy un rock fóbico: está hablando el autor de Canción para Carito junto con León Gieco. Y estoy grabando un disco con Federico Gil Solá (ex baterista de Divididos y yerno de Antonio). Pero escucho frases como ésta: ´a mí me gusta toda la música del mundo´. A mí también, pero la única que me hace llorar es el chamamé. Basta de frases tontas. Es como decir que amás a todas las mujeres del mundo. Mentira. Amás a una sola y por esa sos capaz de matar.