Fuente: La Vanguardia

Un gol de Messi comestible, un alfajor que en lugar de dulce de leche tiene en el centro morcilla, o una versión masticable del fernet. Las posibilidades de la mejor cocina del mundo son infinitas y, de paso por la Argentina, mostraron alguna de sus máximas creaciones de la mano de los hermanos Roca, (Josep, Jordi y Joan), propietarios del Celler de Can Roca, un célebre restaurante de Girona, España, que este año ocupó el primer puesto en el ranking de los 50 mejores del mundo elaborado por la revista británica “Restaurant”.

Los Roca pasaron por Buenos Aires junto a su equipo de 35 cocineros en el marco de una gira que los llevará luego por Miami, Birmingham, Houston y Estambul. La etapa argentina de la gira se desarrolló para 500 invitados, entre ellos varios destacados chefs del país, en un restaurante del barrio de Palermo.

Según destacan los hermanos Roca, su cocina trabaja con lo local, pero se inspira en lo global. “Nos interesa que nuestra cocina evolucione y para ello nos inspiramos en las técnicas que aprendemos en nuestros viajes”, indicaron.

Creadores del Roner, una herramienta que permite cocinar a baja temperatura de una manera controlada, durante el encuentro indicaron que trabajan en un método para transportar las cocciones a baja temperatura al ámbito doméstico.

Un sólo dato permite asomarse a la magnitud de la fama que tienen en el mundo los hermanos Roca: consumir el menú degustación de su restaurante cuesta hoy 160 euros. Pero para hacerlo hay que conseguir mesa y actualmente esa operación puede demandar hasta 11 meses.

Para su presentación en Buenos Aires, los hermanos propietarios de El Celler de Can Roca utilizaron productos locales como la merluza negra, el cordero salteño, langostinos de Ushuaia, el mate, el fernet o el cuaresmillo (una variedad del durazno) en menúes en los que reinterpretaron comidas tradicionales argentinas.

Entre esas reinterpretaciones, se destacan el alfajor salado que reemplaza el dulce de leche por morcilla. Como ese, todos los ingredientes locales aparecen reinterpretados en las creaciones de los hermanos españoles. El menú abre con cinco bocaditos que representan al mismo número de países. El que representa a la Argentina es un taco de asado con mayonesa de chimichurri. Los otros: un taco de mole y cilantro que representa a México; para asomarse a los sabores de Turquía una hoja de parra rellena con lenteja y berenjena, y para recrear a Colombia una cesta dulce que incluye café, maní y coco.

Más tarde llega el mate, servido en un cocktail en una pipeta de un sorbo. También el fernet con cola aparece en una presentación atípica y que genera sensaciones inéditas: condensado en una manzana osmotizada genera la ilusión de masticar el líquido.

Algo similar sucede con la fainá, que parece papel de calcar y con las empanadas, envueltas en una masa hojaldrada como de pastelería, o con el choripán, que no tiene nada que ver con el que se conoce en el país: es crema de chorizo y brioche.

Más tarde llega el turno de los platos principales, con langostinos de Ushuaia cocinados con grapa sobre piedras calientes; merluza negra cubierta por ceniza de cebolla de verdeo o locro con polvo de chorizo picante.

Pero el momento más esperado de la noche se produce cuando llega “El Gol de Messi”, el postre creado por los hermanos, hinchas del Barcelona, en homenaje al gol maradoneano que el 10 le hizo al Getafe en 2007. En la Argentina el postre llegó adaptado: los rivales son brasileros.

El postre se come siguiendo precisas instrucciones: el mozo deposita en la mesa una media esfera que reproduce un campo de juego con césped sintético que huele a pasto: primero hay que comerse a los brasileños de malvavisco y eucaliptus, después tirar una pelota de dulce de leche contra una red de glacé, llevar el bombón a la boca y meter la cuchara en yerba molida y tomar crema de maracuyá. El conjunto da al gol de Messi, un sabor ácido y sublime. La cocina moderna trae novedades y sólo hace falta ampliar nuestro espectro de gustos.