Por Guido Piotrkowski

Papá se llama Abdul. Y mamá, Azlina. Papá reza cinco veces al día, la primera antes del alba. Como renombrado arquitecto que es, tiene una confortable casa con detalles de estilo islámico y construyó un pequeño oratorio, Surau en malayo, frente a su residencia. “Tuve que excusarme del rezo de la tarde para venir a buscarlos”, confiesa papá en el auto camino al hogar, en un inglés básico. Alza la vista y apunta el dedo índice al cielo. En la radio, de fondo, suena el rezo vespertino. Los versos son multiplicados en los altavoces de las mezquitas de Terengganu, la ciudad musulmana por excelencia de este país, cuya religión oficial es el islam, dato que a los ojos del mundo parece pasar inadvertido. Claro, aquí no hay Al-Qaeda ni Yihad, ni hombres bomba, ni talibanes, ni ocupaciones norteamericanas, ni jeques petroleros estrafalarios, ni mujeres relegadas al ostracismo detrás de un velo.
“Papá” fue el anfitrión que me hospedó, junto a Esteban, compañero de ruta, en esta urbe del este de Malasia, a 500 kilómetros de la capital Kuala Lumpur, en el marco del un programa gubernamental llamado Homestay, en el que los turistas viajan a convivir con familias locales.
Nuestra misión como periodistas: pasar tres días en su hogar experimentando la vida cotidiana de una familia malaya. Nos acompañan en la aventura dos colegas argentinos, Martín y Efraín, y el muy californiano Matt. Del otro lado del mundo llegaron chinos, coreanos y reporteros locales.
Una vez asignadas las familias, “papá” y “mamá” invitan a un paseo por la playa, aunque la tormenta sea inminente. Es media tarde, estamos agotados de un viaje que partió temprano desde la paradisíaca isla de Langkawi y con una breve escala en Kuala Lumpur para tomar otro vuelo hasta Terengganu. La conversación se parece al teléfono descompuesto, un juego de niños en el que uno le dice al otro un secreto, y así sucesivamente, hasta que el mensaje final llega distorsionado.
Nos detenemos frente a la playa. El mar del Sur de China se ve marrón, casi como el Río de la Plata. Hay viento y está nublado, pero no hay grandes olas, aunque la región es azotada por los temibles monzones, esos vientos que pueden arrasar con todo entre diciembre y marzo, algo así como la versión asiática de los huracanes caribeños.
Ponemos un pie en la arena y comienza a llover, entonces nos refugiamos en un puesto callejero. Dos mujeres con sus respectivas criaturas venden buah jambu -una empalagosa mezcla de frutas gelatinosas- aderezado con asam boi -especie de azúcar marrón espesa-. “Mamá” les explica quiénes somos, de dónde venimos. “Aryentina, Messi, Maradona”, es lo único que logro entender. Las mujeres, tapadas de cabo a rabo con túnicas coloridas y pañuelo cubriéndoles la cabeza, sonríen tímidamente. Los niños no nos quitan la vista de encima.

Mi reino por una cama. Ahora sí -imploro a mí mismo- nos vamos a casa. Pero “mamá” menciona algo que, una vez más, no comprendemos. Intenta explicarlo con gestos y monosílabos en inglés. Lo único que entiendo es “baby”. Para entonces, el impecable Toyota ingresa a un barrio humilde. Las casas son de madera y están elevadas sobre pilotes para protegerlas de las inundaciones. En las calles de tierra se repite una escena universal: niños jugando al fútbol.
“Papá” se detiene frente a una de las precarias viviendas. Nos quitamos las sandalias para entrar, una costumbre desparramada por todo Oriente. Amir, el padre de familia, me estrecha la mano derecha y se la lleva al pecho, a la altura del corazón. Es el saludo típico, una señal de respeto. Amir es flaco y fibroso como un espárrago, piel morena y cabello cortado al ras. Amir sonríe. Todo el tiempo todos sonríen.
En el pequeño comedor, su esposa Nurul acuna a trillizos recién nacidos. Las criaturas duermen juntas, plácidamente, en una ínfima hamaca de tela que cuelga del techo. Ensayo un intercambio de palabras con Nurul, la novel madre. Mamá Azlina intenta lucirse como traductora, pero la conversación no fluye demasiado. De todas maneras, alcanzo a interpretar que Amir es albañil y que tienen tres hijos más.
“Mamá” está fascinada con los trillizos. “Papá”, mientras tanto, dialoga en la puerta con un familiar de Amir. El espacio es reducido y somos muchos. Hay un aparador de madera abarrotado de objetos apoyado en la pared gris sin revocar y una televisión pequeña, vieja y también gris. Una cortina color rojo furioso separa el ambiente de la cocina.
“Mamá” y “papá”parecen muy entusiasmados con nuestra visita. Sin embargo, ni ellos ni sus hijos se muestran curiosos. Llevamos un mate de regalo que se niegan a probar, y un libro de fotografías de nuestro país, al que miran con desdén. “Mamá”, como dictan las reglas del islam, se cubre la cabeza con el hijab, el pañuelo tradicional que combina con amplios y estridentes vestidos hasta los tobillos. Es costurera, y promete regalarnos uno para nuestras mujeres. Samira, mi “hermana” de 16 años, no parece muy feliz con nuestra estadía. Pasa el tiempo frente a un plasma gigante mirando bádminton, el deporte nacional. Están jugando el mundial y no quiere perderse ni un detalle. Said, el hermano, es como una presencia fantasmal. Sabemos que existe, pero nunca lo vemos. Pasa el tiempo encerrado en su habitación. Ser adolescente, de Ushuaia a la China, debe ser lo mismo.
Se acerca la hora de la cena casera: arroz con huevo frito, una ensalada y picantes para aderezar. “Mamá” ya se quitó el hijab, lleva el pelo suelto y se puso un vestido batek -técnica tradicional en el que la tela es pintada a mano con cera caliente-. “Papá” se bañó y vuelve con un típico sarong, un pedazo de género a cuadros que se enrolla y queda como una pollera. Comemos en medio de un silencio incómodo, por momentos, risueño. La sobremesa, frente al plasma, se hace eterna. Sugerimos unos mates, pero no hay quórum. La familia no quiere saber de nada con nuestro elixir. Papá hojea, desganado, el libro de fotografías. Sin comentarios. Entonces nos vamos a dormir.
El cuarto de visitas es pequeño e impersonal, pero tiene baño dentro y dos ventanas al exterior. Dos camas, un escritorio, un perchero de madera y un placard conforman el mobiliario de mi habitación malaya.

Buen día. Toca el desayuno en un típico café local. Y nos agasajan con una especie de  panqueque relleno con queso o huevo, que se adereza con curry u otras salsas picantes. En las paredes relucen las fotos del sultán y su familia, encuadradas en marcos dorados. El monarca y los suyos están omnipresentes. Hoteles, restaurantes, aeropuertos, rutas, hogares. En portarretratos, pósters, cuadros y gigantografías, las imágenes de la familia real se reproducen a lo largo y ancho del país.
Terengganu es una urbe de 300.000 habitantes en la que no existe un solo bar donde tomar una cerveza. El alcohol es mala palabra en el complejo mundo de las creencias islámicas, y aquellos que sean flagrados bebiendo corren el riesgo de caer en prisión. Para exacerbar el sentimiento mahometano, en Terengganu construyeron un parque temático: el Taman Tamadun Edutainment Park, en el que se reproducen una veintena de mezquitas emblemáticas del mundo árabe. Para recorrerlo, subimos a un vehículo símil carrito de golf y conocemos las principales obras del lugar: la Mezquita de la Roca de Jerusalén, el Taj Mahal de India, la gran Mezquita de Samarra de Irak, y hasta la Meca de Arabia Saudita, el lugar de nacimiento del profeta Mahoma.
“Papá” Abdul quiere, desea y debe peregrinar a la Meca. Y así como él, millones de devotos a quienes parece no interesarles el dinero que cueste o el tiempo que deben aguardar para poder emprender viaje. La Meca es la meta. Luego, serán considerados verdaderos Hajji o peregrinos, y se ganarán el respeto eterno.
La obra cumbre del parque temático, sin embargo, no es una reproducción, sino la imponente Mezquita de Cristal, un pomposo santuario que se aprecia desde varios puntos de la ciudad. El templo luce en todo su esplendor por las noches, con sus cristales resplandecientes y luces de mil colores que se reflejan sobre el río Terengganu. Para ingresar, hay que descalzarse y cubrirse por debajo de las rodillas. Cerca de la entrada, hay una hilera de grifos donde los hombres se lavan los pies, las manos, la cara. Es el sitio indicado para las abluciones rituales de rigor.
La puerta del santuario se abre súbitamente y un grupo de niños sale como una turba, vestidos en túnicas de punta en blanco. Se los ve felices. Sus rostros reflejan la inocencia propia de los chicos, aunque su atuendo los envuelva en un halo de espiritualidad y adultez precoz.

Pulso urbano. El centro de la ciudad es un bullicioso y colorido mercado de angostos pasillos donde se consiguen golosinas extrañas, bateks estridentes, ropa económica, baratijas, oro, plata, especias, pescado seco y más. Las casas de cambio que no cambian dólares si uno no tiene billetes de la serie tal y cual. El ínfimo barrio chino con su chinísima arcada como portal de acceso, donde descubrí que sí se puede llegar a tomar una cerveza, pero sólo si el dueño del local en cuestión está presente.
Y otra parte es también el Museo de Terengganu, el más grande del país, una bella construcción del más puro estilo malayo, madera y concreto sobre pilotes. Más tarde, “mamá” nos revelaría que “papá” fue uno de los artífices de su diseño. Por la mañana, “papá” sugiere dar una vuelta. “Vamos a conocer el nuevo estadio, que lo diseñé yo también”, confiesa con un dejo de orgullo. El flamante predio, con capacidad para unas 50.000 personas, queda a pocas cuadras de la casa. La primera imagen que se ve es la de un pedazo del techo que está derrumbado sobre una de las tribunas. “Se cayó a un año de la inauguración”, confiesa papá, como si nada, esbozando una sonrisita. Quedamos perplejos. La atracción turística es la tragedia que no fue, sólo porque que el estadio que construyó papá estaba vacío cuando se vino abajo.
Esa misma noche, como despedida, acordamos cenar fuera con la familia de nuestros colegas Martín y Efraín. Los padres eligen un restaurante donde sirven de todo menos comida malaya. Nuestros “hermanos” estaban invitados, pero como era la final de bádminton, el clásico de clásicos contra Indonesia, prefirieron prolongar su romance con el plasma. Mientras cenamos, el entusiasta papá de mis colegas no deja de hablar y hacer fotos. La mamá de ellos no prueba bocado ni pronuncia una sola palabra, y la nuestra eructa no bien termina, señal de que uno está satisfecho en el mundo árabe. Acto seguido, se queda literalmente dormida en la mesa.
Por la mañana, mientras armamos las valijas, Esteban se asoma a la ventana. Con su mejor cara de no puede ser, me dice: “Mira, desde acá se ve el estadio”. No puedo creerlo: “papá” puede ver su obra cumbre desde su casa, todos los santos días.
“Papá” nos llama, es hora de partir. Nos lleva hasta la base del Homestay, donde nos despide con un frío abrazo y parte raudo a trabajar. De los “hermanos”, ni noticias. “Mamá” nos sigue en su auto hasta el aeropuerto. En la entrada del preembarque me estrecha su mano, blanda y con aparente frialdad. “Thank you”, le agradezco, y  me devuelve una sonrisa contenida. Antes de pasar por los rayos X, me doy media vuelta para un último saludo. Al final, “mamá” Azlina es lo más parecido a una verdadera madre que no podrá ver a su hijo por mucho tiempo. Se le cae un lagrimón.