Afines de los años sesenta, el antropólogo Carlos Castaneda decidió estudiar a los brujos yaquis para escribir una tesis de campo y terminó convirtiéndose él mismo en un brujo. Los libros, entonces, dieron cuenta de esa conversión. Daniel Riera hizo algo parecido. Quiso hacer un libro con los ventrílocuos y terminó escribiendo sobre historias de hombres  que  hacen hablar a muñecos pero glosando también su aprendizaje para ser uno de ellos. El libro se llama “Ventrílocuos, gente grande que juega con muñecos”. Y el nombre artístico de Riera y su  coequiper es Paco y Oliverio, en homenaje a dos grandes poetas, Paco Urondo y Oliverio Girondo. “El libro tiene una estructura muy rara, inusual, está claramente inspirada en Moby Dick, en cuanto a la cantidad de registros de escritura distintos, y la cantidad de capítulos es mucha. Son 122 y pensando que cada historia de un ventrílocuo es una historia distinta, varían mucho los registros. Hay capítulos narrados, glosados por mí, otros son totalmente preguntas y respuestas, hay capítulos que son correspondencias. Y si hay una unidad, a la manera de una novela iniciática, es por mi descubrimiento de los otros ventrílocuos a la par de mi vocación por serlo.”
-Hay un capítulo sobre Chasman y Chirolita, ¿son los referentes más fuertes?
-Todos los ventrílocuos tienen algo para decir sobre Chasman y Chirolita, para mí Chasman es más el “Bonafide” de los ventrículos, es el gusto argentino en ventrílocuos. Más allá de que era un eximio ventrículo, lo que yo destaco es su pericia técnica. Su característica tan argentina, la forma de hablar, la creación de una lógica donde el chiste no importa tanto, sino el diálogo, la construcción de la ilusión.
– Chasman fumaba mientras hacía hablar a Chirolita ¿Eso es difícil?
– Era una técnica que le había enseñado Tu Sam. En realidad en términos de ilusión es genial, porque facilita la técnica del ventrílocuo fumar, porque te ponés algo en la boca y distraes sobre un posible movimiento. Oliverio canta y la gente piensa que cantar es más difícil y no, es exactamente lo mismo.
– ¿Cómo entrás en el mundo de la ventriloquía?
– Conozco a los ventrílocuos haciendo una Guía de Buenos Aires Bizarro, y ellos me invitan a la cena de fin de año, sortean un muñeco, sale mi número, el 30, y me lo gano. Ahí se produce una cosa un poco fuerte, de la cual yo tengo un vago recuerdo, porque muchas veces los grandes momentos que uno tiene en su vida son medio brumosos. Es una situación que a posteriori reconstruí a través de los ojos de la gente que me miraba, estaba la mujer que hizo a Olverio y ella dice que me vio acariciarle el pelo, ver cómo yo lo miraba, con una sincera y sentida emoción, sin saber qué se hacía con esa emoción. Yo recuerdo que pedí que me tomaran una foto, porque me pareció importante tener una con Oliverio en ese momento. Llegué a mi casa y le mostré a mi mujer el nuevo habitante. Y hubo luego unos días en que Oliverio estuvo sentado en la caja de unos parlantes grandes. Bueno, lo puse ahí y no es un adorno, el tipo te mira, te interpela, entonces o hacés algo o se lo das a alguien. De hecho, cuando me lo había ganado, un par de ventrílocuos empezaron a cantar; que lo done, que lo done. Porque ellos eran ventrílocuos y yo no. Y yo pensé: estos están equivocadísimos.
– ¿Y qué hiciste?
– Lo primero que se me ocurrió, como una coartada profesional, desde mi oficio de periodista, fue proponerle al presidente del Círculo de Ventrílocuos (Civear), Miguel Ángel Lembo, hacer un libro sobre ellos pero con la onda de que yo me convirtiera en uno también para hacer ese libro. El tipo enseña y tiene una metodología sistematizada, escribió un libro técnico al respecto y no me quiso cobrar. Lo primero que me dijo fue algo muy zen, conceptual, profundo: mirá, vos tenés que aprender que tu muñeco es un ser indefenso, nunca lo ofendas, nunca lo humilles, nunca lo lastimes. Se me pone la piel de gallina cuando recuerdo esto. Yo siento que además del afecto tengo una reponsabilidad que es hacer que Oliverio brille, dar lo mejor de mí para que brille él, es así de claro.
– ¿Cómo trabaja un ventrílocuo?
– Lo que un ventrílocuo hace es guardar aire en el estómago mientras está dialogando con el muñeco, de manera tal que cuando el muñeco habla vos puedas estar con la boca semicerrada teniendo una reserva de aire que te permita hablar con la boca  de esa forma. Vos tenés la boca abierta del grosor de un lápiz y en la medida de que tengas aire va a ser más difícil que  la muevas. Lo primero fue la respiración, lo segundo la vocalización y la articulación de frases cada vez más complicadas y pongamos que a los seis meses tenía una técnica mínima como para salir al escenario, no mover la boca, pero después hay toda una cosa que es generar una onda, que la gente la pase bien, que el muñeco tenga una personalidad definida. Para mí es como si un escritor tuviera un personaje y sabe que ese personaje lo va a acompañar por siempre. Y en un punto muy a menudo te completa lo que a vos se te ocurra. El muñeco crece en público, madura, tiene reacciones que vos no tenés previstas. En un show que di, había gente en un pasillo que daba a la calle y la gente que estaba ahí no estaba mirando el show y no paraban de hablar, lo que me desconcentraba. Y me broté, dije: por favor, si le pueden decir algo a la gente que está en el pasillo porque hay otros mirando un espectáculo. Entonces escucho que Oliverio me dice: quedate tranquilo, no le des bola. ¿Vos decís? Sí, todo bien. Y me salvó el show. Me relajé, me olvidé.
– ¿Paco y Oliverio son iguales?
– La personalidad de Oliverio fue creciendo en público. En principio hay un sesgo poético por los nombres nuestros: Paco, por el poeta Francisco Urondo y Oliverio por Girondo. Y hay otra cosa que me dijo Mariana Enríquez y que a mí no se me había ocurrido y es que todos los muñecos tienen diminutivos: Chirolita, Jaimito, Pascualito, pero Oliverio no. Paco y Oliverio son nombres de iguales. Son dos poetas mayúsculos. La primera vez que subimos al escenario yo le pregunto a Oliverio ¿a vos te gusta el tango? y él me dice que no, que es música de viejo, música que escuchaban Chasman y Chirolita. Esa fue una manera de remitir a los maestros, reconocer de donde venimos y romper. Después tuvimos algo de espíritu amateur, donde yo no encontraba la manera de plasmar las cosas que se me ocurrían para hacer con Oliverio hasta que di con una directora de teatro que estaba pensando en hacer un documental, se llama Milagros Ferreyra y me pareció muy lúcida y le conté lo que estaba haciendo con Oliverio y ella se interesó y se ofreció a dirigirme. Así que fue genial. Empecé a trabajar con Milagros, estaba actuando en una librería y ella me dijo que el lugar era muy lindo pero que no se podía hacer nada, que si queríamos hacer una puesta en escena necesitábamos más espacio. Entonces armamos shows en teatros y empecé a soñar: le dije a Milagros que me gustaría actuar con cuerdas como si fuera un unplugged y cantar canciones haciendo covers con letras mías y hacer canciones nuevas. También un poco saturado de las películas de muñecos malditos hice un guión donde un grupo de hombres endemoniados persiguen a Oliverio. Hay dos actrices cantantes y dos guitarristas, en escena. Lo escribí yo y la directora me hizo observaciones de puesta.
– Ya no es el ventrílocuo y el muñeco solos en escena.
– Lo que buscamos es generar una cosa bien teatral que no sea el recurso típico del muñeco relacionado con el ventrílocuo sino que Oliverio interactúe con otros actores, en situaciones dramáticas. Esto no existe en los espectáculos de ventriloquía actual. El stand up tiene la obligación de hacerte reír, chiste remate. En cambio el “Camino Chásmico”, digamos, es la idea de que vos subís con un muñeco al escenario y la gente está bien predispuesta, para reírse ya de por sí, entonces no hace falta que uno fuerce el chiste constante, a uno le gusta más crear climas.
– Cómo es la vida cotidiana con Oliverio.
– Oliverio en mis viajes viene siempre. De vacaciones, por laburo, etc. Así que tengo diálogos con él. ¿Cómo andás? ¿Qué hiciste?, ¿qué fue de tu vida hoy? Y a veces si estoy en una situación con gente, a la noche, por ejemplo, lo llevo. Porque eso ayuda a que yo comprenda el personaje. Las cosas que va diciendo, eso.
– ¿Siempre se hace ventriloquía con muñecos preparados para eso?
– Me han dicho que hay un ventrílocuo muy famoso de la década del sesenta que se llamaba Wilson de Caro, Wilson y Panchito. Y que fue ya viejo al Círculo de Ventrílocuos. Tiene una historia tremenda, su hija le había roto el muñeco diciendo que  estaba endemoniado. Entonces Wilson cayó al Civear sin muñeco y como que había mucha expectativa por verlo actuar. Y él se mandó un acto con un vaso. Y el vaso hablaba.