Por Jorge Daniel González

Como centinela de 20 charangos, el maestro custodia el tránsito de los instrumentos que ordena con su humildad como batuta. El aula es sólo una circunstancia, como lo es una silla frente a un atril o un escritorio con un método de enseñanza, como lo es el escenario ante una multitud o frente a los obreros de una fábrica, la dirección de un documental o el deseo de crecer y transmitir con el anhelo de la integración. El hombre entiende el concepto de la cultura y el trabajo hacia la belleza del arte, lo capta y lo transmite con su vocabulario ordenado y la magia aprendida para interpretar los misterios de la música. Por eso, el camino del charanguista y docente Rolando Goldman parece no encontrar barreras, baches ni desembocaduras. 

El comienzo. Este hombre de barba entrecana y ojos firmes, fue alguna vez un niño, un inquieto niño: a los 10 años cursaba en el Instituto Vocacional de Arte Infantil a instancias de Arnoldo Pintos, quien le propuso a sus padres que el chico estudiara música, teatro y literatura. “Cuando nos empezó a enseñar guitarra abrió un armario y nos dio una a cada uno de los alumnos, pero en una esquina vi un charango: ‘Uh, es mi salvación’, dije por rebeldía. Pero él me conwwwó: ‘Si vos querés estudiar charango, te vas al patio y estudias solo’. El año que viene hace 40 años”, recuerda. Luego fue su vocación autodidacta la que lo llevó a investigar y viajar para acercarse más a esa maraña de cuerdas. Con la secundaria terminada, su pasión musical se juntó con las matemáticas: “En aquellos tiempos reconocí que ambos tienen puntos en común como ser dos espacios muy abstractos. Rendí el examen para Ciencias Exactas, pero sabía que ya había elegido la música”.
A comienzos de los años 80, en medio de la más sangrienta dictadura militar, Goldman formó el grupo Viracocha, con el que tuvo una participación activa en cuestiones vinculadas al movimiento democrático y estudiantil. “Tuvimos aprietes, como la interrupción de conciertos, pero nunca nos planteamos como víctimas ni nada parecido; por el contrario, siempre fuimos solidarios con el movimiento de derechos humanos. Los problemas los tuvo el pueblo argentino en su conjunto: la represión, tortura, la desaparición. Sé que aparece lo de la persecución y la censura a los artistas, pero es un aspecto más del daño causado en esos años; al menos el músico tiene la posibilidad públicamente, hasta con cierto privilegio, de transmitir lo que le ha sucedido y contarlo a miles de trabajadores que han sufrido mucho más que los artistas y no tienen forma de descargarse.”
Con ese grupo obtuvo su primer premio en Cosquín 1984, pero se separaron al año siguiente.
A finales de la misma década, dio sus primeros pasos en la docencia en un programa de divulgación y difusión de la música argentina. Se llamaba “Música para todos”, un proyecto con el que recorrió 16 provincias: “Varios años después hemos logrado llevarlo a escuelas publicas, urbanas y rurales de gran parte del país desde la Secretaría de Cultura de la Nación. Los chicos veían las danzas tradicionales de cada lugar, instrumentos, mitos, leyendas, comidas y en cada lugar había un material didáctico para cada alumno. Cada provincia tenía su contenido particular. Luego, un equipo llevaba su contenido para cada región, cada provincia tenía su gente y así en cada lugar. Llegaron a trabajar 2000 persones en todo el país”, dice quien fuera director nacional de Artes entre 2004 y 2009: “Yo diseñé el programa, pero todas las acciones son producto de procesos sociales y no iniciativas de una persona; responden a las necesidad y realidades de momentos históricos, por ello hemos trabajado en equipo con mucha gente”.

Cuerdas con contenido. Para favorecer la integración cultural, Goldman y sus compañeros pusieron el acento en lugares atípicos: “Trabajamos para generar espacios en lugares no tradicionales, como las fábricas reconociendo estos lugares más cercanos a la inmensa mayoría de la población que no suele ir a los teatros por considerarlos caros”. Esta iniciativa tuvo la participación de organismos estables, como el Ballet Folklórico Nacional, el Coro Polifónico y la Orquesta Sinfónica, entre otros, pertenecientes a la Secretaría de Cultura de la Nación. Para Rolando ese contacto directo fue más emotivo que un concierto en una sala: “En el teatro se dio algo muy grato: ‘Ladrillos de Coraje’, fue una obra de teatro en una fábrica de ladrillos en Mendoza, que narraba la historia de la recuperación de la fábrica por los trabajadores y los actores fueron las obreros, sus familias y vecinos.”
También se ha creado un programa de música en las cárceles con conciertos y talleres que aún perdura: “Tratamos de privilegiar los programas, pensándolos en forma permanente y no centralizar en eventos particulares que no tuvieran continuidad en el tiempo”.
A fines de los noventa, Goldman recibe una beca del Fondo Nacional de las Artes. El destino: escribir un método de charango para favorecer su estudio. El origen: una charla con Juan Falú. “Tenía muchas ganas de hacerlo pero creí que muy poca gente se interesaría; me equivoqué. Se reeditó cinco veces de un libro que sólo le interesa aquel que va a estudiar charango, y si uno piensa que también hay otros métodos escritos, entonces hay más gente que se interesa por estudiar.”
Esto lo obliga a profundizar sus investigaciones para ampliar el horizonte del instrumento conocido por su construcción en madera o con la caparazón del quirquincho, que dejó de tensar cuerdas por una cuestión lógica y ecológica: “Hay una ventaja de sonido en los instrumentos de madera. También hay corrientes llamadas ecologistas que recomiendan no matar al animal para hacer instrumentos, pero es una humorada porque ‘Es más ecológico el de madera porque en vez de matar mulitas se talan árboles”, embroma Goldman.
-¿Cómo está el folklore hoy?
-Por momentos aparecen oleadas en los medios de comunicación que dicen que se extingue la música folklórica o tal vez de golpe hay una explosión mediática que lo hace resurgir, pero no pasa ni una ni la otra. En la vida cotidiana de muchas provincias, Jujuy, Santiago del Estero, Mendoza, Corrientes y muchas otras, nuestra cultura popular está firme y no hay peligro de que vaya a perderse, y va más allá del impulso o no de un gobierno o estado, y cuando hablo de cultura popular son asados, mates, guitarreadas, o forma de vestirnos; sí creo que donde mayor riesgo hay de perder valores de identidad son países como Estados Unidos o la mayoría de los europeos