Nadar es un acto introspectivo, como leer. Nadar es dialogar con el agua. Nadar es buscarse uno mismo (uno solo) hasta el inminente riesgo de encontrarse, entre brazada y brazada, con algo que no conocíamos. Pero nadar en aguas abiertas es algo más. Es un movimiento no sólo de brazos y de piernas. Nadar en aguas abiertas es también una traslación del espíritu, un desafío que no depende sólo del estado físico. Nadar en aguas abiertas es como dirigir una orquesta sinfónica, pero con uno mismo en cada instrumento.

Pienso en escribir eso apenas me seque, pero siento cómo el dedo pulgar del pie se me sale de la pierna, se tensa y se queda ahí, como la cuerda de una guitarra, entonces me olvido. Tengo ganas de pegarle un puñetazo a la pared para descargarme el dolor, pero en el agua no hay paredes ni posibilidades de descargarse nada porque todo se gasta en el esfuerzo que nos trajo a este río. Entonces la opción es pensar en otra cosa, algo que me de placer: recuerdo las comidas de mi abuela, las manos de mi abuela, arrugadas y cálidas, y quisiera que apareciera ahora desde algún lado para acariciarme la cara. Entonces ocurre el milagro: el calambre se va, pero uno queda psicológicamente debilitado después de eso y cree que le puede pasar cualquier cosa. Y entonces le pasa. En la otra pierna, menos intenso, pero ocurre. En el pecho me crece un dolor como cuando te golpeás el dedo menor del pié contra algo, el aire se corta, siento las piernas atadas y veo cómo los nadadores que había pasado me pasan a mí por al lado como si cada uno tuviese cuatro brazos y a mi me faltaran los únicos dos que tengo.

Va la mitad de la carrera. O menos. No tengo reloj, pero lo estimo. El grupo de 250 nadadores está disperso a lo largo del riacho y ya dejamos de golpearnos, de tocarle los pies al de adelante, de estar pendiente más del otro que de uno mismo. Lo veo a Hugo Airoldi y su gorra roja. Gran nadador, hace su tercera carrera larga del año y mi único objetivo ahora es copiar su ritmo, ver si puedo, así, seguirle el tiro. En algún momento lo sobrepaso, pero cuando debo dejar de patear lo veo pasar como si tuviese propulsores.

En los deportes individuales es fundamental el espíritu, la cabeza, el carácter. Pero hay nadadores de todo tipo. Tipos introvertidos que encuentran en el agua el mejor aislamiento. El problema lo tenemos los nadadores sociales: los que vamos a nadar como un acto colectivo. Pero la mayoría no es así: como se trata de hacer una performance es raro que alguien se ocupe sinceramente del otro. Ojo que eso no quiere decir que falte caballerosidad deportiva; quiere decir que todos miran lo que ocurre en sí mismos y aunque lo hacen por una necesidad obvia, podrían hacerlo con menos arrogancia, sobre todo porque José Meolans hay uno solo.

Río abajo

Las condiciones climáticas son ideales: amanece nublado, con 20 grados, pero hay anuncio de 34. Antes del mediodía, los muchachos del Servicio Meteorológico Nacional cumplen con el pronóstico: las nubes se disipan y el sol se vuelve una lengua de fuego asesina. El agua del riacho San Pedro está tibia y corre. Puntos a favor. Hace calor y dan ganas de nadar. Más puntos a favor. La gente se amontona bajo los sauces desfoliados del camping América. Los que llegaron temprano coparon las parrillas, pero casi todos saben que no hay que cargarse el estómago antes de nadar, por eso beben agua o comen alguna banana. Los más osados se animan a los fideos blancos, al arroz, al hidrato de carbono en general. Otros comen cereales o chupan una naranja. Cuando el organizador avisa que están los micros, todos parten -partimos- con cierta prisa, más por ansiedad que por apuro.

En el ómnibus la excitación está a altos decibeles. Antes de arrancar es una bañadera que viaja a una cancha, pero apenas pone primera se disipa el ruido y quedan flotando las charlas de a dos. Entramos al Country San Pedro, desde donde se larga la competencia. Uno muerde un sobrecito con un gel que ni quiero saber qué gusto tiene, hace un buche con agua y lo bebe. Otro, al borde del riacho, ingiere una pastilla y lo hace como si hubiera cronometrado el tiempo para tomarla justo antes de salir. Lo de la mayoría es el agua fresca o el Gatorade para anticiparnos a la pérdida de sales que vamos a sufrir en la próxima hora. El organizador porta un megáfono para avisar la partida. Dice que tenemos que esperar, con el agua al pecho, porque sale una nadadora ciega antes que nosotros. Les pide a quienes no vienen a buscar la punta que no se pongan por delante de quienes se ven con la medalla colgada en el pecho.

Arranca. Salgo por afuera de la masa de gente que se agolpa en el medio tras el aviso de partida. Es para no atropellar ni ser atropellado por nadie que interrumpa el real triunfo de quien escribe: terminar la competencia. Los que vienen a ganar salen de punta. Los veo bracear como posesos, pero no tengo tiempo para nada más que para mí, para corregir lo que Gerardo Wamba, entrenador y profesor de natación, viene tratando de corregirme a pesar de mí. Gerardo, pienso, debe ser el dueño de dos de esos brazos que cortan el agua allá adelante porque hoy le toca ser competidor, aunque se acalambre y se lamente a pesar de que se ubicó 28o. entre 178 nadadores.

Por acá también anda María y su obstinada búsqueda de libertad en el agua: casi sin tiempo de entrenamiento, viene más que a competir a revalidar su amor por las aguas abiertas, a pensar mil cosas mientras nada, a bancarse los calambres y el estrés de fin de año; a terminar porque siempre su amor por el agua puede más que cualquier otra cosa. Por acá anda Noelia Petti, una nadadora extraordinaria dl club Brown de Adrogué, que trajo 40 chicos entrenados por ella. Gracias a Dios Noelia no compitió, de otro modo no hay chance de medalla de oro para nadie. Viene de ganar los tres kilómetros de Chile a finales de noviembre, está quinta en el ranking mundial de nadadores y nadó varias veces la Santa Fe-Coronda y la Hernandarias-Paraná.

Por acá anda Alejandro Soria, quien vino a competir sin dormir. Trabajó toda la noche en Aeroparque, volvió a Banfield, se reunió con el grupo del Country Infantil Banfield y emprendió el viaje a San Pedro. Llegó sin cara de sueño, sereno y evitó contar que estaba sin dormir. La semana pasada nadó en estas mismas aguas, también sin dormir: quedó en la ubicación 59a., a cuatro minutos del ganador. Para él también habrá calambres en ambos pies y un final menos feliz de lo imaginado, pero con un decoroso puesto 65 entre los 178 hombres de la prueba.

Y está también otra gloria de la natación de aguas abiertas argentinas: Alejandro Lecot, el organizador, un romántico de la natación. Desde hace 12 años es quien se encarga de estas competencias que denomina “El reencuentro de los delfines”. Y es un tipo que está en todos los detalles, desde oficiar de conductor a la entrega de medallas hasta aplicar la sirena con que largan los nadadores.

Adentro estamos nosotros, afuera está Eduardo Cantero, nadador también, pero está ahora jugándose la vida en otro partido: con un calor inusitado, cocina el vacío que vamos a comer una vez que esto sea historia, cuando el agua deje de mojarnos, una vez que los calambres se vayan al carajo. Afuera está también Marcela con las ojotas de todos nosotros. Afuera está la tierra firme que quiero pisar.

Pero falta mucho para que eso ocurra. Lo que ocurre ahora es nadar. Lo único que ocurre ahora es nadar: pensar en atrapar toda al agua que se pueda, pensar en estirarse, sentir el agua, buscar que los brazos dejen de serlo y sean ahora palas de remos, que empujen todo y que uno pueda, en ese vértigo, encontrar un ritmo de carrera y mantenerlo hasta el final. Cuando creo encontrar el ritmo, sentirme a gusto cambiando a cada rato el lugar para salir a tomar aire, ocurre eso del calambre y todo el plan se cae: las piernas se me anudan y busco a los guardavidas, que son muchos y están atentos. Pero soy orgulloso y prefiero que la Prefectura rescate mañana mi cadáver antes de tirar la toalla.

A brazo partido

Leo, María, Gerardo, Claudia, Alejandro, Hugo, Esteban, Aritz. Venimos todos por la nuestra: el club donde nadamos no sabe que la natación nos incendia el alma. O sabe, pero no le importa. Alcanza con que el profesor sí lo sepa, sí nos crea la aventura, sí se trepe a este colectivo de nadar cada mañana a pesar del frío y del calor, del cloro mal regulado, del ácido que nos cierra las fosas nasales. Esto pienso cuando voy por el cuarto calambre y otra vez tengo que frenar. Y me vuelvo a morir de odio.

Acá es cuando empiezo a buscar al buque Irigoyen, el gigante gris de la Segunda Guerra Mundial que está anclado a 80 metros del final de carrera. Pero no lo encuentro porque los deseos casi nunca ocurren cuando uno exactamente los desea. Aparecen una nubes y el sol se apaga. Veo eso aunque tenga las antiparras empañadas y el buque, por ahora no aparezca.

Hay gente a los costados que viene a ver a estos 500 locos que nadan en las tres categorías de la competencia. Se siente olor al asado dominguero primero, a bosta de vaca después. Se ven unos caballos pastando, los pájaros cruzando el arroyo para ampararse en los árboles. A esta altura nadie intenta superar a nadie porque en este tipo de competencias no hay que ganarle a nadie. O, mejor dicho, no se le gana al otro. La competencia es a favor de uno mismo. Por eso tengo un sólo desafío: acelerar, porque ahora sí veo la proa del Irigoyen y ya no me importan los calambres ni el cansancio; no le creo a los brazos pesados porque ya sé que esto se termina y entonces ya no pienso en las manos de mi abuela ni en nada más que hacer esto: nadar con los dientes apretados hasta la orilla, sacarme las antiparras y, antes de tomar el primer trago de agua, pensar en la próxima competencia.

Próximas competencias de aguas abiertas

5 de enero de 2014, en Colón, Entre Ríos (3000 metros y 750 metros).
5 de enero de 2014, en Liebig-SAn José, Entre Ríos (5 kilómetros, 2,5 kilómetros).
12 de enero de 2014, en Concepción del Uruguay, Entre Ríos (6 kilómetros, 2,5 kilómetros).
25 de enero de 2014, en el lago Lácar, San Martín de los Andes (1600 y 3200 metros).
24 de marzo de 2014, en Mar del Plata (2,5 kilómetros).

Más información en:

www.alejandrolecot.com.ar
www.aguasabiertas.com.ar