La industria náutica liviana argentina tiene una rica historia. Nació en la ribera del Río de la Plata, a principios del siglo XX. Fue la época en que se instalaron los primeros astilleros, cuyos fundadores eran, en su mayoría, inmigrantes europeos que aplicaron sus conocimientos, arte y experiencia en la construcción de embarcaciones de madera. Desde entonces, veleros, cruceros y lanchas de destacada elegancia y calidad, comenzaron a navegar nuestras aguas.
De allí a nuestros días, el desarrollo no tuvo casi freno. La adaptación a las nuevas tecnologías de construcción fue constante. Ya entrado el siglo XXI, la náutica es una industria estratégica.
Los astilleros dan sustento a siete mil familias y el uso de las embarcaciones genera otros diez mil puestos de trabajo, fundamentalmente en las marinas y guarderías.
Al sector pertenecen 120 empresas constructoras de veleros, cruceros, lanchas, inflables, equipamiento, e incluye a aquellas que prestan los servicios necesarios para la producción y el mantenimiento de una gran diversidad de embarcaciones. Según la Cámara Argentina de Constructores de Embarcaciones Livianas (Cacel), la producción ocupa unos 700.000 m2.
Durante el 2° Foro Nacional de la Náutica, realizado en 2010, el titular de la entidad mencionada, Jorge Farré, destacó que “por su elevado número de relaciones interindustriales, la presencia de pymes y su alta incorporación de mano de obra especializada, la convierten en una actividad con alto valor agregado”. Farré sabe de qué habla: desde 1975 está presente en el mercado a través de Barón SRL, una compañía proveedora de equipamientos náuticos.

Filón. La industria náutica es una actividad artesanal. En la fabricación de una embarcación trabajan ingenieros navales, arquitectos navales, técnicos navales, plastiqueros, carpinteros, pintores, sanitaristas, electricistas, mecánicos, herreros, tapiceros y poneros, entre otros especialistas. Además, demanda una mayor cantidad de horas hombre por tonelada construida o por dólar facturado que lo demandado en la industria automotriz.
El mercado doméstico mantiene una fuerte demanda y un crecimiento interanual promedio del 27%.
Pero el dato importante proviene de las ventas al exterior. Aunque algo jaqueado durante 2009 por la crisis global, logró crecer en volumen aunque no en valores exportados, lo que se traduce en un incremento en la exportación de pequeñas unidades.
Según los responsables de Cacel, la industria náutica liviana argentina “representa a un sector pyme por naturaleza, con fuerte orientación exportadora, que supo ganar los mercados más exigentes del mundo sobre la base de un trabajo artesanal de primera calidad”. Los expertos afirman también que la actividad está perfectamente preparada para responder a todo tipo de demandas: desde embarcaciones para transporte, carga, turismo o de uso deportivo, hasta pesca comercial, seguridad o defensa. “Desde un Optimist hasta un gran Crucero, el barco argentino posee, claramente, calidad de exportación”, subrayan.
Por eso no es extraño encontrar cruceros, cruceritos, veleros de todo porte y lanchas argentinas en los Salones Náuticos más importantes, como Dubai, Cannes, Génova, Barcelona, Dusseldorf, Miami o Fort Lauderdale, donde la fama de los diseños de Germán Frers –padre e hijo -, Jorge Regnicoli o Juan Kouyoumdjian son la carta de presentación.
Hay embarcaciones argentinas que navegan en países número uno en fabricación, como Estados Unidos, o de una larga tradición naval, como Noruega, Francia, Italia o España. O sea que la Argentina también es competitiva en este segmento.
El 70 por ciento de la industria náutica se concentra en los partidos de Escobar, Tigre, San Fernando, San Isidro y Vicente López. El 30 por ciento restante se ubica, principalmente, en la zona del Litoral y en Córdoba.

Negocio de familia. Algunos de los astilleros originales, casi centenarios, siguen existiendo. Otros no tan antiguos, nacieron de familiares de los fundadores de la industria o de empleados de los viejos que se aventuraron en el negocio, en no pocos casos con bastante éxito.
El astillero Regnicoli tiene 87 años de vida y su titular, Jorge Regnicoli, lo heredó de su tío y de su padre. “A los cinco días de haber nacido mi papá me llevó al astillero, y desde ese día nunca me fui”, comenta. Y agrega: “Hasta los ’60 vivíamos allí las dos familias”.
Otro es el astillero de Daniel Canestrari, que lo fundaron su padre y su tío en 1945. “Yo me incorporé cuando vino la era en la que el plástico suplantó a la madera en la construcción de las lanchas y se las dotaba con motores fuera de borda”.
Tanto Regnicoli como Canestrari realizaron diseños de lanchas de carreras que ellos mismos corrieron en su juventud en diferentes partes del mundo. Ambos tienen records de velocidad. La pasión de los constructores por la náutica los ha llevado a ser diseñadores reconocidos, porque ellos mismos los han probado en competiciones internacionales.
Actualmente, Regnicoli se especializa en la construcción de lanchas, mientras que Canestrari, además, sumó cruceritos, que son embarcaciones de más de 7 metros de eslora (largo) y poseen un salón interior con variadas comodidades y baño.
Hoy en día, los astilleros constructores de embarcaciones son en su mayoría pymes nacionales que se desarrollaron como negocio familiar.

Inversión y diversión. ¿Quién de chico, o de adolescente, alguna vez no soñó con que la familia tenga una lancha? Los que pasan los 45 años recordarán como se disparaba la imaginación, cuando en alguna revista aparecía la publicidad de la Bermuda Caribbean, la embarcación “cheta” de la época.
Sueños que cayeron frente al preconcepto general de que adquirir y mantener una nave resulta demasiado caro, y que manejarla implica el manejo de conocimientos demasiado complejos para la mayoría.
Pero nada, como esta idea, está tan lejos de la realidad. Tener una lancha es accesible y una buena inversión que permite el goce de, por ejemplo, surcar los canales del delta o los lagos del sur argentino. Y si el poder adquisitivo es más alto y los sueños más ambiciosos, allí están los veleros y los cruceritos, esperando a su dueño. Para quienes viven en Buenos Aires, vale la pena correrse hasta alguna marina en San Fernando o de Tigre para verificar estos conceptos, Y quienes habitan el interior del país, siempre tienen alguien a mano que posea una lanchita, a quien se le puede preguntar. Seguro que el aficionado va a explicar que no es caro concretar el sueño de la nave propia.
La náutica también puede ser una alternativa para los ahorristas. Al analizar dónde invertir en tiempos difíciles y cambiantes, es muy raro que alguien piense en poner dinero en un “bote”. Sin embargo, es una variante que merece, al menos, ser tenida en consideración.

Números. “Un inversor que se inicie en la náutica puede hoy comprar muy buenos barcos usados a partir de los 30.000 dólares y lanchas en excelente estado a partir de los 7.000 dólares. Y es probable que el barquito que compró este año en 30.000 dólares en unos años tal vez lo venda en 38.000 dólares y después de haberlo disfrutado todo ese tiempo”, comentaba un constructor.
Pero para quien elija un “0Km”, hay que tener en cuenta que la depreciación de una embarcación nueva es del 20 al 30 por ciento en el primer año -en algunos casos según el tipo de nave y su marca es de tan solo el 10 por ciento- pero luego se mantiene estable con el tiempo. O sea es mejor que un auto, y se la disfruta más.
Además, con menos de lo que sale un departamento pequeño o un buen auto, unos 50.000 dólares, un inversor puede comprar un buen crucerito. Los especialistas aconsejan que hay que elegir embarcaciones con buen valor de reventa en el mercado, y que en lo posible sean de una marca reconocida.
Con esa misma cantidad de dinero, el comprador tiene la oportunidad de elegir un hermoso crucerito usado de buen tamaño, fabricado en madera, o uno nuevo mucho más chico, realizado en modernos materiales.
También Miguel Mooney, secretario de Cacel, empresario con 40 años en el mercado de compra venta de embarcaciones nuevas y usadas, se inclinó por las ventajas de invertir en el sector: “con mucho menos de lo que sale un auto medianamente chico, se puede comprar una muy buena lancha nueva de más de 6 metros, cómoda, con un motor de 115 caballos nuevo”. Luego dio el ejemplo del valor de un modelos de mediados de los ‘70: “Un barco que no se fabrica más, como el Andamar, que tiene unos 10 metros de eslora, hace 15 años que mantiene su valor en dólares”.
Eduardo Percaz, uno de los dueños del astillero Bermuda -fundado en 1961 por Virgilio Percaz y que en su historia ha construido casi 30.000 lanchas “de a una y a mano” -dice orgulloso-, explicó que “aquel que quiera ingresar en el mundo de la náutica, no se arrepentirá”. Y subrayó: “Es una inversión que se disfruta y sus valores, si se trata de embarcaciones de marcas conocidas, se mantienen estables y los precios de reventa se defienden mucho mejor que el de los autos”.
Cuenta, además, que la franja de precios es amplia y accesible, con productos de última generación cuyos precios arrancan debajo de los u$s20.000 y tienen un techo que rondan los u$s30.000. La embarcación más barata tiene capacidad para 6 personas, lo que brinda la posibilidad de un disfrute en familia.

Mantenimiento. El costo de mantenimiento de una embarcación es menor al de un auto. Una lancha o un semirrígido no plantea muchos inconvenientes. Se lo podrá guardar en una guardería especializada, que si está cerca del agua es más cara que si está alejada. Pero si el dueño tiene una casa amplia y buen garaje, la puede guardar allí.
En materia de seguros, también hay diferencias en relación a los autos. El costo de una póliza contra todo riesgo en un vehículo es del orden del 12 por ciento o más de su valor, pero en las embarcaciones es de tan sólo el 2 por ciento.
Mantener los motores no es oneroso, y es el costo es menor al de los autos. Mooney destacó que “una embarcación con años de navegación que lleva un motor de dos tiempos hay que hacerle un mantenimiento importante cada 600 horas de uso, lo que es un lapso muy extenso para una embarcación que normalmente se le da un uso de 80 horas por año, mientras que los motores modernos de 4 tiempos tienen una vida útil mucho más prolongada, por lo que no hay casi gastos”.

Placer. Tener una lancha o un semirrígido ofrece buenas oportunidades para desengancharse. Las opciones son variadas: desde un paseo hasta San Pedro, cruzar hasta Carmelo o Colonia o recorrer el Delta y sus hosterías.
Por otra parte, los chicos se suman con entusiasmo a la actividad náutica. Practican ski o wakeboard, al tiempo que se alejan de los peligros de la ciudad. Son unidades remolcables por el auto de familia y a partir de allí, los Lagos del Sur o la Mesopotamia ofrecen paisajes variados que invitan a crear nuevos itinerarios para las vacaciones familiares.
Los veleros son otra opción para los que gustan de la navegación a vela en espejos de agua abiertos como el Río de la Plata. Aparte casi no se gasta combustible dado que el motor sólo se utiliza al entrar o salir del embarcadero.
Los cursos para aprender a navegar este tipos de embarcaciones suelen durar cuatro meses, y hasta suele haberlos intensivos de dos meses. Todos ellos con salidas en embarcaciones escuela para practicar lo que se aprendió en la teoría. Y de ahí a la aventura hay que hacer un solo paso: levar el ancla.