Las nubes se desprenden oscuras desde un cielo gris. Hundidos en ellas, los edificios le clavan sus aguijones y entonces ocurre lo previsible: gotas finas tapizan la calle Front, en una lluvia que tarda una eternidad en caer, como si la humedad la detuviera con puntos suspensivos. Pero no hay caso, Toronto es bella hasta cuando llueve. La capital de Canadá, su ciudad más importante, donde vive su psiquis financiera y late su corazón económico, es una mujer que nunca pierde el glamour, ni siquiera así, con el pelo mojado en un día apelmazado de humedad.                                                         
A pesar del día con que recepciona a las visitas argentinas, las que se extienden entre fines de julio y comienzos de octubre son jornadas alegres en Toronto. Porque cuando en el hemisferio sur su agosto trae el frío, en el norte lo contrario anima a la gente. El calor del verano canadiense alarga los días y acorta las minifaldas. Y el clima, ganado por ese espíritu, demora un chasquido de dedos en cambiar de humor: al otro día el sol se fija en un cielo celeste, donde se dibuja una luna en cuarto creciente trepando el cielo de izquierda a derecha.

Subtítulo. Comida y multiculturalidad.

Apenas los periodistas invitados por Tourism Toronto ponen un pie en la ciudad aparece la calidez de Ricardo, un mexicano que llegó hace 12 años para estudiar inglés. La seguridad y las oportunidades de trabajo de una ciudad multiétnica le cambiaron los planes. “El canadiense es cálido,  amable con el turista y sobrecogedor con el inmigrante”, enumera. En las calles se mezclan, se cruzan en los comercios, se confunden en las oficinas y los hoteles. Cobrizas, blancos, aceitunados rostros árabes, los bellos rizos de una cubana, la estirpe indú. La inmigración es un sello de Toronto, acaso el más bello. En las calles se oyen conversaciones en castellano, diálogos en inglés, vocablos árabes. “Pero es raro que el canadiense se case con un inmigrante”, dice una ecuatoriana con dos décadas en Toronto, mientras vende artesanías de su país en la feria de los sábados frente al Saint Lawrence, el mercado emblema de la ciudad, usado como centro comercial desde el siglo XII. Allí se pueden conseguir desde exóticas frutas y pescados frescos hasta el peamel baccon, el sándwich de cerdo típico de la ciudad, inventado por un carnicero inglés hace más de 100 años en un intento por conservar la carne de cerdo en harina de maíz. Allí, en la comida, está otra de las cartas de presentaciones de la ciudad. Por esa misma mezcla de nacionalidades, es posible cenar en un restaurante etíope, acceder a una comida china rápida, comer comida árabe o probar la cocina de la ciudad. Patrick Mac Murray es el líder de Starfish, un bar de ostras atendido por el campeón mundial en el record de abrir esos moluscos. Con poco protocolo y mucho carisma, ofrece pescados del lago Ontario y mejillones de Irlanda.
A la tarde, los bares cerveceros del centro financiero de la ciudad lucen colmados de gente, que ocupa las sillas como si fuese de noche. En The Rex, bar y hotel, suenan Sultan Of Strings: violín distorsionado, guitarra y contrabajo, gente aplaudiendo y diversión cuando el sol todavía calienta el cuerpo.

Subtítulo. Clásica y moderna.

Las torres hacen sombra en las calles y a uno se le da por pensar que en vez de rascacielos, de tan altas, son columnas que sostienen el reino celestial. Las calles son anchas y anchas las veredas. En todas, la cantidad de autos es importante, pero hay embotellamientos y asombra el silencio: los autos no hacen ruido ni emanan gases oscuros, ningún conductor usa su bocina, ninguno grita. Hay libertad visual –los carteles de publicidad son escasos y pequeños- y la modernidad de su parque automotor –que no supera los cinco años- la vuelven amigable. 
La más alta de toda la ciudad y segunda más alta del mundo es la CN Tower, centinela de Toronto: construida en los años 70, mide 553 metros, está a la vera del lago Ontario y, si uno está loco, la puede rodear caminando por su anillo ubicado a 342 metros del suelo, y desde el cual se oye el bullicio del Royer Center, el estadio donde se disputa un partido de beisbol, deporte que junto con el hockey -el más popular- y el fútbol americano son las pasiones del canadiense.
La calle West Queen West junta la bohemia de Toronto. El Drake Hotel, con rock-folk en vivo en su planta baja y una terraza donde el reggae y el cielo maridan cualquier plato, es un símbolo de esa calle, como el Glastone, un hotel con 37 habitaciones decoradas de tal modo que es posible firmarlas en su ángulo inferior derecho. Dos lugares de visita obligada en esta vistosa calle: el local “El Almacén”, un bar de mates, fundado hace más de un año por un mendocino en sociedad con Estela, su esposa mexicana. Y la galería de fotos de Lucila Graca, canadiense hija de argentinos capaz de ofrecer en su local de venta de fotos artísticas la historia del rock mundial.

Subtítulo. Multitonal.  

Catorce kilómetros cuadrados bajo tierra funcionan como un refugio de los torontianos ante los 20 grados bajo cero de promedio -puede llegar a 40- del invierno. “Hasta septiembre andamos en la calle. Octubre y noviembre nos guardamos por el frío”, dice el guía. Es una especie de shopping al cual se accede desde los edificios y se conecta con las estaciones de subterráneos, que tiene 27 kilómetros de vías y cinco líneas de metro conectadas con el exterior. Toronto funciona como una bella ciudad desde la cual conocer Niágara, Montreal y Québec. En una semana el turista puede llevarse una buena idea de lo que es Canadá.
Los 17 mil argentinos que la visitan por año -un número que trepó en los últimos tiempos- se suman a los 2,7 millones de habitantes de la ciudad, que  totaliza 4,8 millones cuando se añaden los habitantes del “Gran Toronto” o herradura, como le dicen por su forma de letra U invertida. Los 33 millones del país y los 12 millones de la provincia de Ontario -a la cual pertenece Toronto- viven pegados al límite con Estados Unidos, donde el clima es más benévolo. Cada febrero recibe entre 40 mil y 60 mil trabajadores golondrinas por un acuerdo laboral con México: levantan la cosecha de fresas en mayo, con la cual inauguran el trabajo que termina en octubre con la uva. 
Los cinco barrios chinos de Toronto son un espectáculo. Por sus calle camina Jhon Lee, un excéntrico canadiense hijo de chinos capaz de explicar el antes y el ahora de un barrio colorido, donde flota el olor a comida y se multiplican tiendas de ropa y comida. Lugar originario de judíos en los años 1.900 empieza en Spadina y Queen y es una zona marcada por edificios altos de ex fábricas textiles. A la vera del China Town está el refugio de los estadounidenses escapados de los tentáculos de la guerra de Vietnam. En Lola -un bar típico- puede verse a muchos de ellos despuntando los tonos de un folk con guitarra y violín.
La destilería es otro punto. Con locales de ropa y rarezas de autor, se puede acudir a las buenos conocimientos históricos de Pavel, un centroamericano que hace una visita guiada por el lugar que sirvió de base de operaciones, en los años de 1.930, para que Al Capone se hiciera millonario traficando alcohol por las aguas del lago Ontario en los años de la ley seca en Estados Unidos. El mito dice que la prosperidad de su negocio lo empujó a construir un edificio para guardar el dinero. Fueron los años en que el país se hizo rico. Además varias tiendas, la destilería conserva su edificio bicentenario que sirve como set de filmación y fue escenario de una fiesta al aire libre, en donde, por primera vez la gente pudo caminar con su cerveza en la mano.
Yorkville -un barrio hippie revitalizado-, bares mexicanos y chilenos y hasta cuadras jamaiquinas le marcan el pulso a una ciudad segura, bella, mixturada por los colores que le dan ese tono con el cual Toronto puede volverse la capital mundial de la diversidad.