Por Leila Sucari

La noche en que Libertad murió hacía frío. Estaba sola y su cuerpo colgaba de un arnés, en un box al costado de las vías del ferrocarril Roca, en Lanús Este. Tenía quince años y una historia de maltrato y abandono marcada en el cuerpo. Un mes antes dos chicos la habían dejado tirada en una esquina de Rafael Calzada. Era la medianoche y la yegua no podía moverse. Un vecino logró entrarla –con ayuda– al patio delantero de su casa y a la mañana siguiente llamó a la Asociación Protectora de Rescate Equino (APRE), quienes la llevaron a su refugio: fue la primera vez que alguien la acarició.
“Libertad fue un caso extremo. Libertad era amor, piel y huesos”, dice Miguel Mathius, veterinario de APRE. “Cuando llegó al refugio parecía muerta, cayó desplomada. Estaba ciega de un ojo, deshidratada, desnutrida, sucia, con heridas de postparto y lesiones graves en todo el cuerpo”, completa. A los pocos días, Libertad empezó a caminar y a comer. “Fue un mes de mucho trabajo, teníamos esperanzas. Conseguimos madrinas y padrinos; gastamos más de 3 mil pesos para intentar recuperarla, pero estaba muy mal. Tuvo una vida de mucha crueldad”, cuenta Andrea Zubillaga, presidenta de la Asociación.
El domingo 17 de junio, Andrea se quedó hasta la noche cuidando a Libertad y tomando mate para soportar el frío.  Nunca vuelve a la casa tan tarde pero ese día sintió que tenía que estar ahí. Fue su despedida: a la mañana siguiente encontraron a la yegua sin vida.

La asociación. APRE se fundó en febrero de este año y se sostiene gracias al trabajo y a las donaciones de los voluntarios. El objetivo de la Asociación es recuperar a los caballos víctimas del maltrato y defender la ley contra la tracción a sangre. Por cada animal en tratamiento se necesitan alrededor de 500 pesos mensuales para cubrir el alquiler de un lugar, cuidador, avena, pasto, viruta y medicamentos. Para eso buscan cinco padrinos por caballo. 
Rodeado de fábricas, trenes, autopistas y casas grises está El Fortín, un centro tradicionalista de la zona donde funciona el refugio de APRE. En la entrada hay un mural con un gaucho montado a caballo que flota sobre un cielo de todos colores y da la bienvenida: allí la Asociación alquila tres caballerizas. Es sábado –día de visitas– y un grupo de niños, “los minivoluntarios”, cepillan a los animales, les dan zanahorias y observan cómo el veterinario cura la pata de Neyén, uno de los últimos rescatados. Neyén llegó a APRE hace dos meses con una doble fractura en la falange y la zona muy infectada por falta de atención. Se presume que la causa fue exceso de trabajo forzado.
El olor a bosta y el relinchar de los animales dominan la escena. Andrea –la presidenta de la Asociación– y Miguel Matrero –el secretario– comparten unos mates con el resto de los voluntarios. Ellos dos y el veterinario, Miguel Mathius, son los únicos que trabajan en la APRE de manera regular. Andrea Zubillaga va todos los días. Matrero y Mathius alternan las visitas en función de las necesidades equinas.
“Este vendría a ser un centro de primeros auxilios –explica Zubillaga-. Cuando nos llega un caso, primero lo traemos acá, le hacemos el análisis de anemia, y los empezamos a recuperar hasta que ganan fuerzas”. Una vez que el animal está en condiciones lo trasladan hacia la localidad bonaerense de Guernica, donde tienen un campo con cuarenta caballerizas. Allí los animales pueden pastar, ejercitarse y estar en contacto con la naturaleza. En la actualidad tienen bajo tratamiento a dos caballos en Lanús y ocho en Guernica.
Uno de los proyectos de APRE es hacer operativos de rescate de equinos en todos los municipios. Por el momento, Matrero se encarga de hacer las recorridas en la zona de Ramos Mejía; para ello tuvo que contactarse con la comisaría y pedir colaboración. Miguel sale con un veterinario y un patrullero, con los que realiza un trabajo en equipo: la policía para a los carros de los cartoneros y el veterinario revisa a los caballos de carga. Si el animal está en buenas condiciones, puede seguir su camino. Si está en mal estado, se radica la denuncia en el momento y se llevan al animal. “Todos los caballos que nos llegan son de cartoneros. Los usan para trabajar hasta que no dan más. Pero ojo, no generalizamos en absoluto: hay cartoneros que tienen al caballo impecable, lo usan como una herramienta de trabajo pero lo cuidan, le compran la bolsa de avena, le dan atención y amor, que es lo que necesitan. Después tenés casos como el de Neyén, que con la pata destruida lo obligaban a trabajar. Muchos no tienen ni siquiera herraduras”, dice Matrero.
La asociación –como dicta la ley– tiene la tenencia de cada caballo por dos años. Luego se entrega en adopción responsable y bajo seguimiento, siempre y cuando el dueño no reclame al animal. En ese caso es el fiscal quien dictamina si se devuelve o si sigue en manos de APRE. Para retirar a un animal abandonado o maltratado se necesita la previa denuncia de un tercero. “Es fundamental que todos colaboren, que denuncien y se involucren –dice Zubillaga-. No podemos hacer nuestro trabajo si esto no pasa. Dependemos de la conciencia de los otros, por eso siempre insistimos en la importancia de hacer la denuncia y de no tener miedo. La vida de un animal está en juego. A veces es difícil pero la gente está más comprometida y consciente”.
 
No lo soñé. Zubillaga quiere más a los animales que a las personas. Y no tiene problema en decirlo. Antes de conformar APRE era voluntaria en ACMA (Asociación Contra el Maltrato Animal) y participaba en el Instituto de Zoonosis de Lanús. En su casa, además de un marido y dos hijos adolescentes, tiene veinte perros, un caballo petiso, pájaros, tortugas, gatos y peces. “Me caen mejor los animales que las personas. El animal no te va a defraudar nunca y yo, a mis 44 años, puedo asegurarte que la gente me decepciona la mayoría de las veces. En cambio los animales son diferentes y por eso me quedo con ellos. Les das amor y te devuelven el doble.”
Cuando empezó a colaborar en ACMA no sabía nada de caballos, pero los veía entre sueños: Andrea soñaba que corría en el campo rodeada de caballos salvajes. Decidió investigar y aprender sobre ellos no sólo por su atracción onírica sino porque notó que la mayoría de las agencias proteccionistas se dedican a perros y gatos. Casi nadie se ocupa de la problemática de los equinos y menos en zonas urbanas. Así creció su interés hasta que formó APRE.