Su exposición en MALBA en 2010, creemos, lo consagró como uno de los más originales artistas de nuestro arte. El color pareciera emanar de la obra sin haber sido colocado por el artista. Es como las esculturas de Miguel Angel que él sostenía que estaban dentro de la piedra y que él sólo las liberaba de su encierro… De la misma manera, en las armónicas obras de Prior, el color parece surgir del lienzo. Sin duda siempre hay una búsqueda, que no le permitirá a este excelente artista repetirse nunca. Hace años hacía unos personajes a la manera de ositos de peluche; hoy su obra es No Figurativa y en muchos casos pareciera representar una galaxia o un espectro del firmamento. “Abstracción y figuración son para mí moneda de una sola cara. Por lo tanto, me considero el más abstracto de los pintores figurativos y el más figurativo de los pintores abstractos”, expresó claramente el artista. Además de pintor, es escritor, músico y realiza performances. Alfredo Prior nació en Buenos Aires el 2 de mayo de 1952. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. A los 18 años realizó su primera exposición individual, en la cual presenta dibujos. Dos años después muestra sus pinturas y más tarde una serie de obras realizadas con papeles plegados. Es en los 80, sin duda, cuando Alfredo se ganó su lugar definitivo en la plástica argentina, junto a un grupo de jóvenes artistas como Guillermo Kuitca, Duilio Pierri y Pablo Suárez, entre otros. Siempre reivindicando la pintura. Expresó Prior: “Debo decir que en lo que yo hago sólo hay un tema: la pintura misma. Y que luego pueden sugerir, mis pinturas, arenas del Sahara, dunas que se desplazan, o semillas que arrojadas al azar forman un sendero de piedras hacia el teatrillo perfumado del té: eso que los maestros zen utilizaron escrupulosamente: el atractivo pacificante de un desorden aparente…”. En 1985 se presentó en la Bienal de San Pablo, el inicio de una brillante carrera internacional. Entre las realizadas en Buenos Aires, recuerdo las del Museo Nacional de Bellas Artes (en 1998 y 2004) y el Centro Cultural Recoleta (en el año 2000). Narraciones históricas, bíblicas y mitológicas inspiran sus obras, y a diferencia de otros artistas que no titulan sus obras, él sí lo hace, dándonos así una mínima pista para adentrarnos en aquellos mundos lejanos. Y es entonces el lenguaje plástico el que habla. Por eso para Alfredo los materiales son importantes, y le gusta experimentar con diferentes pinturas, al agua o grasas, y sin prejuicios va de los ocres, a los intensos colores primarios, pasando por el plateado. Le interesa también el cine, la literatura y la cultura japonesa, pasión que comparte con su esposa Amalia Sato. Estudió cerámica con el profesor Jiro Mizutani y caligrafía y tintas con el profesor Setsuo Shibata. A la hora de crear en su taller prefiere estar solo, no hay horarios, timbre, ni teléfono: es el artista y la pintura. Recomiendo leer el libro sobre el artista que publicó la galería Vasari, que comanda Marina Pellegrini y que es un gran hallazgo de contenido y continente.