Cuando llegó a San Julián, no se imaginaba que, junto a las mejores playas de la región, un monstruo de hormigón y hierros aguardaba que lo sacudieran de su letargo. Las ruinas del ex frigorífico Swift, construido en 1909, que albergó casi a una ciudad en sus instalaciones. Las 300 personas que trabajaban aquí faenaban de entre mil y dos mil animales diarios. Un puerto en miniatura servía para cargar y trasladar la producción, hasta que todo dejó de funcionar en 1967.
Lejos de la Ruta Azul, Tristán Bauer no para de planificar contenidos y políticas de medios. Sin embargo, cuando El Federal lo consultó acerca de este sitio peculiar, transmitió una cataratas de recuerdos sin respirar: “Uydequélugarmeestashablaaandooo”. Y de inmediato aclaró que a San Julián no la conoció hasta que llegó a filmar “Iluminados por el fuego”, donde la similitud de la geografía -con su estepa, las playas, las matas y la arquitectura- con Las Malvinas le permitieron plasmar su obra. Bauer contó que luego volvió, cuando se estrenó el film. Pero si bien el ex frigorífico, que dista a unos 12 kilómetros del centro sanjulianense, no fue escenario para la filmación en sí, “cuando necesitaba pensar, cuando necesitaba aclarar mi cabeza y no se me ocurría nada me iba hasta ahí”, le contó Bauer a El Federal. “Qué lugar. Me quedaba ahí, al pie del frigorífico. Y cuando volví a San Julián para el estreno, volví ahí.”
Caminar entre los muros fuertes, de ladrillos traídos especialmente desde Europa para construir esta mole de cemento es andar entre las voces del pasado, de un siglo atrás. Porque la estructura enorme se contrapone a las experiencias vividas allí. Empezó a funcionar hacia 1912. “Imaginate -dice la guía de Turismo, Marita Molina- que hasta 1898, cuando comienzan a llegar inmigrantes de Malvinas a la costa argentina, se produce una revolución en la producción ganadera. El centro neurálgico era Punta Arenas, en Chile, donde funcionaba el primer establecimiento frigorífico de Houlders Brothers, en Río Seco. Luego, por necesidad y ante el surgimiento de esta nueva industria, se fundan cinco en nuestro país, en Patagonia: uno en Tierra del Fuego, luego Río Gallegos, Puerto Santa Cruz, Puerto San Julián y Puerto Deseado.”
La competencia y la apertura de establecimientos en sitios más económicos para el traslado del ganado, que desde la Cordillera demoraban hasta un mes, con muchas bajas entre los animales y la conveniencia de los puertos en Caleta Olivia y Comodoro Rivadavia, se sumaron a los reclamos que protagonizaban en sus primeros años los empleados. “En el frigorífico se faenaban las ovejas y se hacía todo, desde el envasado en tachos de las vísceras hasta velas y jabón con la grasa”, cuenta Marita. “Pero la gente recuerda que a pesar de tener un grupo electrógeno propio, agua potable extraída con bombas hidráulicas, calefacción, comedor para los empleados y las casas de los gerentes con cancha de tenis y de golf, todo de ladrillos y hormigón, a los obreros les daban dos velas por semana y en las barracas donde dormían, se ocupaban las camas por turno. El que dormía a la noche, se levantaba y entraba a las seis y le dejaba la cama al que terminaba su turno”. Aún se pueden ver los cuartos, el sitio de las ducha, donde funcionaba la lavandería. Todo está allí. “Casi siempre trabajábamos en el agua, teníamos delantales blancos, botas de goma, cofias y guantes, todo blanco, pero así y todo teníamos mucho frío, pero lo lindo era el compañerismo que ahí existía”, dijo Enriqueta “Pelusa” Schiafino, quien siendo muy joven trabajó durante un año allí y le contó su experiencia a la propia Marita. Otros memoriosos sonríen cuando señalan que había una línea de colectivo “El Rápido” que unía el centro de la ciudad con el frigorífico para trasladar a los trabajadores. Pero como el micro se rompía a menudo, los obreros tenían que empujarlo y además llegaban tarde. Otros recuerdos señalan la gran diferencia entre los gerentes y los empleados, a cuya área le llamaban “La Siberia”. La primera huelga fue en 1914, y luego hubo otra grande en 1930. Los registros señalan que hacia 1953 el establecimiento faenaba más de 180 mil cabezas de ganado. Y cuentan que después del cierre, en 1967, hubo serenos que cuidaron el lugar hasta 1982, cuando por fin se retiraron. “Habían quedado hasta las camas tendidas”. Muchos recuerdan que cuando se fue el último sereno, al día siguiente y durante muchos días, mirar hacia el frigorífico era ver un camino como de hormigas. La gente se llevó todo. Desde los sillones de pana de los gerentes, los espejos y la vajilla hasta los azulejos.
Hoy, caminar entre las estructuras abandonadas estremece. El viento juega a traer el pasado cuando agita las chapas, y el sonido despabila a la mole maciza de ladrillos. Silencio, señores grandes.